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Chapo

Al Chapo ya lo andan juzgando en México pero en Estados Unidos dicen 'no es eso, no es eso': lo quieren para ellos.

Mario Noya
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Al Chapo Guzmán, el capo de la droga más famoso y legendario desde Pablo Escobar, tras trece años de fuga lo acabaron atrapando el otro día en el condominio Miramar de Mazatlán, en Sinaloa, "cuna de las bandas mexicanas", apunta Ioan Grillo en su memorable Narco. (Cuna de las bandas mexicanas de traficantes asesinos, se entiende; pero también de las que perpetran los narcocorridos infectos, con su ominoso lameculismo ¡estupefaciente!: ¡y van de hombrachos los cagapoquito de estos grupotes!).

Al Chapo Guzmán se lo cacharon los marines mejicanos (el cuerpo menos corrupto en el país de la voraz mordida) en un apartamento manifiestamente mejorable para un tipo al que se le calcula siempre una fortuna de 1.000 millones de dólares (siempre: un año a Forbes le dio por esa cifra macanuda y de ahí no se baja nadie). En otros tiempos le lució más la lana: cuando se fugó de la cárcel, por ejemplo: igual se gastó 2,5 millones de dólares para sacar adelante la llamémosle Operación Carrito de la Ropa Sucia; o cuando se cargaron a su hijo en una balacera y –librazo, Grillo–

dicen que (…) compró todas las rosas del noroeste de México para acompañar[lo] al cementerio; puso cincuenta mil flores en su tumba.

***

Al Chapo ya lo andan juzgando en México pero en Estados Unidos dicen no es eso, no es eso: lo quieren para ellos. "Ahora empieza lo más difícil", dijo cuando lo atraparon un funcionario useño. Conseguir la extradición, o sea. Para juzgar a quien, Al Capone 2.0, califican de enemigo público número uno en la mera ciudad de Chicago. Quieren que el Meganarco, jefe del Cártel de Sinaloa –desplegado en medio México y con extensiones en buena parte de América, Europa, Australia y África Occidental–, no vuelva a ver la luz del día sin que unos barrotones le jodan la panorámica. A ver si allá en los makos del Norte le salen cartas tan bonitas como aquella que escribió a su novieja Zulema, "una rubia treintañera alta –librazo, Grillo– y que estaba encerrada por atraco a mano armada", la otra vez que estuvo preso, en Guadalajara:

Todo tiene su razón de ser, preciosa, el hecho de que no nos podamos ver tan de seguido como quisiéramos y de que ahora la trasladen y nos separemos por un tiempecito quizáz [sic] es para que los dos valoremos lo que somos el uno para el otro, cuánto es el amor que le tengo, cuánto la necesito y cuánto debo hacer por pronto tenerla a mi lado viviendo ambos la vida en libertad.

"La vida en libertad" este animal, que admite haber matado "de 2 mil a 3 mil personas desde su escape en 2001". No lo quiera Dios, ni que se cumplan los peores augurios del gran Grillo: se viene una espantosa matanza por ocuparle la silla y el territorio. Un dato: en México han muerto no menos de 70.000 personas en los últimos ocho años en la denominada guerra de la droga. Otro: el mercado de la droga mueve en EEUU unos 60.000 millones de dólares cada año, y la mitad de esa cifra formidable la apandan los cárteles mejicanos. Corolario: como los chapos son una manga de criminales psicopáticamente avariciosos, lo mismo por desgracia el compañero Grillo acierta y a lo malo le sucede tremebundo lo peor.

***

Había sido vívido y salvaje, de eso no cabía la menor duda, pero de algún modo parecía algo irreal, como si Gonzalo hubiera presenciado aquellas horribles escenas desde arriba, como si hubiera sido otro el que había cruzado disparos en plena luz del día con los policías cubiertos con pasamontañas. Otro el que había irrumpido violentamente en las casas y sacado a rastras a hombres inútilmente protegido por esposas y madres que lloraban. Otro el que había atado de pies y manos a las víctimas con cinta adhesiva de seguridad para que recibieran golpes sin poder moverse de la silla y estuvieran días sin comer. Otro quien las había partido el cráneo a machetazos cuando aún estaban vivos.

Ioan Grillo, El Narco. En el corazón de la insurgencia criminal mexicana.

Ioan Grillo, El Narco:

No sé hasta qué punto podrán los libros detener este incesante aluvión de muertes. Pero la literatura sobre el narcotráfico puede al menos contribuir a comprender mejor este complejo y mortífero fenómeno. Los ciudadanos y los Gobiernos deben empezar a entender todos los aspectos de esta ola de violencia y trazar políticas más eficaces para impedir que sigan repitiéndose estas tragedias.

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