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El colapso de Rusia

El riesgo de que la implosión que vaticina Ilan Berman adquiera un cariz sirio-yugoslavo está ahí. Mejor no se lo imaginen.

Mario Noya
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Con un oso insaciable representa The Economist a Rusia en la portada de su más reciente número. Un oso que mete miedo. También lo mete en el explosivo Implosion de Ilan Berman, pero por razones bien distintas: Rusia no es lo que aparenta, ese pletórico osazo voraz de la referida portada, sino, sentencia este analista, el nuevo enfermo de Europa, de cuya muerte por descomposición pueden derivarse consecuencias catastróficas.

Por mucho que se empeñe Vladímir Putin el Liberticida, Rusia no es la mastodóntica URSS de cuando su admirado Stalin sino los despojos de un imperio que no puede volver a serlo, incapaz de soportar el peso estratégico que está adquiriendo de nuevo por obra del Hombre de Hielo y de los ingentes recursos naturales que atesora, refiere en el prólogo el failed statesman Newt Gingrich (do you remember?). Lo que no puede ser, no puede ser, y sencillamente es imposible que Rusia sea lo que pretende: detrás de la rozagante aldea Potemkin que nos vende Russia Today, la Pravda del amo Putin, hay una vasta extensión de nada sacudida por mil tensiones susceptibles de eclosionar en una hecatombe tremenda.

"Una vasta extensión de nada" era la Luna para el astronauta y será la Rusia de pasado mañana según las previsiones de los demógrafos: si hoy el descomunal postimperio tiene apenas 143 millones de habitantes, 8 desoladores habitantes por kilómetro cuadrado, para mediados de siglo puede perder un cuarto de su población y llegar a 2080 con un censo fantasmagórico: 52 millones de humanos en 17 millones de kilómetros cuadrados. No hagan cálculos: no sólo la portentosa China impediría que saliera la cuenta de 3 habitantes por km2.

El futuro del colapso demográfico ruso ya está aquí: la muerte y la emigración arrebatan al censo medio millón de personas al año, el índice de fertilidad está en unos paupérrimos 1,61 niños por mujer (178º en el ránking mundial) y el número de abortos se mueve en el entorno del millón anual… o entre los 2 y 2,5 millones, según cálculos que, tratándose de Rusia, donde en los 70 y 80 llegó a haber años con 4,5 millones, apenas cabe calificar de inconcebibles.

Rusia se vacía, y los que se quedan y no pertenecen a la mafia que gobierna llevan con frecuencia una existencia de mierda: hoy, el varón ruso promedio tiene una esperanza de vida seis años inferior… ¿a la de su semejante europeo, japonés, australiano?; no: a la del hombre corriente de Botsuana, Madagascar o el Yemen. Hoy, el varón ruso promedio tiene una esperanza de vida 13, trece, 13 años inferior a la de su igual –es un decir– norteamericano (64 vs. 77). El alcoholismo causa estragos, la tasa de homicidios triplica a la europea y se calcula que desde el colapso de la URSS 800.000 personas se han quitado de en medio matándose: "Esto es un suicidio cada 15 minutos", saca Berman la cuenta tétrica.

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El colapso demográfico del eximperio será también un vuelco. Formidable. Y es que la Madre Rusia está en trance de trocar la Cruz por la Media Luna. También aquí el futuro está ya incubado: entre 1989 y 2002 la población musulmana creció un 20% (y la eslava menguó un 4%); si en 1991 las mezquitas se contaban por centenares, hoy hay más de 8.000; en ese mismo año hicieron el Haj apenas 41 rusos pero 40.000 en 2009; en Moscú, 11,5 millones de habitantes, hay 2,5 millones de musulmanes. Las proyecciones hablan de un 20% de población islámica para finales de la década y del sorpasso para mediados de siglo. ¿El bastión de la Cristiandad oriental convertido en Dar al Islam? No parece arriesgado pensar que el Carnicero de Gozni hará por impedirlo todo lo que esté en su férrea mano, que con fervor le aprieta la Iglesia ortodoxa en una alianza non sancta y vista con creciente suspicacia por rusos laicos como el liberal Borís Nemtsov, temeroso de que su país degenere en un "Irán ortodoxo".

Y qué islam le espera a Rusia. ¿El tártaro oficial, moderado, capicaído, o el wahabismo piafante de los grupos más fanatizados? (El wahabismo tiene siempre detrás capital saudí guardián de las esencias suníes; cómo no iba a tenerlo también en la Rusia que sostiene al Eje del Mal que conforman para Riad los regímenes heréticos de Damasco –alauita– y Teherán –chií–). El Kremlin no ayuda a que no sobrevenga lo peor, con su terrible despliegue de hard pero nada smart power en el Caúcaso (que sigue siendo una pesadilla, recuerda Berman, o por mejor decir informa, dado el apagón informativo de los media) y su padrinazgo –en el sentido siciliano de la expresión– de la extrema derecha patria (¡y Putin presentándose en Ucrania como valladar contra el fascismo!), que practica el racismo y la xenofobia con salvaje fruición.

El riesgo de que la implosión que vaticina Berman adquiera un cariz sirio-yugoslavo está ahí. Mejor no se lo imaginen.

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Last but not least, China, con su vocación de volver a ser el Imperio del Centro tendiendo sus innumerables y densísimas redes por un continente asiático en trance de volver a ser… el Centro. Rusia no es rival para China, así de sencillo. Ni demográfica ni económica ni militarmente. China, de hecho, se va a comer a Rusia. Ya se la está comiendo: en el Lejano Oriente ruso, pletórico de los recursos naturales que precisa para sostener su descomunal crecimiento, invirtió 3.000 millones de dólares en 2011, más de tres veces más de lo que invirtió la propia Rusia. El Lejano Oriente ruso es una zona deprimida que va despoblándose ("y los que se quedan no son precisamente los mejores ni los más brillantes", acota Berman): hay ahí hoy 25,5 millones personas –tres millones menos que en 2000–, menos de 6 habitantes por kilómetro cuadrado; mientras que al otro lado río –el mítico Amur– China exhibe su pujanza y la densidad de población en la provincia de Heilongjiang es de 210-220 habitantes por km2. "La expansión de China es un hecho en el Lejano Oriente ruso, y poco puede hacer Rusia por evitarlo", cita Berman un texto del Asia Times de 2006. Pero ¿de verdad Putin no va a hacer nada contra lo inexorable, habida cuenta de que el Lejano Oriente es lo que permite que Rusia sea el país con las primeras reservas de gas, las segundas de carbón y las novenas de petróleo?

Sea como fuere, la cooperación sino-rusa, que es un hecho y de amplio espectro, tiene fecha de caducidad, según razona Berman: porque uno es un poder en auge y el otro un poder en decadencia, porque el antiamericanismo geoestratégico tiene sus limitaciones y, en fin, porque los intereses encontrados son muchos y sustanciosos. A ver en qué se traduce todo esto, pensemos en dos ejemplos extremos: una guerra o una Rusia devenida dependencia de una superpotente China.

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Conclusiones: "Si el siglo XX se caracterizó en gran parte por el auge de Rusia (en forma de Unión Soviética), el XXI se definirá en buena medida por su revulsión", "Las fronteras actuales de Rusia no son sostenibles a largo plazo", "Rusia está más dividida que nunca en su historia moderna" y no es descartable ni una guerra civil ni un escenario de "Una, dos, muchas Chechenias".

Implosion concluye así:

No sabemos qué dirección tomará Rusia en los años por venir, ni si será capaz siquiera de sobrevivir. De todas formas, lo que está claro es que el futuro de Rusia no es uno de dominación global, como parecen creer los actuales inquilinos del Kremlin (y sus interlocutores en Occidente). Más bien, es uno de convulsión étnica, demográfica y social.

Un futuro que, "muy posiblemente", traiga consigo "el fin de la Rusia que conocemos".

El oso ruso puede acabar sus días no como el pobre Mitrofán de la leyenda, borracho a su pesar, abatido por un septuagenario monarca exótico, sino como esta pútrida ballena muerta: estallando en mil pedazos.


Ilan Berman, Implosion. The End of Russia and What It Means for America, Regnery, Washington DC, 2013, 256 páginas.

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