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Venezuela o la devastación

Han conseguido el contramilagro de llevar el país al colapso, con cifras recórd de pobres y carencia de todo: han tenido que importar incluso petróleo.

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Llegaron proclamando el socialismo del siglo XXI pero asestaron a los venezolanos el socialismo de siempre, por eso Venezuela es ahora un violento erial ingobernable, ahogado en sangre y miseria, tiranizado por tipejos que condenan a la gente al desabastecimiento mientras ellos se dedican a robar lo que no está escrito y vaciar Miami –o enterrar la lana esquilmada en búnkeres abracadabrantes.

Ahora que los venezolanos vuelven de nuevo a las urnas cargadas, conviene más que nunca acudir a las páginas de un libro imprescindible, el Bumerán Chávez de Emili J. Blasco, periodista tenaz y arrojado.

Bumerán Chávez es la crónica de la devastación de Venezuela a manos de la banda que la desgobierna, hez de una sociedad desbaratada a la que han inyectado dosis masivas de oprobio y vergüenza. Con más recursos de los que dispusieron los demás gobernantes venezolanos juntos en todo el siglo XX, refiere Blasco, el grotesco espadón Hugo Chávez Frías y el sanguinario imbécil Nicolás Maduro Moros han conseguido el contramilagro de llevar el país al colapso, con cifras recórd de pobres y carencia de todo, al punto de que han tenido que importar incluso petróleo. Más colmos ignominiosos: hoy, la esperpéntica Venezuela antiyanqui depende más que nunca de la economía useña.

El antisemita Gorila Rojo enseguida cambió el nombre de la nación que se disponía a destrozar por el ahora célebre de República Bolivariana de Venezuela. Bolívar se moriría del asco y a su difamador más le hubiera valido ser parco y dejarlo en Narcoestado Venezolano: se calcula que el 90% de la cocaína colombiana que se esnifa en EEUU y Europa pasa por el país capturado por el Cártel de los Soles, gang que no rinde culto en su nombre al Astro Rey sino a los reyes del mambo de las Fuerzas Armadas chavistas, narcogenerales comandados por Diosdado Cabello Rondón, ayer golpista con su compinche difunto y hoy presidente de la Asamblea Nacional indigna, entregada a los dinamiteros de las libertades.

También le hubiera valido el de República Cubanizada de Venezuela, visto el sonrojante dominio que el régimen comunista de La Habana ejerce sobre ella. Por fin lo consiguieron los hermanos Castro: sojuzgar la tierra que los rechazó desde el primer momento; la tierra que con el socialdemócrata Rómulo Betancourt defendió la democracia ante la liberticida Revolución legendaria. Semejante resistencia tuvo el precio de tres invasiones guerrilleras. Por los lacayos Chávez y Maduro ya no hizo falta una cuarta.

Chávez, con su patrioterismo bocazas, cuando enfermó de cáncer de nadie se fió en la patria y se hizo tratar en la metrópoli, concretamente en La Habana. Lo que le permitió al mundo constatar que la cacareada sanidad cubana es una cascarria. Los rusos trataron de arreglar el destrozo pero no les dejaron: en Cuba se decidiría cómo y cuándo moriría el tirano.

A todo esto: ¿cuándo murió el tirano? Y el féretro que tantos lloraron, ¿no iría vacío en aquella jornada de bochornazo?

Qué más se puede decir del chavismo criminal, asistido en su vasta empresa de demoliciones por la monederufa izquierda cépsica de este lado del Charco. Mucho más, y todo malo: que abrió Venezuela a la organización terrorista libanesa Hezbolá y a su patrona, la República Islámica de Irán. Que financió y armó a las vomitivas FARC en su guerra a muerte contra la democracia colombiana. Que protegió y sigue protegiendo a terroristas de la ETA.

¿Se sacarán de encima este domingo toda esta tóxica morralla los demócratas venezolanos? Es de temer que no. Pese a las estupefacientes informaciones que circulan de manera nada confidencial, el sistema electoral imperante es una sofisticada aberración imposible de fiscalizar desde fuera. Se robaron las elecciones presidenciales y éstas se las volverán a robar, si Dios no lo remedia. Y Dios en este caso es Venezuela entera en la calle y, encima y a su lado, la comunidad internacional.

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