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Castigar a Putin

No basta con exponer los actos de Rusia. Putin debe pagar un precio considerable por su mala conducta o seguirá comportándose igual.

Max Boot
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Vladímir Putin | EFE

Casi olvidado ya por el justificable clamor a cuenta del vídeo de Donald Trump y Billy Bush, el viernes 1 se produjo otro acontecimiento relevante: el director de la Inteligencia Nacional y el Departamento de Seguridad Interior reconocieron públicamente algo que todos, excepto Donald Trump, saben desde hace meses. En concreto, que el ataque de verano contra los ordenadores del Comité Nacional Demócrata no fue obra de unos zánganos de 180 kilos (como sugirió Trump en el primer debate presidencial), sino más bien de la inteligencia rusa. En un comunicado oficial, la comunidad de inteligencia de EEUU declaraba "tener la seguridad de que el Gobierno ruso ha dirigido los recientes ataques a correos electrónicos de personas e instituciones estadounidenses, organizaciones políticas incluidas". Significativamente, el comunicado decía después: "Creemos, basándonos en el alcance y la sensibilidad de estos ataques, que sólo los más altos funcionarios rusos podrían haberlos autorizado". En otras palabras: que eso era cosa de Vladímir Putin.

Lo único que faltaba era el motivo: la comunidad de inteligencia no dice si Putin está intentando que Trump salga elegido o simplemente poniendo palos en las ruedas de la democracia estadounidense. O la comunidad de inteligencia no conoce el motivo, o no lo dirá por miedo a ser acusada de entrometerse en la campaña electoral. Sea cual sea el caso, se trata de un peligroso ataque contra la integridad de nuestras elecciones que exige una respuesta proporcional.

La necesidad de actuar se acentúa por el hecho de que, como señalaba el comunicado, "también algunos estados han visto sometidos a vigilancia y rastreo sus sistemas relacionados con las elecciones, la mayoría de las veces con origen en servidores operados por una empresa rusa". Aunque esos ataques no cambiaran el resultado de las votaciones, sí podrían arrojar dudas sobre todo el proceso, logrando así el vital objetivo ruso de deslegitimar a Estados Unidos y dar la impresión de que nuestro sistema es tan fraudulento como el suyo.

Para subrayar aún más la necesidad de una respuesta está el hecho de que, poco después del comunicado público del Gobierno, Wikileaks –una de las principales organizaciones que utilizó Rusia en el anterior ataque– estuvo filtrando miles de correos electrónicos robados de la cuenta del director de campaña de Clinton, John Podesta. Entre ellos había extractos de conferencias remuneradas que Hillary Clinton se había negado a hacer públicas. La filtración de Wikileaks parece ser otra salva electrónica rusa dirigida al proceso político en Estados Unidos.

Y, por supuesto, lo que Rusia está haciendo online es sólo parte de su agresión contra Estados Unidos y nuestros aliados, y en muchos casos la menos importante. Recordemos qué otras cosas ocurrieron en fechas recientes:

– Por fin John Kerry suspendió las infructuosas conversaciones con el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lávrov, después de que Rusia y su aliado, Bashar Asad, rechazaran un acuerdo de alto el fuego y lanzaran un brutal ataque contra los civiles atrapados en Alepo. Al final de la semana pasada, Kerry ya estaba pidiendo una investigación sobre los crímenes de guerra perpetrados por Rusia.

– Completamente inmune a la intimidación, Putin está desplegando sistemas avanzados de defensa aérea en Siria con capacidad de derribar aviones estadounidenses. El Ejército ruso explicitó la amenaza advirtiendo, como refería el Wall Street Journal, que "EEUU se debería pensar dos veces cualquier futuro ataque contra posiciones militares sirias, dando a entender que sus defensas antiaéreas podrían alcanzarlos".

– En otro signo de descontento, Putin puso fin a la cooperación con EEUU fijada en un acuerdo firmado en 2000 y actualizado en 2010 para acelerar la eliminación del plutonio. Como informaba el Washington Post, el acuerdo "exige que ambos países se deshagan de 34 toneladas de plutonio de uso militar, el suficiente para fabricar aproximadamente 17.000 armas nucleares".

– En lugar de actuar para limitar la amenaza nuclear, Putin mantuvo la problemática pauta de generar ruido de sables nucleares. La televisión pública rusa emitió un "parte meteorológico" donde el presentador "habló del posible impacto de una explosión nuclear en el estado de Nebraska, explicando que dejaría inutilizados hasta los dispositivos electrónicos del sur de Canadá". Y Rusia anunció que había trasladado los misiles Iskander-M, con capacidad nuclear, al puerto ruso de Kaliningrado, que no limita con territorio ruso pero es adyacente a Lituania y Polonia, miembros de la OTAN. Esos misiles están ahora a sólo dos minutos de vuelo de Varsovia, y Berlín también está a su alcance.

– Ah, y se supo que a dos diplomáticos estadounidenses que asistieron a una conferencia en Moscú se les echó en la bebida drogas utilizadas en violaciones, en línea con la reciente tendencia rusa de acosar e incluso agredir a diplomáticos estadounidenses.

Éste es un comportamiento que recuerda a la Guerra Fría, aunque ni en sus tiempos más oscuros alardeaba Rusia sobre sus armas nucleares como Putin lo está haciendo ahora. Ni atacó tan directamente la integridad del proceso electoral estadounidense.

No basta con exponer los actos de Rusia. Putin debe pagar un precio considerable por su mala conducta o seguirá comportándose igual en el futuro, incluso irá a peor. ¿Cómo podría contraatacar EEUU? El menú de opciones es muy variado: puede incluir un aumento de las sanciones sanciones (¿qué tal echar a Rusia del sistema Swift de transferencia de dólares? ¿O congelar las cuentas bancarias en Occidente de Putin y sus compinches?), o incluso un cibercontraataque (¿y si los sistemas informáticos del Kremlin se sobrecalentaran y colapsaran repentina y misteriosamente? ¿Y si se filtraran los correos electrónicos de Putin y sus compinches, al igual que los de tantos políticos en EEUU?), o una acción militar contra la fuerza aérea del aliado de Rusia Bashar Asad, que se podría llevar a cabo mediante misiles de crucero de largo alcance.

Lo que no nos podemos permitir es poner la otra mejilla y limitar nuestra respuesta a la condena retórica. Ese es, por desgracia, el rumbo de acción más probable que tomará el presidente Obama. La larga lista de deberes del próximo mandatario heredará un elemento de acción para restablecer la capacidad de disuasión en el ciberespacio.

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