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La muerte del mulá Omar y el futuro del radicalismo islámico global

Con todo lo malos que son los talibanes, el Estado Islámico es aún peor.

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La muerte de Osama ben Laden tuvo importantes implicaciones geoestratégicas, al margen del importante hecho de que contribuyó a la reelección de Barack Obama. Pese a que la matriz de Al Qaeda sobrevivió a su pérdida, nunca volvió a ser la misma sin él. Su sucesor, Aymán al Zawahiri, nunca llegó a igualarle en carisma, y se ha desvanecido del mapa. Eso ha desplazado el poder hacia la periferia: no sólo a filiales de AQ como Al Qaeda en la Península Arábiga (en el Yemen) y el Frente al Nusra (en Siria), sino a una nueva organización yihadista rival, el Estado Islámico de Irak y Siria.

La muerte del mulá Omar, suponiendo que realmente haya muerto, ¿tendrá implicaciones similares? Podría ser. Para entender por qué, es necesario un breve repaso a la historia e importancia de Omar.

Se sabe poco de él; puede que existan una o dos fotos suyas, nada más. Sabemos que combatió como muyahidín contra los soviéticos en los años 80, y que entonces perdió un ojo. Posteriormente se convirtió en mulá de un pueblo a las afueras de Kandahar. Tras la caída del régimen de Nayibulá, aliado de los soviéticos, en 1992, el caos se enseñoreó de Afganistán, mientras diferentes facciones luchaban por hacerse con el poder. Para acabar con la anarquía, Omar movilizó a unas decenas de seguidores de entre los estudiantes religiosos (talibán) reclutados en madrazas afganas y campamentos de refugiados en Pakistán. A finales de 1994 tomó Kandahar, una de las tres mayores ciudades del país. En 1996 se puso una capa que, supuestamente, había pertenecido al profeta Mahoma y se proclamó comendador de los creyentes. A finales de ese mismo año, Kabul cayó ante los hombres de Omar. El salvaje régimen de los talibanes había comenzado.

Aparentemente, es una extraordinaria historia de superación, de la miseria a la gloria, que supera con mucho el lento avance de Stalin, Mao, Castro y otros dictadores que necesitaron muchos años, incluso décadas, para llegar al poder. Y puede que sea cierto que Omar fuera un genio de la organización y uno de los mayores líderes insurgentes del siglo XX. Pero lo más probable es que simplemente fuera un hombre de paja adecuado para un movimiento guiado y apoyado por los servicios de inteligencia paquistaníes (ISI).

Tras la caída de los talibanes, en el otoño de 2001, Omar huyó a Pakistán junto a Osama ben Laden y otros líderes talibanes y de Al Qaeda. Lo más probable es que desde entonces viviera allí, protegido por el Estado. Eso parece concordar con los informes de que murió hace un par de años en un hospital próximo a Karachi. Si ya era poco probable que el ISI ignorara el paradero de Osama ben Laden, aún más improbable lo era en el caso del mulá Omar. La Queta Shura de los talibanes (su consejo de gobierno) está férreamente controlada por el ISI.

Con el apoyo paquistaní, los talibanes, por desgracia, resurgieron. Para 2005 se habían convertido de nuevo en una grave amenaza para el Gobierno de Kabul, y siguen siéndolo desde entonces. Es difícil saber si el mulá Omar contribuyó, y en qué medida, a esta larga y brutal guerra de guerrillas, porque en el transcurso de la misma permaneció prácticamente invisible. De hecho, los rumores sobre su muerte han circulado durante años. Está por ver que esta vez sean ciertos. En cualquier caso, es indudable que los talibanes tienen un buen banquillo de comandantes, empezando por el hijo de Omar, Yaqub, que podrá proseguir la lucha sin él, mientras su movimiento cuente con el apoyo paquistaní.

Así pues, ¿por qué debería importar la muerte de Omar? No porque pueda augurar un cambio en la política talibán. Kabul ya ha expresado sus esperanzas de que, desaparecido Omar, los talibanes se tomen más en serio las conversaciones de paz. Y no hay duda de que algunos de sus dirigentes querrían firmar un tratado de paz. Pero el obstáculo no ha sido el mulá Omar sino el ISI, que no quiere que sus peones afganos abandonen la lucha. Hasta que Pakistán no cambie su política, la paz será imposible.

No, la verdadera relevancia de la muerte de Omar reside probablemente en otra cuestión, relativa a la ley islámica. En 2001 Osama ben Laden juró fidelidad (bayat) públicamente al mulá como comendador de los creyentes y emir del Estado Islámico de Afganistán. Ese juramento, como señaló el inestimable Long War Journal, fue renovado públicamente por Al Qaeda en 2014.

Pero para entonces ya había aparecido un nuevo comendador de los creyentes rival: Abu Bakr al Bagdadi, líder del Estado Islámico de Irak y Siria, que se proclamó no sólo comendador de los creyentes sino califa de un nuevo Estado Islámico cuyos límites son básicamente infinitos. El último califato, el Imperio Otomano, fue abolido formalmente en 1924 junto al sultanato con sede en Estambul. Ahora, Bagdadi sostiene que todos los musulmanes le deben fidelidad, pretensión bastante más ambiciosa que cualquiera que formulara el mulá Omar, y a la que Al Qaeda, probablemente, seguirá resistiéndose. Pero el hechizo del Estado Islámico de momento es poderoso y, desaparecido el mulá Omar, es posible que algunos yihadistas relevantes trasladen sus lealtades de los talibanes y Al Qaeda al Estado Islámico.

Eso debería resultar preocupante, no sólo porque haya señales de que el Estado Islámico se está organizando en Afganistán y Pakistán. De hecho, el pasado 28 de julio USA Today publicó un artículo sobre un documento del ISIS obtenido en Pakistán que revela una campaña para iniciar una guerra contra la India y desencadenar un armagedón. El objetivo puede parecer descabellado, pero las ambiciones del Estado Islámico son reales, y es posible que se beneficie de la desaparición del mulá Omar (suponiendo que sea real). De ser así, sería muy preocupante. Con todo lo malos que son los talibanes, el Estado Islámico es aún peor.

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