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El dilema del diablo

A estas alturas no se puede luchar contra el islamismo en Europa sin vulnerar los mismos derechos que los europeos consideran sagrados.

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Si algo muestra la experiencia es que al islamismo se le puede derrotar en su propio terreno. Al Qaeda fue derrotada, primero con su expulsión de Afganistán en 2001 y por fin con la muerte de Ben Laden (2011) y, antes y después, de su plana mayor. Aunque de manera mucho más lenta y dificultosa de lo que se repite una y otra vez, el ISIS está en vías de ser derrotado en Irak y Siria. Sin embargo, se ha metastasizado en otras tres áreas: el sur de la Península Árabiga, el norte y el centro de África y el Cuerno de África. En ninguna de las tres han puesto aún los occidentales interés auténtico en acabar con los yihadistas, que construyen campos de entrenamiento, reclutan personal y preparan su expansión a otras regiones.

Ni en Yemen, ni en Somalia ni en Nigeria son los yihadistas enemigos verdaderos para las tropas occidentales y posibles aliados, al menos si éstos se planteasen involucrarse de verdad. Se puede derrotar a AQMI, a Boko Haram o a Al Shabab si uno se lo plantea en serio. Pero no es esa la cuestión: a estas alturas, lo que parece claro es que la derrota de cualquiera de esos grupos y del resto de las marcas islamistas que reaparecen por aquí y por allá no es garantía del fin de los atentados; éstos van a continuar en las ciudades europeas sí o sí, con más o menos independencia de la derrota de las milicias yihadistas.

El virus islamista ha contagiado a las comunidades islámicas europeas: no siempre ha sido así y quizá no tendría por qué serlo en otra situación, pero lo cierto es que son musulmanes, en Europa o europeos, los que cometen los atentados. Del grupo profesional del 11-S pasamos en su día al combatiente regresado de luchar en Afganistán o Siria; de éste hemos dado ya el paso al radicalizado en la mezquita o a través de internet, lleno de odio y frustración contra la sociedad abierta, pues considera que le ha traicionado y a la que desprecia. El yihadista ya no se esconde en una cueva en Tora Bora o en el desierto libio; se esconde en la casa de la vuelta de la esquina. Tiene pasaporte español, francés o británico.

A este proceso de expansión del islamismo a través de Europa se une el proceso de expansión de sus medios: los atentados no exigen infraestructura, ni grande ni pequeña. Los coches bomba parecen ya anticuados. De ellos pasamos a las mochilas bomba. De éstas a los aviones, al coche, al camión, al cuchillo. Cualquier islamista tiene en su casa, en su trabajo, las herramientas para sembrar el terror: paralizar el centro de una gran ciudad, aterrorizar a los ciudadanos, excitar a los periodistas y poner contra la pared a los gobiernos. Nunca ha podido hacer más con menos.

¿Qué hacer? "Mejor combatirlos allí que esperarlos aquí", afirma Putin, viendo el espectáculo occidental antes de proceder al planchado de barrios enteros en Siria y al despliegue permanente de guarniciones en la región. Prefiere combatirlos allí. Los occidentales han optado por esperarlos aquí, aunque el aquí significa cosa distinta a éste y al otro lado del Atlántico. Trump parece dispuesto a esperarlos en las mismas fronteras de Estados Unidos, con controles más estrictos y minuciosos, tanto de equipajes como de personas. Al hacerlo juega con fuego, porque el margen de maniobra y el margen de error son menores.

Lo de los europeos es más dramático: su aquí ya no es la frontera, que de manera suicida creen que se puede tirar abajo. Bajo la política de inmigración europea se esconden dos cuestiones bien distintas: por un lado, la cuestión migratoria en general, de miles y miles de personas de Oriente Medio que de manera sostenida en el tiempo llevan décadas entrando en Europa, legal e ilegalmente; por otro lado, el aluvión de inmigrantes que, amparados bajo la etiqueta de refugiados, tratan de asentarse en las ciudades europeas tras la guerra civil siria, sin control ni discriminación algunos.

Ambas cuestiones desembocan en el cambio profundo del mundo musulmán europeo. Barrios enteros de las grandes ciudades se han islamizado de manera exponencial: zonas enteras de Bruselas, de Birmingham, de Marsella parecen El Cairo, Damasco o Amán. En ellos encuentran adoctrinamiento, refugio, comprensión y ayuda los yihadistas, y de ellos salen los terroristas aislados que no tienen más que cruzar la calle para cometer un crimen que estremezca al país entero. Esto no sólo significa que para los europeos la línea del frente está en el interior: significa que la dinámica migratoria juega en su contra de manera creciente: cada vez hay más terroristas, potenciales o en ejercicio, en las calles europeas. Da igual que sean una minoría, que lo son: el problema es que es una minoría cada vez más numerosa, a la que la mayoría no es capaz, por miedo, pasividad o convicción, de eliminar.

Esta suerte de guerra civil en las ciudades pone a los europeos ante sus peores pesadillas. A estas alturas de la historia, no están dispuestos a tomar unas medidas que consideran atentan contra sus propios principios: las deportaciones, la discriminación religiosa, la limitación de la libertad de expresión o religiosa repugnan a los occidentales. No son capaces siquiera de planteárselas sin sentirse, con razón, traidores a sí mismos, a sus valores y principios. Nunca habían pensado que la sociedad abierta, real o idealizada, podría ser puesta en peligro desde la propia sociedad abierta. Como después de cada atentado, las autoridades, los medios, hacen profesión de fe sobre los valores democráticos. En una deriva diabólica, éstos sustentan las libertades y el margen de actuación del islamismo que aspira a acabar con ellos: la suma de tendencias demográficas y democratización del terrorismo augura el éxito.

En fin. Los países occidentales se han vedado la intervención militar a gran escala en países extranjeros: primero Europa y después Estados Unidos reniegan tras las experiencias afgana e iraquí de imponer a otros países sus regímenes e instituciones. Putin ha cogido el relevo, aunque no serán nuestras instituciones, sino las suyas, las que se impongan. Los europeos prefieren esperarlos aquí: pero esperarlos aquí implica, ni más ni menos, luchar con las manos atadas. A estas alturas no se puede luchar contra el islamismo en Europa sin vulnerar los mismos derechos que los europeos consideran sagrados, y que los terroristas, organizados o no, utilizan para acabar con la sociedad abierta. El dilema es diabólico.

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