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Pablo Molina

La Esperanza de los muy cafeteros

A Esperanza la odian mucho los que no la votarían jamás, pero la quieren aún más los que le entregan su voto cada vez que se presenta a unas elecciones.

Pablo Molina
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A Esperanza la odian mucho los que no la votarían jamás, pero la quieren aún más los que le entregan su voto cada vez que se presenta a unas elecciones.

Esperanza Aguirre es la figura política española más odiada por la izquierda, con permiso de Aznar, la bestia negra del progresismo en sus muy diversas acepciones. Como el expresidente del Gobierno ya no está en la política diaria ni aspira a cargo alguno, en estos momentos Aguirre lidera en solitario la clasificación. Los dirigentes de los partidos de izquierdas –no digamos sus votantes– se distinguen por el odio meticuloso al adversario que se atreve a disentir de sus dogmas sin pedir perdón por ello. Un político que, como Aguirre, privatiza determinados servicios públicos para buscar una mayor eficiencia y, además, lo hace fruto de su convicción personal de que es lo mejor para los ciudadanos concita necesariamente el rencor de los que creen que disentir de su manera de administrar los bienes públicos es un atentado contra la democracia. Normal que, cuando hablan de ella, a los progres superdemócratas se les hinchen las venas del cuello y suelten espumarajos por la boca; lo suyo con Aguirre es ya algo personal.

A Esperanza la odian mucho los que no la votarían jamás, pero la quieren aún más los que le entregan su voto cada vez que se presenta a unas elecciones. Su candidatura al Ayuntamiento de Madrid es la garantía de una campaña electoral corajuda en la que el votante del PP va a volver a escuchar argumentos a favor de la bajada de impuestos, música celestial para los oídos de cualquier contribuyente al margen del partido al que suela votar. Con Aguirre, además, el votante tiene la garantía del cumplimiento de su palabra, no sólo porque es una de sus principales señas de identidad sino porque la aseada gestión de Ana Botella, todo hay que decirlo, le permitirá al consistorio capitalino un final de la crisis sin necesidad de orquestar nuevos ataques al bolsillo de los madrileños.

Lo sorprendente es que a Esperanza Aguirre se le considere una rebelde dentro del Partido Popular (una maverick, suele decir ella), no por decir las bobadas que firmaría a ojos cerrados cualquier socialista –como ocurre con Celia Villalobos, por poner un ejemplo entre miles–, sino precisamente por defender con eficacia y valentía los principios y valores que hacen que la gente vote al PP. O sea que el problema está en los votantes populares, esos peligrosos extremistas incapaces de aceptar las contradicciones de la política moderna. Pablo Montesinos relataba en una de sus crónicas impagables sobre la operación Madrid desarrollada este pasado fin de semana que Aguirre es la concesión que la dirección del PP hace a "los muy cafeteros", brillante metáfora que demuestra que en Génova todavía queda ingenio. Lástima que lo utilicen mayormente contra los que quieren votar al PP.

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