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Pablo Molina

La noche del gran batacazo de Iglesias

El dato más significativo de las elecciones regionales gallegas y vascas es el tremendo descalabro de Podemos.

Pablo Molina
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El dato más significativo de las elecciones regionales gallegas y vascas es el tremendo descalabro de Podemos.
EFE

El dato más significativo de las elecciones regionales gallegas y vascas es el tremendo descalabro de Podemos, que pierde casi la mitad de los escaños que tenía en el Parlamento de Álava y desaparece de la Cámara gallega, donde era tercera fuerza política, empatado a 14 escaños con la segunda, el PSOE.

En ambos casos, los principales beneficiarios de la debacle del movimiento chavista han sido los partidos separatistas de izquierdas (BNG y EH-Bildu), que experimentan un fuerte avance en escaños y muy especialmente en el caso de los nacionalistas gallegos, que ganan 13 diputados y se convierten en la segunda fuerza regional.

Núñez Feijóo amplió anoche en un escaño su resultado anterior y se hizo con su cuarta mayoría absoluta, lo que lo consagra como el hombre fuerte del Partido Popular y el barón con más peso en las estructuras centrales de la formación liberal-conservadora. Su victoria es incontestable y su mérito personal también está fuera de duda, dado el carácter personalista de una campaña en la que, intencionadamente, se han escondido las siglas del PP.

Urkullu, por su parte, mejora los resultados que ya tenía y se queda a siete diputados de la mayoría absoluta, lo que le permitiría seguir cómodamente gobernando el País Vasco con el PSOE a cambio de entregarle su apoyo en el Parlamento de la Nación. La aritmética parlamentaria de la Cámara vasca permite también un tripartito de Bildu, PSOE y Podemos, al modo del que en su día ensayaron los socialistas en Cataluña, aunque se trate de una posibilidad ciertamente remota, no por los escrúpulos de Sánchez a pactar con el brazo político de la ETA –ya lo ha hecho en Navarra y en el Congreso de los Diputados–, sino porque esa coalición fortalecería a un Iglesias devastado por el tremendo varapalo que acaba de recibir.

La enfermedad moral de la sociedad vasca, que ya parece irrecuperable, se pone de manifiesto en la subida importante de los herederos políticos de la banda terrorista, mientras la obtención por Vox de un diputado en Álava es presentada como una amenaza a la democracia que hay que combatir. A eso ha llegado el País Vasco, a celebrar el éxito electoral de los que aplaudían a los torturadores de Ortega Lara y a considerar una amenaza fascista la obtención de un escaño por el partido que el exfuncionario de prisiones contribuyó a fundar.

Las dos elecciones tienen, qué duda cabe, efectos importantes en la política nacional. El más destacado es, sin duda, el castigo brutal que ha recibido Iglesias, un comunista de la peor especie que ya solo podrá seguir mangoneando su partido con el pretexto de que lo ha llevado a tocar el poder.

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