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Pablo Molina

Y los alienígenas sin aparecer

Se acabaron las excusas para impiden a los gobiernos extender el déficit hasta el infinito y, de paso, solucionamos el problema del paro en España, con la industria bélica como nuevo modelo económico para tirar del PIB.

Pablo Molina
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La desazón de la izquierda moderadamente radical y el nacionalismo radicalmente moderado a cuenta de la reforma constitucional que Zapatero y Rajoy han impuesto al resto de partidos, obedece a razones que tienen que ver más con la preservación de sus respectivas señas de identidad que con el contenido real de la modificación planteada y sus efectos en la economía y la política españolas.

La izquierda no quiere ni oír hablar de una reducción del déficit, incluso en términos tan inocuos como los del texto planteado, porque ante la amenaza de reducir el gasto público sus votantes salen a gritar a la calle como un reflejo pavloviano. Que lo hagan contra Esperanza Aguirre es lo que se espera de ellos, pero si acaban apedreando las sedes de IU por traidores de clase el negocio de sus dirigentes se acaba de inmediato, y eso es algo que los Llamazares, Lara y compañía pretenden evitar a toda costa. Los nacionalistas, por su parte, van a lo suyo, es decir a lo de siempre, a utilizar el simulacro de debate constitucional para esgrimir su inacabable memorial de agravios, al objeto trincar más trozos de la tarta nacional bajo la amenaza de una secesión que, por desgracia, nunca tienen las agallas de abordar en serio.

Zapatero no ha conseguido ahormar en torno a la reforma del 135 a tan variopinta concurrencia. A él ya le da igual ("para lo que me queda en la Moncloa...), pero Rubalcaba va a tener muchos problemas, todavía más, para alcanzar una derrota no demasiado abultada el próximo 20 de noviembre, algo que con la izquierda fetén en las calles protestando contra este "golpecito de estado" e indignándose contra la policía convierte ese objetivo en algo prácticamente inalcanzable.

Ahora que todo podría tener solución, claro. Tan sólo ha de cumplirse el deseo de Paul Krugman, keynesiano de pro y un genio de la economía, que para eso tiene un Nobel, y que los cielos de las grandes capitales del planeta aparezcan mañana llenos de naves nodriza procedentes de civilizaciones extragalácticas como en las mejores películas de Hollywood. Se acabaron las excusas para impiden a los gobiernos extender el déficit hasta el infinito y, de paso, solucionamos el problema del paro en España, con la industria bélica como nuevo modelo económico para tirar del PIB.

El problema es que resulta más que dudoso que algo así suceda. Además, con la mala suerte que viene tiene la izquierda en lo que va de siglo, si finalmente se presentan los visitantes igual vienen en son de paz y en lugar de una guerra en condiciones el argumento sólo nos da para una mala secuela de ET.

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