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El despiste de Manuel Valls

Puede que no le hayan informado todavía de que sus posibilidades de ser alcalde de Barcelona pasan por que en Cataluña se produzca el mismo vuelco que en Andalucía.

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Manuel Valls | EFE

Poco antes de anunciar su candidatura a la Alcaldía de Barcelona, Manuel Valls cenó con un grupo de notables catalanes en casa del empresario Mariano Puig. Al encuentro, en mayo del año pasado, asistieron entre otros Josep Oliu, Emilio Cuatrecasas, Antón Costas, Narcís Serra, el notario López Burniol, editorialista de La Vanguardia, y el director de dicho medio, Màrius Carol. Todos se mostraron muy críticos con el proceso y el deterioro político catalán, como suelen hacer en privado y jamás en público.

Cuatrecasas adujo que la culpa era de Madrid, otro clásico de la alta sociedad catalana, e indicó a Valls que si quería presentarse a la Alcaldía de Barcelona más le valía olvidarse de la bandera de España y de manifestarse con Sociedad Civil Catalana. En ese punto, el ex primer ministro francés, que no está acostumbrado a que le digan lo que tiene que hacer, pegó un bote en la silla y acusó a los presentes de pasividad, si no complicidad, con el proceso nacionalista que ha destrozado Cataluña y manifestó que él se iba a presentar "por Barcelona, Cataluña, España y Europa". Sin complejos catalanistas.

Es fama que la filípica fue de órdago, una retrato cruel de la tonta burguesía que ha llegado a cortar la Diagonal al grito de "Els carrers seran sempre nostres", que patrocina el sistema mediático separatista y financió todos los disparates de Pujol, Mas y compañía con bastante más que el tres por ciento. Tenéis lo que os merecéis, vino a decir Valls a los estupefactos comensales, que tampoco están acostumbrados a que les canten las cuarenta.

El chorreo vino a confirmar que a Barcelona le podía sentar bien un alcalde extranjero para liberar a la ciudad del secuestro del proceso. Claro que Valls no es un guiri propiamente dicho. Nació en el barrio de Horta y pasó los veranos de su infancia y juventud en la ciudad. Sin embargo, que se manifestara en contra del proceso le convertía a ojos independentistas en una especie de marciano, algo así como un delegado del Gobierno en Cataluña natural de Murcia.

No tardarían en llegar las campañas mediáticas y los escraches contra el candidato, las acusaciones de fracasado, de trepa o de traidor, la hostilidad y los boicots en los actos públicos. La presión nacionalista fue tan eficaz que Valls pasó de denunciar el proceso a esconder la bandera de España y arremeter contra VOX. Es tal su desconcierto que ha llegado a comparar al partido de Abascal con el grupo de Torra y Puigdemont y compra todo el material averiado sobre VOX de la izquierda, del nacionalismo y de esa doble desgracia que es la izquierda catalanista, como si el problema de Cataluña lo hubiera creado un pequeño partido que defiende la unidad de España. O como si no le llamaran facha antes de que VOX sacara doce diputados en Andalucía imprescindibles para el PP y Ciudadanos, el partido que avala su candidatura.

Cabe constatar, no obstante, que Valls recién ha tenido otro rapto de lucidez. Sucedió en la cena del Premio Nadal el domingo por la noche. El galardonado con el Premio Josep Pla de narrativa catalana, Marc Artigau, introdujo en su agradecimiento el clásico exordio sobre los "presos políticos" y los "exiliados", el típico discurso amarillo que no falta en casi ningún acto cultural, económico o vecinal que se lleve a cabo en Cataluña.

El ex primer ministro francés llamó "pesados" a los separatistas, se encaró con Artur Mas, a quien echó la culpa del peñazo, y también con la delegada del Gobierno, Teresa Cunillera, a la que preguntó que cómo es que permitía eso. A saber qué podría llegar a decir Valls si estuviera al corriente de la inmersión lingüística, el adoctrinamiento escolar o la discriminación del español.

Como era de prever, le está cayendo la del pulpo por parte de la izquierda y del nacionalismo. Cuanto más le han insultado esos sectores, más ha radicalizado Valls su postura contra VOX para hacerse perdonar que se presenta por Cs, hasta el punto de firmar un texto en El País a favor de un pacto entre PSOE, PP y Ciudadanos para aislar al partido emergente, al que no duda en calificar de ultraderecha porque así es como lo dicta la ortodoxia socialista y la de sus socios, esos campeones de la democracia que son los proetarras, los supremacistas y Podemos, los anticapis del chalé.

Puede que a Valls no le hayan informado todavía de que sus posibilidades de ser alcalde de Barcelona pasan por que en Cataluña se produzca el mismo vuelco que en Andalucía y todo dependa de tres o cuatro concejales de VOX.

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