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Pablo Planas

Iglesias, un hombre ridículo

El drama no es que sea vicepresidente, sino que un personaje tan lamentable haya dado clases en la Universidad.

Pablo Planas
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El drama no es que sea vicepresidente, sino que un personaje tan lamentable haya dado clases en la Universidad.
EFE

Pablo Iglesias ha dado prueba en su última comparecencia televisiva de la degradación moral e insolvencia intelectual que le caracterizan. Entrevistado en el programa más pelota con su figura de la cadena más lametraseros de Podemos, el vicepresidente segundo del Gobierno ha quedado retratado como un perfecto indocumentado. Y eso a pesar del tono amable y conciliador del periodista Gonzo, a quien los podemitas crujen en las redes sociales porque les parece que no fue lo suficientemente servil y rastrero con su amado líder. El fanatismo en torno al hombre del moño es así de inaudito.

A Pablo Iglesias le da igual todo. Ya ha conseguido lo que quiere y sabe que es muy probable que llegue a más. Sus actuales 35 diputados dan para lo que dan, que no es poco, pero no tanto como necesitaría para colmar sus ambiciones totalitarias. Su gran contribución ha sido la de provocar un debate sobre la forma de Estado que no estaba en la agenda política de España. En todo lo demás, y sobre todo en lo que era su competencia, se ha mostrado como un inútil y un fracasado. Ahí están los ataúdes saliendo de las residencias de ancianos para mostrar lo que vale el vicepresidente de Asuntos Sociales. La mitad de los fallecidos por coronavirus en España eran personas que vivían en las residencias, cuyo control se atribuyó el menda al comienzo de la pandemia y del que se desentendió cuando llegaron las primeras noticias de la carnicería. Ese es el personaje, un irresponsable.

Cierto que el tipo no desentona al lado de Sánchez, Ábalos o Carmen Calvo. Y más cierto aún que si es vicepresidente es porque Sánchez quiere y le deja ciscarse en la democracia española y en la Corona. Él es más de la democracia venezolana y del prófugo Puigdemont. Eso quedó este domingo meridianamente claro. Los despropósitos de Iglesias llegaron al punto de equiparar al golpista con los republicanos que pudieron huir de España en 1939. Todavía no ha pedido disculpas y ni siquiera ha matizado semejante disparate a pesar de la creciente presión entre sus propios simpatizantes para que rectifique.

El dirigente golpista al que defiende Iglesias es un delincuente huido de la Justicia al que tanto el vicepresidente como Sánchez tratan como a un posible socio, gente de su calaña, igual que Junqueras. En lo que sí tiene razón el líder de Podemos es en que Puigdemont y el rey emérito no tienen nada que ver. Es evidente y no sólo por el papel en la Historia de uno y otro. El primero se fugó y el segundo fue invitado a irse de España, por mucho que Iglesias y sus acólitos le traten de fugitivo.

Iglesias ha llegado a un punto en el que ya no distingue cuándo miente y cuándo dice la verdad, cosa que sucede cada vez menos. El hombre confunde los papeles y en ocasiones se cree que todavía está en la oposición. De ahí las andanadas contra su propio Gobierno o los balbuceos cuando le preguntan por el recibo de la luz, cuyo coste achaca a que no haya una empresa pública en vez de a los impuestos que su Ejecutivo se niega a bajar con la mentira de que Bruselas no le deja.

El vicepresidente es una caricatura, un pobre diablo que ha caído de pie, un tipo afortunado a la vez que un hombre ridículo, muy limitado, de poca sustancia. Va de duro de barrio, de campeón castizo, de chulito de billares y futbolines. Pero el drama no es que sea vicepresidente, sino que un personaje tan lamentable haya dado clases en la Universidad.

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