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Iglesias y el 'infartet'

El súbito fallecimiento de Rita Barberá ha sacado a flote toda la bajeza moral del podemismo, el odio como único argumento, una crueldad con espumarajos de litrona.

Pablo Planas
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Íñigo Errejón y Pablo Iglesias | EFE

La mayoría de los diputados de Podemos ha ido a colegios de pago y tiene estudios superiores. O eso dicen. Se distinguen y presumen de formación, pero en cuanto a educación, no saben ni lo que es. Tampoco los principios y valores. El súbito fallecimiento de Rita Barberá ha sacado a flote toda la bajeza moral del podemismo, el odio como único argumento, una crueldad con espumarajos de litrona y el humor negro de los morados en las redes sociales. ¿Que se ha muerto Rita Barberá? Jajaja. El infartet.

En política todo vale porque existen serias dudas sobre la condición humana de los políticos. Antes, la muerte era una línea roja, salvo para los proetarras, pero el ascenso de podemitas y cuperos ha dinamitado esa frontera. La justificación de los crímenes de ETA y las alusiones a los GAL, dentro del proceso de derribo de la Transición, son marcas de la nueva izquierda, que es una revisión purista del estalinismo, una reivindicación de las checas, un canto a la "lucha armada", un homenaje al totalitarismo chavista, un himno a las sacas y los paredones. ¿Populismo? No, algo más grave.

A la espera de que Garganté o Zapata vomiten algún tuit tipo Irene Villa, el Holocausto en un seiscientos o Ernest Lluch era del PSOE, el compañero Pablo Iglesias, con su bufón Errejón a rebufo y el garza Garzón por detrás, ha mandado a sus pinches abandonar el Congreso durante el minuto de silencio dedicado a la difunta, que en las imágenes de su declaración ante el Supremo el pasado lunes llevaba la parca pintada en la mirada.

El plante de Podemos en la Cámara Baja, su rechazo al supuesto "homenaje político" a la exalcaldesa de Valencia que implicaban sesenta segundos de estar con la boca cerrada, la profunda inmoralidad de Iglesias, Garzón y Errejón y sus necias reacciones ante la muerte desnudan a las claras su resentimiento sin causa, ausencia de empatía y catadura personal. Estos tíos no tienen piedad. Son a la política lo que la Mara Salvatrucha o la mafia rusa al crimen organizado: lo peor de lo peor.

Primero ha muerto una persona; en segundo lugar, falleció una política investigada en un caso de corrupción y repudiada por los suyos en los últimos meses. El respeto no es incompatible con la crítica, ni la educación con las diferencias ideológicas, salvo que uno se alegre de veras por que una mujer de 68 años haya sufrido un infarto. Son tan brutos que ni siquiera tienen lágrimas de cocodrilo.

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