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Pablo Planas

La verdadera historia de ETA y Zapatero

La banda terrorista estaba derrotada y lo que consiguió Zapatero es que pareciera que ETA decidía graciosamente dejar de matar.

Pablo Planas
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La banda terrorista estaba derrotada y lo que consiguió Zapatero es que pareciera que ETA decidía graciosamente dejar de matar.
José Luis Rodríguez Zapatero, en la Moncloa (2008). | Cordon Press

El miércoles se cumple el décimo aniversario de la lectura por parte del etarra David Pla del comunicado en el que la banda terrorista ETA anunciaba el "cese definitivo" de su "actividad armada". Al citado individuo le acompañaban otros dos sujetos encapuchados y tocados con chapela. Los terroristas optaban por la vía institucional. Es decir, harían lo que habían hecho hasta ese momento, pero sin asesinatos y coches bomba. Otra cosa eran las extorsiones, el peso mafioso de la banda, su espesa influencia en una parte de la sociedad sin atisbo de moral y en buena parte del arco político.

A cuenta de la efeméride, periódicos como El País o el Diario Vasco, del grupo Vocento, que también edita el Abc, han emprendido una campaña para atribuir el mérito del fin de ETA como banda terrorista a José Luis Rodríguez Zapatero, Jesús Eguiguren y el exterrorista Arnaldo Otegi. En una entrevista a Zapatero y Eguiguren en el Diario Vasco, el expresidente del Gobierno asegura:

Lo primero que se me viene a la cabeza son dos ideas. La primera, que si Jesús Eguiguren y Arnaldo Otegi no hubieran empezado a reunirse en un caserío es muy probable que lo que sucedió el 20 de octubre de 2011 a las siete de la tarde, el día que más recuerdo de todo mi período político, no hubiera sucedido todavía. Y nadie puede saber si hoy aún continuaríamos con el drama histórico de la violencia. El diálogo entre Jesús y Arnaldo Otegi fue el principio de todo, el principio del fin.

A mayor abundamiento, en la pasada edición dominical de El País se ponía en boca del expresidente del Gobierno la misma tesis:

Zapatero asegura que el final del terrorismo fue resultado de la conjunción de dos factores, el debate interno en el mundo abertzale y la determinación de su Gobierno de persistir en el diálogo. Pero la decisión clave del proceso fue mantener la interlocución permanente con los facilitadores/mediadores internacionales, el centro suizo Henri Dunant –que tenía hilo directo con ETA–, incluso cuando los terroristas rompieron el diálogo con la bomba en la T4 de Barajas, que asesinó a dos inmigrantes ecuatorianos. Zapatero supo enseguida que el atentado generó una reacción contraria en la izquierda independentista, liderada por Arnaldo Otegi. El principio del fin del terrorismo fue el diálogo entre el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, y el propio Otegi, cuenta Zapatero. Eguiguren le informó de que mantenía contactos informales con Otegi, quien pretendía que Gobierno y ETA abrieran un diálogo. En ese momento, la banda estaba debilitada, llevaba un año sin matar y en la izquierda independentista crecían los críticos con la violencia.

Pues sí, la banda estaba debilitada y llevaba un año sin matar. Eso sí que es irrefutable. El coraje de las víctimas, la heroica reacción de una parte de la sociedad vasca amenazada que se erigió en escudo humano frente a los asesinos y sus acólitos, la dedicación, sacrificio y eficacia de la Guardia Civil, la Policía Nacional y los servicios de inteligencia y la valentía y profesionalidad de muchos jueces y fiscales habían llevado a ETA a un punto terminal, a un callejón sin salida en el que su derrota era cuestión de tiempo.

Se sucedían las detenciones, las cúpulas terroristas caían a los pocos meses, incluso semanas, de haberse constituido. Los éxitos policiales eran continuos y la moral de los terroristas estaba por los suelos. El final de ETA era inminente. En contra de la suposición de que con ETA no se podía acabar policialmente, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado habían logrado aplastar a la serpiente, dejándose la piel y a cientos de compañeros en el camino.

En el preciso instante en el que la guerra contra el terrorismo estaba ganada, Zapatero, Eguiguren, Otegi y otros personajes de parecida calaña acudieron raudos al rescate de los terroristas y sus siglas. Se pretendía evitar la escenificación de la derrota policial de ETA y se logró hasta el punto de que el fin de los asesinatos se atribuye ahora en no pocos medios a la decisión de ETA de abandonar la "actividad armada" y al PSOE.

La maniobra no puede ser más vomitiva. Décadas de lucha contra el terror, mil muertos, cientos de crímenes sin resolver, sufrimiento sin límite, ejemplos escalofriantes de abnegación, toneladas de heroísmo, de honor, de generosidad, un dolor infinito, valor e inteligencia a raudales, todo eso convertido en un apaño político entre Otegi y Eguiguren bendecido por Zapatero.

Si ETA dejó de matar fue porque ya no podía, porque la Policía Nacional y la Guardia Civil tenían a los terroristas rodeados y vencidos, sin capacidad de maniobra ni de reacción salvo para los atentados suicidas, algo que no estaba en las previsiones de aquellos miserables a quienes el Gobierno de Zapatero salvó de una rendición sin condiciones.

La banda terrorista estaba derrotada y lo que consiguió Zapatero es que pareciera que ETA decidía graciosamente dejar de matar. Y a partir de ahí se ha generado toda esa narrativa según la cual ETA practicaba la "lucha armada" en vez del terrorismo y dejó de "luchar" porque quiso y a mayor gloria del "diálogo", ese mantra de Zapatero cuyo fin último es eliminar de toda esta historia a las víctimas y a la policía.

En un país con un Gobierno decente, este miércoles se rendiría homenaje a las víctimas del terrorismo y a quienes combatieron contra el terrorismo y lo vencieron. En cambio, son mayoría los medios que compran el relato de Zapatero, una auténtica estafa, una grosera manipulación de la historia a cargo del tipo erigido en estandarte de eso que llaman "memoria histórica". De aquí a nada será imposible convencer a las nuevas generaciones de que la historia de ETA no es como la explican los etarras y sus colegas. Asco absoluto.

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