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Pablo Planas

Puigdemont, uno de los nuestros

El 'capo di tutti capi' y su 'consigliere' no tenían dudas sobre Puigdemont cuando le invistieron hombre de paja para satisfacer a la CUP.

Pablo Planas
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El 'capo di tutti capi' y su 'consigliere' no tenían dudas sobre Puigdemont cuando le invistieron hombre de paja para satisfacer a la CUP.
Artur Mas y Carles Puigdemont | EFE

En la retórica ditirámbica separatista, Carles Puigdemont es un mirlo blanco, un extraño caso de auténtico patriota de los que piden café amb llet aquí y en Guandong y que no se apea del burro de pedir la carta en catalán en todos los restaurantes a los que acude para comprobar que se cumplen las normas sociolingüísticas de la Generalidad. Puigdemont es un depurado espécimen político del pujolismo, un joven cacique gerundense que responde al arquetipo carlista y que en lugar de toparse con las autoridades franquistas se topó con su mujer, la rumana Marcela Topor, en un festival de teatro en Gerona cuando era el gran ganga cultureta municipal y pagano, vía pueblo, del sarao veraniego.

Como en el caso de Lluís Llach, los antecedentes familiares de Puigdemont son de camisa vieja, azul y postinera, el yugo y las flechas por blasón, tararí, tarará... Nada que objetar, faltaría más. No se puede elegir a los padres. Sólo que resulta un tanto indigesto que un sujeto que siempre ha estado al lado del poder y la fuerza oscura nos dé lecciones casi diarias de democracia, libertad, justicia, transparencia y buen rollo. Pero no es su herencia genética, si la hubiere, lo que distorsiona las clases de ética de Puigdemont, sino su, como mínimo, complicidad y connivencia con el timo generalizado del tres por ciento, obra magna del Padrino Pujol.

Hasta seis contratos había firmado el alcalde Puigdemont con la consultora Efial, un chiringuito paraconvergente con trato preferente con las administraciones del partido de Pujol, Mas y Puigdemont. La acumulación de pruebas es abrumadora. Eifal era la administración local paralela de Convergencia, que se saltaba o untaba a interventores y secretarios municipales para privatizar y poner en manos del partido cuanto servicio municipal quedara al alcance de su afán de rapiña.

El capo di tutti capi y su consigliere no tenían dudas sobre Puigdemont cuando le invistieron hombre de paja para satisfacer a la CUP. Como en la película de Scorsese, se trataba de uno de los nuestros, un testa di ferro sin manías a la hora de sacar la pluma a pasear. O sea, en lo de firmar lo que a uno le pongan por delante.

Ya no está tan claro que Puigdemont sea fiel a Mas y por tanto a Pujol padre. El tipo a veces parece Tony Montana (Al Pacino) en la Scarface de Brian de Palma. Que va a su bola, vamos. Ahora bien, el marrón actual es cosa suya. El detenido estrella es Josep Manel Bassols, el estratega electoral que le aupó a la Alcaldía de Gerona en 2011 tras décadas de poder de los Nadal. El Puigdi de la Pastelería Puigdemont del municipio Amer, último reducto del Tigre del Maestrazgo, estaba en tratos con la consultora. El caos municipal en Cataluña es colosal y Puigdemont estaba en el secreto procedimental de la pasta desde los dos lados, primero como beneficiario y luego como repartidor.

Como era previsible, Convergencia dice que todo es mentira, que Mortadelo Fernández Díaz (hasta el lunes el ministro del Interior más torpe de la historia) es el autor intelectual nada menos que de la detención del consejero áulico del president, el antedicho Bassols. ¿Bassols? Sí, hombre, un exalcalde convergente de Anglès, en Gerona, metido a empresario. ¿Quién? El marido de Núria Bassols, exmagistrada del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) y comisionada de la Transparencia cuando Mas era presidente de la Generalidad.

Lo de la corrupción en el PP y en el PSOE es tremendo, alucinante y escandaloso, tenga o no tenga efecto electoral. Pero lo del nacionalismo catalán no se queda atrás. Este fin de semana se disuelve oficialmente Convergencia y se funda un Nou Partit, la cloaca de los comisionistas. Mas, Puigdemont y el espíritu del clan Pujol son sus tres cimientos, el tres por ciento.

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