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Pablo Planas

¿Quién es Javier Fernández?

Es un componedor, un teórico del mal menor, ora dentista ora paciente en el chiste en el que el segundo agarra de los testículos al primero

Pablo Planas
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El desatascador de la legislatura, Javier Fernández (Javier Fernández Fernández, Mieres, 1948) parece uno de esos socialistas de toda la vida, severo, recio y de tradición minera. Sin embargo, la cara no siempre es el espejo del alma y las apariencias engañan. En teoría conciliador, prudente y realista, el árbitro del PSOE y brazo político de Susana Díaz no es precisamente un veterano militante curtido en los estertores del franquismo. Ni pata negra ni vieja guardia, pero sí camisa vieja por su amistad con Rubalcaba, el químico. El presidente autonómico de Asturias y ahora de la gestora del Titanic se afilió al partido en 1987, a los 39 años de edad y al objeto de catapultar su carrera funcionarial en el Ministerio de Industria, en el que ingresó en 1985 tras fracasar como consultor medioambiental.

En cuatro años y de la mano del consejero del ramo en Asturias, Víctor Zapico, era nombrado director regional de Minas y Energía. En 2000 resulta designado secretario general de la Federación Socialista Asturiana y en 2012 consigue la presidencia autonómica. Hasta aquí el perfil oficial de un socialista, ingeniero superior de minas y funcionario de carrera. Sólo chirría el año de afiliación al PSOE, ese 1987 que no remite precisamente al salvamento de la minería sino a la reconversión industrial.

Fernández responde al arquetipo del oportunista más que al del aceitunero minero altivo. Gregorio Morán, que además de paisano del antedicho es cronista de primera mano de la izquierda, la Transición y la que está cayendo, aporta algunos apuntes sobre el personaje en dos artículos escritos recientemente.

En el primer texto le llama "jamándulo", sujeto que disfruta de "las alegrías de una alimentación abundante, una vida tranquila y unas mozas de cacería", y lo vincula con los fraudes relativos a los fondos mineros y la corrupción urbanística en Asturias, así como al presidente de Soma-UGT, José Ángel Fernández Villa, el sindicalista que ocultó un millón y medio de euros en Suiza y uno de los valedores del profeta de la abstención. "Pocas veces en mi vida me he topado con un trepa en grado superlativo, cuya habilidad y saberes políticos estaban cercanos al astuto analfabetismo", remata Morán respecto a Fernández.

En su segunda entrega, abunda: "Javier Fernández se formó en las prácticas de su primer jefe político, un listo Víctor Zapico, director general de minas al que le tocó la lotería dos veces". Con tales antecedentes no es de extrañar que el moderador de la gestora socialista manifieste una tolerancia absoluta con la corrupción, sea propia o ajena. El sujeto es un componedor, un teórico del mal menor, ora dentista ora paciente en el chiste en el que el segundo agarra de los testículos al primero. Alguien surgido de las entrañas del territorio más desconocido y corrupto de España, por delante de Cataluña, Valencia y Andalucía, sostiene Morán. Un profesional. "Señor Fernández, soluciono problemas".

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