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Pedro de Tena

Conde Pumpido y Cuba

Tener "sentido del Estado" para "habilitantes" inspirados como Pumpido, es gobernar en una democracia sin respeto a sus principios y procedimientos.

Pedro de Tena
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Uno de los inconvenientes de ser uno de los gallos principales del corralito judicial es que tiene que cantar más alto y más fuerte que los demás para que todos sepan quién manda y cuánto. Lo que ocurre es que al hacerlo se identifica señalando su posición. En el cacareo particular de Cándido Conde Pumpido ante la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la ilegalidad del estado de alarma ha habido, además, un aria filosófica que lo ha retratado. Me refiero a la paradoja descrita por Ferrater Mora como Sorites, atribuida a Eubúlides de Megara. Dice más o menos así, remodelando la formulación de Antonio Escohotado: "Dado un montón de arena, ¿cuántos granos hay que quitarle para que deje de ser un montón?". Parece un entretenimiento intelectual sin más, pero no lo es. Les mostraré su inesperada fertilidad.

Sea una Constitución democrática, esto es, un montón de artículos codificados que pretende que una sociedad, pongamos que hablamos de España, funcione como una sociedad regida por leyes y costumbres que respeten la democracia. Y ahora llega el Sorites: ¿Cuántas leyes o normas hay que dictar para eliminar el espíritu de tales artículos, alterando su sentido y finalidad, para que el montón democrático inicial termine funcionando cada vez más como una dictadura o régimen autoritario?

En nuestra Constitución, ya se quitaron granos del montón democrático, como fue el concederles trato diferenciado a algunas regiones y provincias por el mero hecho de haber dispuesto de Estatutos de Autonomía durante la II República o fueros históricos incompatibles hasta con el artículo 17 de la Constitución de 1931 donde se decía: "En las regiones (nada de naciones ni nacionalidades ni comunidades) autónomas no se podrá regular ninguna materia con diferencia de trato entre los naturales del país y los demás españoles."

Hay dos maneras de eliminar un montón democrático. Una, es la de Lenin o la de Hitler, por poner sus dos ejemplos preclaros. Consiste en dar una patada al montón y se acabó la fiesta. Pero eso ya no mola, como decía el Coletas Iglesias cuando pintaba algo. Como tampoco mola ver cómo se está viendo lo que está ocurriendo en el régimen criminal cubano al que demasiados "demócratas" españoles se niegan a calificar de dictadura.

Hoy no se trata de ocupar el Palacio de Invierno o de incendiar el Reichstag o de pegar tiros en Sierra Maestra. Hay otros caminos que conducen a regímenes autoritarios tan suave y lentamente que nadie parece percatarse de que, en realidad, ya no se vive en la democracia que se votó sino en una dictablanda creciente donde la alternancia democrática no es posible porque leyes "habilitantes" terminan por impedir que la oposición, la independencia judicial y otros elementos cumplan con su misión democrática. Esto es, se trata de ir quitando granos del montón democrático de modo que en unos años no lo reconozca ni la madre que lo parió.

Esas leyes las usó Lenin pero Hitler las hizo famosas cuando en 1933 promulgó una que decía que el canciller, o sea, él, y su consejo de ministros podía dictar leyes sin la aprobación del Parlamento. Traduciendo al presente, y verbigracia, un gobierno puede decidir un estado de excepción disfrazado de estado de alarma, porque éste puede ser aprobado como decreto sin intervención de la oposición y prorrogarse el tiempo que sea. Federico Jiménez Losantos recordaba ayer otras de ellas, la Orgánica del Poder Judicial de 1985 que mermó la independencia judicial o las del "polvo de camino" que blanquearon los sucios crímenes de ETA cuando el propio Pumpido era Fiscal General.´Ha habido muchas más. La electoral, por ejemplo.


En Andalucía se quitaron granos al montón democrático desde el principio. Ya en 1983 comenzó el asalto al dinero popular en las Cajas de Ahorro mediante un Decreto-Ley y se dio paso al abuso del interinato y otros métodos para colocar a los propios en la Administración, tan discutible que fueron recurridos una y otra vez hasta que el Tribunal Constitucional sentenció que, aunque eran procedimientos ilegales para acceder a la función pública ("excepcionales lo llamó"), los admitía por una vez por tener "fines legítimos enunciados". De Canal Sur ni hablamos. El "polvo" de ese camino condujo a 36 años sin alternancia política, regla de oro de toda democracia.

De este modo, tener "sentido del Estado" para los "habilitantes" inspirados como Pumpido, es gobernar en una democracia sin respeto a sus principios y procedimientos. Se trata de usarla como medio, de ocuparla y ocupar sus instituciones y sus puestos altos y bajos, para que, al final, nuestro montón democrático se parezca más a Cuba que a la España que se deseó hacer en 1978. Por eso, el Tribunal Constitucional, cantó el gallo, tiene que tener sentido de ese "Estado" y no sentido Constitucional, como es lo suyo.

Como por una vez les ha salido mal, el gallo ha tenido que hacerse ver, aunque sin plumas y cacareando. Aún quedan granos decisivos en el montón de la democracia española. Pero o reponemos los perdidos o…se acabará hasta la paradoja. Ojo.

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