
Se observa, simula un salto hacia adelante y frente al movimiento simétrico de su doble en el espejo, arroja el asiento al vuelo, gritando: ¡A la historia, Calígula, a la historia! El espejo se rompe y en ese momento, por todas las puertas, entran los conjurados en armas. Calígula los enfrenta con una risa loca. El viejo Patricio lo hiere en la espalda, Quereas, en medio de la cara. La risa de Calígula se transforma en estertor. Todos lo hieren. Con un último estertor, Calígula, riendo, grita: ¡Todavía estoy vivo!
Esto es lo que ocurre al final de la obra de Albert Camus sobre el cruel y caprichoso crápula romano. Y fue lo que me recordó la imborrable escena del Congreso de los Diputados del pasado jueves cuando la mayoría absoluta de sus miembros dejó en minoría al Gobierno y a Pedro Sánchez conminándolo a convocar elecciones o a someterse a una cuestión de confianza.
Para cualquier gobierno democrático del mundo, esta situación muestra que el Poder Legislativo no confía en el Ejecutivo. Sólo esta orfandad política obligaría a convocar elecciones a un gobierno decente. Pero cuando además, el Poder Judicial acumula decenas de casos de corrupción del partido del Gobierno y de los familiares del presidente y se descubre una red criminal incubada en el partido del Gobierno y muy especialmente en el entorno de Pedro Sánchez, convocar elecciones es una obligación moral y un deber patriótico y constitucional.
Pero, ¿qué pudo observarse este jueves histórico? A un presidente desafiante, desbocado, amenazador y chulesco al que las normas, las reglas, las costumbres y los modales democráticos le importan un pepino. Cómo le importan un comino las recomendaciones éticas y políticas de su propio partido. Se ha visto claramente, en el hemiciclo parlamentario y en su Comité Federal, que es que todo lo que no sea él y su destino le importa un carajo.
Sobre todo quedó fijada para la posteridad su risa enfermiza e impropia. ¿Cómo reírse en un Pleno del Congreso tras haber sufrido una importante derrota política y moral? ¿Cómo reírse cuando en España y en la prensa internacional se barajan los nombres de su esposa, su hermano, sus amigos cercanos en el Gobierno, su propio partido, innumerables altos y no tan bajos cargos de su Gobierno como miembros de una red criminal? ¿Cómo reírse con una condena tremenda del que fuera su número 2 en el partido y en el Gobierno? ¿Cómo reírse con un expresidente y un exsecretario general imputados por delitos muy graves? Y este rosario de presuntos delitos y corruptelas no ha hecho más que empezar.
Podría deducirse que estamos ante un loco. ¿Loco quién diseña una larga marcha con toda clase de marrullerías, falsedades, felonías a su propio electorado y a toda la nación, imposturas varias y tretas y artimañas miserables para conseguir el poder en el partido y el Gobierno y mantenerse en él? No, no es un loco irresponsable. Si es algo, es un malvado responsable, un tirano desbocado y un sátrapa sin escrúpulos, pero loco, no.
¿A qué tipo de personaje nos estamos enfrentando? A un astuto farsante para quien las palabras, ni las del diccionario ni las de honor, significan nada. A un artero arribista para quien la conciencia moral no es más que un estorbo. A un pérfido malhechor que no duda en traicionarlo todo y a todos si ello le permite seguir conservando el poder aunque sea a costa de su nación, de su partido y de su familia.
De loco, nada. Conoce meticulosamente cómo somos los ciudadanos españoles, los que le votan y los que no; calcula minuciosamente los riesgos de sus deslealtades; planea sucesivamente los golpes que debe dar a la confianza nacional; se atreve a cualquier cosa, por mezquina y ruin que sea, para desarticular a los adversarios, desde el mal uso del Tribunal Constitucional a fomentar una inmigración favorable a sus intereses electorales, pasando por abandonar los intereses de la nación en manos de quien sea.
Sí, nos conoce muy bien, a los propios y a los extraños. Sabe que tiene una maquinaria electoral, una organización y una congregación de fieles que le aseguran entre 5,4 y 6 millones de votos, aunque se demuestre que mató a Manolete o que su campaña original la financió el dueño de unas saunas puticlubs. Da lo mismo. Ha vacunado a sus seguidores contra el virus de la crítica y la conciencia moral, es un caudillo de adoradores, inmune al rechazo. Impune, pues.
Conoce perfectamente la aritmética del poder. Sus votos cautivos, unidos a los más de 3 millones de Sumar, Junts, Bildu, PNV, Esquerra, BNG y CC, suman casi 10 millones, suficientes para una mayoría monstruosa con la que seguir destruyendo España para su bien político. Y conoce al dedillo que la oposición, PP y Vox, además de no ponerse de acuerdo en nada, por absurdo que sea, es incapaz de inspirar la confianza suficiente en una mayoría a la que han contaminado con el odio y la sumisión.
¿Cabe mayor vasallaje que seguir votando a un tipo después de lo de Delcy Rodríguez en Barajas, de lo de Zapatero, Morodo, Bono –que aún no ha salido del todo–, Podemos y demás mafiosos en una Venezuela –y no sólo en ella– a la que se le robó la democracia y la prosperidad con el consentimiento del Gobierno de España y de Pedro Sánchez?
Visto lo visto, toda la legislación vigente en España no sólo permite, sino que anima a un tipo sin remordimiento alguno a cargarse un país, su democracia, sus raíces morales y sus tradiciones básicas. Sinceramente, no sé qué más podemos hacer ante una devastación como esta. Lo que sé es que lo que hacemos resulta insuficiente para impedir que este crápula siga haciéndonos daño a todos nosotros. Y se ríe, se ríe, se ríe. Como el Calígula de marras, que todavía está vivo.
