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Pedro de Tena

Edad del Odio

Parece que estamos instalados ya en una nueva Edad del Odio. Lo ocurrido en EEUU es un síntoma. Lo que ocurre en España es otro.

Pedro de Tena
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No parece casual que Fernando del Rey, último Premio Nacional de Historia, abra su libro Retaguardia roja con una mención a la Edad del Odio que el influyente historiador de Harvard, Oxford y Stanford Niall Ferguson sitúa entre 1904 y 1953. O sea, que pudiera deducirse que nuestra guerra incivil (1936-39) queda enmarcada en tal período histórico como si hubiera sido circunstancia del destino. Pero no, no es así, como el libro ahora premiado desmenuza luego. Son muchos los elementos que conducen al estallido del odio.

Del Rey sitúa a las matanzas perpetradas en la zona republicana como consecuencia del golpe del 18 de julio, de la guerra que causó y de la revolución a que dio paso. Es la ya consabida tesis de que todo el odio desatado tuvo un único origen, la sublevación franquista, como si nadie, ni ideas ni partidos ni personas, hubiera cultivado el rencor y la malquerencia en los años y décadas anteriores. Como el mismo autor destaca con su mirada provincial detallada, desde 1931 tuvieron lugar muchos hechos terribles que avivaron ese odio. No es difícil rastrear otros más desde mucho antes.

Cuando Einstein pidió a Freud en 1931 que participara en una asociación de notables para combatir la guerra, el psicoanalista se mostró escéptico aludiendo a la existencia de una tendencia tanática en el ser humano a destruir y matar, como existe otra, la erótica, que conduce a conservar y unificar. Se lo dijo con estas palabras: “No hay posibilidad alguna de que logremos suprimir las tendencias agresivas de la humanidad”. Mejor aceptarlas. Poco científico, cierto. Pero ¿no sería mejor prepararse para la guerra que protestar contra ella?

Creo que el origen de la agresividad contra un sistema de convivencia y tolerancia como el que recoge la Constitución está en la pretensión totalitaria de ocupar todo el poder del Estado para ocupar después todo el espacio civil. Desde 1978, el nacionalismo totalitario, por las armas o por sus sucesivas imposiciones desde la legalidad, ha tratado de desbaratar el primer intento profundo de convivencia de la historia de España. Desde 1982, el socialismo español mostró con creces que su idea de la democracia era ocuparla, no ocuparse de su cuidado y exquisito mantenimiento. En Andalucía, Castilla- Mancha y Extremadura llegaron a consolidarse minirregímenes parecidos a los desarrollados en Cataluña y País Vasco. La llegada del comunismo bolivariano ha contaminado a un socialismo español que podría haber desembocado en una socialdemocracia realmente demócrata.

La educación, la justicia, la administración y otros elementos no se trataron nunca como piezas vertebrales de la convivencia democrática sino como territorios a penetrar y dominar para impedir la alternancia que la democracia exige. La misma confrontación política fue alimentada por el odio al adversario antes que por su consideración de elemento enriquecedor de la vida común. Recuérdese el episodio del dóberman.

Parece que estamos instalados ya en una nueva Edad del Odio. Lo ocurrido en EEUU es un síntoma. Lo que ocurre en España es otro. También hay señales en muchos otros países. Pasito a paso, granito a grano, poco a poco se está arrinconando entre nosotros a los defensores de la transición reconciliadora y de la mejor democracia que hemos conocido. Justicia, educación, libertades, lengua común, unidad nacional, medios de comunicación, redes sociales… todos ellos elementos vertebradores, sufren el acoso de los antidemócratas favorecidos por un estado de alarma que apuntala su impunidad.

Como enuncia la que llaman ley dialéctica (marxista) de la transformación de la cantidad en calidad, pequeños cambios cuantitativos desembocan en un cambio cualitativo. Cuando el odio sembrado de forma sistemática estalle, acordémonos no sólo de la tempestad, sino de qué ideologías, qué partidos y qué personas sembraron los vientos que condujeron a ella.

Protestar está muy bien. Pero ¿no será mejor prepararnos para la defensa férrea de nuestra democracia?

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