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La segunda muerte de Marta

No todo, señoras y señores del gobierno, es la Economía. Por ejemplo, no puede ser que la muerte, el asesinato y el crimen, sean tan baratos en España. La política necesita, además de los necesarios saberes técnicos, decencia y valor.

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España no tiene una Policía a la altura de la democracia que eligió, ni tiene una Justicia a la altura de los ciudadanos, de todos los ciudadanos. El caso Marta va a pasar a la historia de España como ejemplo de lo desvalidos que están los españoles de a pie cuando se trata de exigir reparación de daños e investigaciones eficientes y eficaces. Por si fuera poco, cuando sale el flamante ministro de Interior, señor Fernández, diciendo que la investigación policial ha sido modélica, uno tiene la sensación de que es necesario que todo cambie para que todo siga igual. Podría haber guardado silencio, que es menos comprometido. Ni siquiera era ministro cuando tuvieron lugar los hechos. Pero no. Había que mostrar una cara institucional, la razón de Estado, desolando a la familia. Contradiciendo el sentido común y el criterio de no pocos miembros de la Policía, el ministro ha hablado. Pues, señor Fernández, si es tan modélico el comportamiento de la Policía, ¿podría decirnos, por favor, dónde está Marta y cómo es que se ha juzgado a unos imputados sin que la Policía haya aportado el cuerpo del delito y las pruebas correspondientes?

Conozco personalmente a Antonio del Castillo y al abuelo de Marta. Como diría Unamuno, compadezco con ellos, padezco con ellos, la amargura y la indignación de su familia. Sé que un horizonte vital en el que no esté presente el entierro de los restos de Marta va a machacar sus almas hasta hacerlas poco reconocibles. Por ello, sé asimismo que van a seguir en la batalla de lograr que se encuentre a Marta porque este caso va a pasar a la historia como una vergüenza nacional. Parece increíble, pero así ha ocurrido, que la conjura de unos niñatos haya triunfado sobre los inmensos recursos y saberes de la Policía y sobre los procedimientos judiciales al uso. Tenemos que coincidir, porque otra cosa sería demencial, que alguno o algunos de ellos sabe donde está Marta y que los medios de la democracia española han sido incapaces de conseguir que lo confiesen.

¿Cómo vamos a resistir que imputados (y sus familias) que saben, cuando menos, lo que ha pasado con Marta, hayan preferido la complicidad con el asesino confeso y su cómplice directo? ¿Cómo vamos a soportar que ese cómplice esté en la calle dentro de unos meses? ¿Cómo vamos a aguantar que dentro de unos años, pocos, el asesino confeso salga de la cárcel con poco más de treinta años, tal vez con los estudios pagados y terminados, y una nueva vida por delante que él arrebató a su víctima? Rajoy tiene la oportunidad de hacer algunos cambios absolutamente necesarios en la democracia española si se quiere que el régimen siga vivo durante un tiempo fecundo. Y no todo, señoras y señores del gobierno, es la Economía. Por ejemplo, no puede ser que la muerte, el asesinato y el crimen, sean tan baratos en España. La política podría ser una de las más nobles tareas a las que un ciudadano pueda dedicarse. Pero para ello hacen falta, además de los necesarios saberes técnicos, decencia y valor.

Marta ha muerto de nuevo y esta vez, entre todos la hemos matado.
 

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