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No, no son sólo los terroristas y simpatizantes de ETA los que tienen que pedir perdón a sus víctimas.

Pedro de Tena
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No, no son sólo los terroristas y simpatizantes de ETA los que tienen que pedir perdón a sus víctimas. Podemos, si queremos, escondernos tras sus muertos ennegreciendo su conducta y blanqueando… la nuestra. Sí, la nuestra, la mía. Los que formamos parte de los movimientos que se enfrentaban al franquismo –de pelajes tan diversos que transitaban desde el cristianismo obrerista de la HOAC y la ZYX al carlismo renovado, atravesando los sindicalismos y llegando hasta los socialismos y comunismos varios e incluso sobrepasándolos– nunca condenamos abiertamente los asesinatos de ETA ni tuvimos en cuenta el dolor de las víctimas y sus familias. Cierto que éramos jóvenes y, en buena medida, ignorantes, soberbios y, como consecuencia, estúpidos. Cierto que después evolucionamos paulatinamente hasta comprender el valor de la democracia y sus reglas de convivencia. Cierto también, confesemos, fue que cuando ETA mató por primera vez lo comprendimos, y que seguimos comprendiendo sus crímenes, e incluso algunos aplaudiéndolos, hasta bien muerto Franco. Esa es la verdad.

Tenía 17 años cuando conocí la identidad de la que se creyó entonces fue la primera víctima de ETA, el comisario de la social, Melitón Manzanas. Para nuestro propósito de enmienda, da lo mismo que fuera o no la primera víctima de los terroristas. Lo cierto es que, a todos los movimientos antifranquistas de entonces, como si hubiera una consigna general procedente de nadie sabe dónde, nos penetró la convicción de que aquel comisario era un torturador de la dictadura y que su asesinato era comprensible. Ni siquiera los más pacifistas de aquellos movimientos alzaron la voz para denunciar que asesinar por causa de ideas políticas era una barbaridad si lo que se quería era edificar una democracia. Ya entonces se desarrollaba la irracional y miserable doble vara de medir que hacía comprensibles unas muertes mientras se condenaban absolutamente otras. Entre los cristianos, el argumento emanaba de las doctrinas del tiranicidio, sobre todo del padre Mariana, a su vez ancladas en la filosofía escolástica. Para los demás, la violencia estaba justificada de una u otra manera, bien por el carácter de militares, agentes del orden de la dictadura o extremistas de derecha de las víctimas, bien porque el fin justificaba los medios.

Esta comprensión es la que explica que, aún hoy, ETA exija a la izquierda española en su conjunto, y a buena parte de la derecha, un trato penal preferencial y privilegiado. En el fondo, creía y cree haber tenido el coraje de hacer lo que los demás aprobaban usufructuando sus resultados políticos. Ya saben, lo de sacudir el árbol y recoger las nueces. Luego ETA cometió graves errores estratégicos: asesinato de civiles sin relación alguna con el franquismo (Hipercor y otros muchos), asesinato de políticos de la democracia (desde militantes del UCD, PP y PSOE con algunas víctimas, muy pocas, del PNV) y asesinato de Yoyes, por querer dejar las armas, entre otras salvajadas como la de secuestros como el de Ortega Lara y agonías como la de Miguel Ángel Blanco. Tal comportamiento iluminó a muchos sobre el verdadero carácter del terrorismo etarra. Pero voy a dejar en el aire una pregunta incómoda. ¿Y si ETA hubiera seguido matando en el País Vasco y fuera de él sólo a militares, policías y militantes de partidos del centro y la derecha, una especie de Tinellazo de sangre? Esta pregunta exige una reflexión y una respuesta sinceras de toda la izquierda española.

Por mi parte, quiero pedir perdón a todas las víctimas del terrorismo etarra y de los demás terrorismos españoles, que tampoco fueron condenados en su día. Yo no defendí su absoluto derecho a la vida y me siento avergonzado. Tardé mucho en comprender algo tan sencillo como que el fin no sólo no justifica los medios, sino que son éstos los que acaban preconfigurando el fin. La grandeza moral de nuestras víctimas del terrorismo que nunca buscaron venganza –que podrían haberla incluso exigido por la enormidad de sus sufrimientos– nos han salvado a todos como democracia y como sociedad digna. Ahora piden sencillamente justicia. ¿Alguien será capaz de justificar la impunidad de los asesinos?

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