
Antes de conocerse el resultado electoral, aludimos a la dificultad de PSOE y Vox tenían para sobrevivir a la campaña electoral desatada contra ellos, en un caso por el propio aparato sanchista de Ferraz y Moncloa e incluso por su misma candidata y en el otro, por la habitual caravana de improperios y descalificaciones con que se viene desmereciendo a Vox desde su nacimiento, no solo desde la izquierda, sino, desde la presunta derecha "centrada" y sus abundantes e implacables medios afines.
Decíamos que era casi un milagro que lo consiguieran. Pues lo han conseguido. Ya sé que la propaganda oficial es que el PSOE ha sufrido los peores resultados de su historia, que su candidata lo ha hundido hasta el corvejón y que el sanchismo ha cosechado su cuarta grave derrota consecutiva en elecciones autonómicas. Pero nunca conviene intoxicarse con las propias intenciones, buenas o malas.
Cierto es que el PSOE, antaño dueño casi absoluto de Andalucía, sus provincias y sus municipios, ha obtenido sólo 28 escaños y que esa cifra es la peor de las peores. Pero si atendemos a la realidad desnuda, resulta que en las elecciones de 2022 el sanchismo obtuvo en este Sur 888.325 votos y que el pasado domingo consiguió casi 60.000 más, acercándose al millón de votos.
Que con una candidata anunciadamente inadecuada, con una campaña evidentemente horrible plagada de errores básicos y con un partido y un Puto Amo encharcados en el fango de la corrupción familiar, partidista e institucional, el socialismo andaluz haya conseguido aumentar sus apoyos, indica que el PSOE del Sur ha sobrevivido aunque malherido a derecha e izquierda.
Si le añadimos su importante peso municipal que, aunque declinando en grandes ciudades y algunas provincias, todavía supone casi el 60 por ciento de los alcaldes y más del 40 por ciento de los concejales, puede intuirse fácilmente, si se huye de las cogorzas mediáticas deliberadas, que el suelo del socialismo andaluz es firme como una roca, sea por lo que sea, seguramente porque funciona ya como una cofradía de forofos o una congregación de sectarios inasequibles a verdades comprobables y valores democráticos elementales.
Por su parte, Vox, un partido político que no defiende la dictadura para nadie, que no tiene un pasado criminal como otros, que no gobierna con afines al terrorismo ni se alía con los separatismos insolidarios, ha sido tratado por las izquierdas, absurda pero eficazmente, como un partido fascista desde sus orígenes y su padre genético, el PP, no sólo no lo reconoce como hijo legítimo sino que reniega de él y lo quiere confinar en el orfanato de la historia.
En el Sur, además de extremista, radical, antieuropeo y antiautonómico, el PP lo ha calificado de "lío", de engorro, de cosa mala para los andaluces. Sus medios ancilares no han parado de insistir machacona y sistemáticamente en el peligro que, para la gobernabilidad andaluza, es Vox. Como si en una democracia, sólo las mayorías absolutas fueran democráticas y no lo fueran los gobiernos de coalición, algo que el propio PP andaluz aceptó encantado cuando, con el peor resultado de su historia, logró hacerse con la presidencia de la Junta en 2018.
Pero, lo que son las cosas, cuantitativamente, Vox ha superado moderadamente sus resultados de 2014, ha crecido en votos, porcentualmente casi el doble que el PP, y no sólo no pierde diputados, sino que gana uno. Si el partido de Alvise Pérez no hubiera concurrido a estas elecciones, como no lo hizo en 2022, es probable que hubiera logrado tres o cuatro escaños más. De todos modos, haría bien en mirarse por dentro y diagnosticar por qué su ritmo de crecimiento se ha ralentizado.
Cualitativamente, su resultado le permite de nuevo intervenir activamente en el próximo gobierno andaluz. Con la que le ha caído, hay que reconocer que su candidato, Manuel Gavira, humilde y nada estelar al estilo Olona u otros, no sólo ha logrado la supervivencia, sino que ha recuperado la visibilidad pública perdida e incluso se ha vigorizado en toda España con el mensaje claro de que no hay ni habrá modo de vencer al sanchismo si no se cuenta con Vox.
Naturalmente, el PP ha sobrevivido más que notablemente tras ocho años de gobierno, pero ha terminado enredado en sus expectativas fallidas y en el enloquecedor jaleo de sus medios afines. Aunque ha ganado 150.000 votos y superado el listón de apoyos electorales de Javier Arenas, ha perdido cinco escaños haciendo bajar a las derechas, en conjunto, cuatro escaños sobre los resultados de 2022.
Sin embargo, a las primeras de cambio, ya ha proclamado su deseo de gobernar en solitario y acusa a Vox de anhelar sillones. ¿No se percatan de que, en realidad, es el propio Moreno quien quiere quedarse con sillones, por pocos que sean, que no le corresponden según los resultados, y gobernar como si Vox no existiera? Talante y diálogo aparente con todos, o casi, por su izquierda, pero con Vox, su descendiente directo, nada de nada. La verdad, chirría bastante y puede entorpecer un acuerdo nacional para las elecciones generales.
Adelante Andalucía, el partido de Kichi y Teresa, ultracomunista procastrista, bolivariano, republicano, separatista andaluz y filoislámico no sólo ha sobrevivido sino que se ha transformado de larva en mariposa, seguramente por haber sabido alejarse del sanchismo corrupto, de la hipocresía y las malas y absurdas maneras de Sumar y Podemos y por nutrirse del pecio del andalucismo.
Truncar la mayoría absoluta del PP, ganar 6 escaños, conseguir casi un cuarto de millón de votos más que en 2022, obtener grupo parlamentario y la suculenta financiación derivada, superar a Vox en Cádiz y Sevilla y haber desmadejado a la izquierda comunista tradicional, no es moco de pavo. Si es flor de un día o si logra nuevas metamorfosis más vigorosas, se verá durante la legislatura.
En resumen, el único que no ha logrado sobrevivir del todo ha sido el viejo comunismo que representa Antonio Maíllo, desgarrado por su alianza con Pedro Sánchez, caricaturizado por Yolanda Díaz y envenenado por la caterva podemita. Aunque no ha mermado en escaños, ha perdido votos, 21.000, a pesar del crecimiento de la participación. Pinta mal.
Álguienes y álguienas deberían dimitir, pero de lo único que estamos seguros es de que Pedro Sánchez nunca lo hará.
