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Cuando el papado se heredaba

"La Iglesia primitiva es la excusa favorita del hereje", dice uno de los geniales aforismos del gran pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila.

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Cuando Jesucristo instituyó la Iglesia dejó al frente de ella al pescador llamado Pedro. Éste recibió un primado sobre los demás apóstoles y sucesores que aparece varias veces en el Nuevo Testamento.

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mateo 16, 18).

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?". Le respondió: "Sí, Señor; tú sabes que te amo". Él le dijo: "Apacienta mis ovejas". Volvió a decirle la segunda vez: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?". Pedro le respondió: "Sí, Señor; tú sabes que te amo". Le dijo: "Pastorea mis ovejas". Le dijo la tercera vez: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?". Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez "¿me amas?" y le respondió: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas" (Juan 21, 15-17).

(...) pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos (Lucas 22, 32).

Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo (Marcos 16, 7)

Pedro ejerció su magisterio (es él quien califica las cartas de San Pablo como inspiradas por Dios) y su gobierno hasta su martirio con la obediencia de todos los cristianos. Uno de sus últimos actos fue la designación de un sucesor. El segundo papa de la Iglesia fue el toscano Lino, nacido en Volterra, y que ascendió a la cátedra de Pedro en el año 67, aproximadamente. Lino no sólo era discípulo de Pedro, sino que, además, le había sustituido al frente de la comunidad cristiana de Roma durante las ausencias de éste.

Fue el primer caso de sucesión testamentaria, pero no el último.

Un gobierno hereditario

San Lino reinó doce años en una época de crecimiento de los fieles y a la vez de persecuciones. Algunas fuentes cristianas antiguas sostienen que se le enterró junto a San Pedro. Su fiesta en el santoral se celebra el 23 de septiembre.

El segundo papa hizo lo mismo que Pedro para dar un obispo a los cristianos romanos y un pontífice a la Iglesia: designó un sucesor, Anacleto, quien según San Ireneo, nacido en Esmirna pero obispo de Lyon, autor de la lista de los primeros papas, reinó hasta el año 88.

Anacleto señaló como su sucesor a San Clemente I (88-97), que conoció a los Apóstoles sobrevivientes y a San Pablo, quien le cita en su carta a los Filipenses. El único escrito de San Clemente que se conserva es su epístola a los corintios, uno de los más importantes de la época para el futuro de la Iglesia, ya que el obispo de Roma pone orden en esta comunidad de Grecia dividida por disputas doctrinales y por el deseo de un sector de ella de deponer a sus presbíteros. Clemente niega esa facultad a los fieles y les manda someterse a sus sacerdotes debidamente designados. Murió arrojado al mar con un ancla atada al cuello. También designó sucesor: San Evaristo (97-115).

Evaristo fue otro papa judío. Se cree que nació por los años 60 del siglo I de una familia judía asentada en tierras griegas. Recibió educación judía y aprendió en los liceos helénicos. No se conocen datos de su conversión al cristianismo, pero apareció en Roma como uno de los presbíteros más estimados por los fieles. En su pontificado empezó a establecer una administración territorial de la Iglesia, las posteriores diócesis, y, como sus predecesores, escribió cartas a los cristianos, como a los de Egipto y el resto de África, para mantener su unidad y obediencia a Roma. Murió mártir durante el reinado del emperador Trajano, hacia el año 117.

A su muerte se introdujo el sistema de elección del papa por el pueblo y el clero de Roma. El primer papa escogido así fue San Alejandro I, de quien la tradición dice que instituyó el uso del agua bendita para purificar las casas cristianas e introdujo en la Eucaristía el pan ácimo y el vino mezclado con agua. Su sepulcro se halló en el siglo XIX.

El Edicto de Milán (313), dictado por el emperador Constantino, otorgó a la Iglesia libertad para existir en los siglos siguientes. Pero una consecuencia fueron las injerencias del poder político, los césares del Imperio Romano de Occidente y de Oriente, y luego los reyes y emperadores de Europa Occidental, en los nombramientos de los papas.

Hubo otras de sucesiones testamentarias, como la de San Zósimo (417-418), elegido por indicación de Inocencio I.

El Decreto de Símaco

El papa San Símaco (498-517) intentó establecer como norma la de sucesión testamentaria, por medio del llamado Decreto de Símaco, que promulgó en un sínodo celebrado en San Pedro, en el que participaron 72 obispos de Italia. Este pontífice quería evitar la repetición del cisma que se produjo en su propia elección, realizada un año antes, cuando, por injerencia del emperador de Bizancio, el basileo Anastasio I, se le opuso un antipapa, un tal Lorenzo, arcipreste de Santa Práxedes.

Según este decreto, cada papa establecería quién le sucedería. En caso de fallecer de improviso y sin haber designarlo, se procedería a la elección del nuevo pontífice por parte del clero romano, con exclusión de los laicos. Estas normas apenas se cumplieron. Al morir Símaco fue elegido San Hormisdas (514-523), que no había sido designado.

El último intento firme de hacer prevalecer la designación testamentaria fue el de Félix IV (526-530), que, sintiéndose enfermo e invocando el Decreto de Símaco, reunió al clero romano y al Senado, en cuya presencia impuso su propio palio al archidiácono Bonifacio, señalándolo como a su sucesor. Al morir Félix, un grupo de sacerdotes eligió a Bonifacio II, pero otro grupo más numeroso de clérigos y laicos reunidos en la Basílica Julia le opuso a Dióscuro. Éste murió veintidós días más tarde.

Bonifacio intentó, a su vez, designar al diácono Vigilio como su sucesor, pero en 531 chocó con la oposición del representante del emperador bizantino, que vivía en Rávena. El papa Agapito I (535-536) se opuso al Decreto de Símaco, que el papa Vigilio (537-555) abandonó, para rendirse al poder político.

En 1274 el papa Gregorio X promulgó en el Concilio de Lyon la constitución Ubi Periculum, que fijaba las normas para el desarrollo del cónclave y la elección del papa por el colegio cardenalicio; fue León IX (1049-1054) quien así lo había dispuesto, para impedir la corrupción y las injerencias. Hoy, con diversas reformas –las últimas debidas a Benedicto XVI–, es el método empleado.

"La Iglesia primitiva es la excusa favorita del hereje", dice uno de los geniales aforismos del gran pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila. ¿Nos imaginamos a los Boff y a los Küng propugnando el regreso a la sucesión testamentaria?

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