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El PSOE inventa la crispación

El PSOE se lanzó a una oposición despiadada contra la UCD y, sobre todo, contra el hombre que la mantenía unida y ganaba elecciones: Adolfo Suárez.

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El 6 de diciembre de 1978 se sometió a referéndum el proyecto de Constitución. La víspera ETA había asesinado en San Sebastián a tres policías. A diferencia de las Cortes Constituyentes de la II República, que prosiguieron su legislatura casi dos años después de haberse aprobado la Constitución de 1931, las Cortes elegidas en junio de 1977 fueron disueltas el 29 de diciembre por el presidente Adolfo Suárez, que convocó elecciones generales para el 1 de marzo del 79.

El PSOE, dirigido por Felipe González (secretario general) y Alfonso Guerra (vicesecretario general), esperaba ganar esas elecciones. En los años anteriores este partido había recibido el respaldo de la Internacional Socialista y del venezolano Carlos Andrés Pérez y el alemán Willy Brandt; había absorbido a los demás partidos que se reclamaban socialistas, había reanimado –con la colaboración del Gobierno y de la CEOE– a su sindicato UGT y había establecido un pacto de colaboración con UCD en el debate constitucional. Además, contaba con el apoyo de la Monarquía para acceder al poder, ya que, como escribió Guerra en una de las revistas del partido,

la propia institución monárquica conoce que su supervivencia depende de que ejerza su jefatura bajo un gobierno socialista.

La campaña concluyó con un mensaje televisivo en el que Suárez acusó al PSOE de ocultar su programa marxista, de falsa moderación y de querer implantar el aborto. El resultado fue la segunda victoria de UCD, que pasó de 166 a 168 escaños; el PSOE subió de 118 a 121 y fue la lista más votada en la provincia de Madrid, pero quedó a 800.000 votos de su rival. La abstención subió del 21 al 32%. El disgusto de los socialistas fue tal que Guerra declaró que los españoles se habían "equivocado".

El 3 de abril se celebraron elecciones municipales y el PSOE, en alianza con los comunistas y otros grupos de izquierda, se hizo con las alcaldías de las ciudades más pobladas. Fue el primer tropiezo de la UCD y un alivio para el PSOE.

Estrategia de poder

En los meses siguientes la cúpula del PSOE planeó la operación para evitar una segunda derrota y acortar la legislatura recién inaugurada, que legalmente podía extenderse hasta marzo de 1983. Aunque los socialistas eran jóvenes, no tenían ganas de seguir esperando.

José María Maravall, hijo de un catedrático franquista y uno de los ideólogos del PSOE, hasta el punto de que fue el primer ministro de Educación de González (1982-1987), escribió en Leviatán un análisis titulado "La alternativa socialista" en el que exponía las preocupaciones del partido y un plan de conquista del poder.

En el primer asunto Maravall exponía el temor de que al PSOE le ocurriese lo mismo que al PS italiano, que quedó emparedado entre la democracia cristiana, el Gobierno, y el PC, con lo que se convirtió en un partido minoritario, por debajo del 10% del voto. En el segundo explicaba que el atasco del PSOE se debía a la abstención, que, según él, había perjudicado a los socialistas, ya que la interpretaba como un "voto de castigo" de su electorado "contra la política de conciliación seguida desde el otoño de 1977 en adelante".

En el mismo número de Leviatán Enrique Múgica afirmaba que en la legislatura anterior a los socialistas se les había confundido con el Gobierno, "sin poseer las ventajas de serlo".

Antes de las elecciones de 1979 Alfonso Guerra había publicado otro artículo, titulado "Estrategia de poder", en el que hacía al PSOE víctima de una pinza entre UCD y el PCE. En este texto Guerra proponía "la ruptura de la política de consenso" y "el rechazo de la renovación de los acuerdos económicos" una vez aprobada la Constitución, así como la formación de "cuadros técnicos" y la redacción de un programa de gobierno al servicio de "una estrategia de poder concreta".

Cacería contra Suárez

En consecuencia, el PSOE, que desde el Congreso Extraordinario de septiembre de 1979 ya era un partido férreo, sumiso al líder, al estilo leninista, se lanzó a una oposición despiadada contra la UCD y, sobre todo, contra el hombre que la mantenía unida y ganaba elecciones: Adolfo Suárez.

Empezó la difamación del presidente. En septiembre de 1979 Guerra dijo del hombre que se plantaría ante el teniente coronel Tejero el 23-F, mientras él se escondía en el suelo de su escaño:

Si el caballo de Pavía entrara en el Parlamento, Suárez se subiría a su grupa.

Igualmente, el PSOE se volcó en el desgaste del Gobierno, de lo que fue muestra la presentación en la primavera de 1980 de una moción de censura, en la que González obtuvo, como candidato, 152 votos favorables (socialistas, comunistas, andalucistas y tres diputados del Grupo Mixto). En el discurso de defensa de la moción, Guerra elevó la crispación al afirmar:

Suárez tiene miedo al Parlamento y considera la democracia como un mal a soportar.

Pasado el verano de ese año, en el que los muertos por terrorismo superaron el centenar (un muerto cada sesenta horas), el PSOE aceleró la estrategia de la crispación. En una tertulia de periodistas celebrada en noviembre, González declaró: "Estamos en una situación de crisis y de emergencia". Para González, había que cerrar tres periódicos, no se podía negociar con ETA (sic), la inseguridad ciudadana era insoportable y la crisis económica se agravaría con un inminente desabastecimiento de petróleo. A Suárez le echó en cara que no hubiera ido a Vascongadas después de que ETA hubiera asesinado a tres militantes de su partido. Y no descartó un Gobierno de coalición con UCD.

En octubre Enrique Múgica había cenado con el general de división Alfonso Armada, gobernador militar de Lérida, y entregado un informe a la Ejecutiva del PSOE.

La estrategia de la crispación, en la que participaron la Corona y Manuel Fraga, recogió su premio el 28 de enero de 1981, cuando Suárez anunció su renuncia por televisión. Menos de un mes después, Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados mientras se celebraba el debate de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo.

Francisco Laína, director general de Seguridad el 23-F y organizador de un mini- Gobierno esa noche, declaró en una entrevista reciente:

Me da la impresión, por la información que tenemos de aquella época, que en la última etapa de Suárez quizás el PSOE no solamente utilizó lo que era una legítima tarea de oposición, sino que además estaba presionando y creando un clima. Sin querer decir, ni mucho menos, que estuviese propiciando ningún golpe de estado –eso hay que dejarlo claro–, el PSOE buscaba soluciones dentro del marco constitucional, pero que no eran las normales, sino forzando al máximo la maquinaria recién nacida del orden constitucional. 

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