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Santiago Navajas

Matar a las vacas sagradas

El Madrid tiene un problema, y gordo, en su extraordinario vestuario.

Santiago Navajas
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El Madrid tiene un problema, y gordo, en su extraordinario vestuario.
EFE

En la India las vacas son sagradas. El antropólogo materialista Marvin Harris tenía la hipótesis de que para los indios resultaba más rentable, en términos de calorías producidas, no comérselas y emplearlas como fábricas de bueyes y de abono. Pero la tentación de hacerse unos filetes con ellas era demasiado grande, dado el hambre que pasaban. Así que al considerarlas sagradas lo que estaban haciendo, en realidad, era ponerse una línea roja, como se dice ahora, gastronómica.

En el Real Madrid hay también vacas sagradas. Son jugadores considerados intocables por gran parte de la afición y la prensa deportiva (en gran parte, un subconjunto de aquella) porque en el pasado han protagonizado momentos heroicos y conseguido grandes victorias. Dado que el Real Madrid pertenece a la categoría Más Que Un Club, el aspecto simbólico es muy importante. En el equipo blanco, los hechos se convierten en mitos, y estos en leyenda.

El problema viene cuando nuevos hechos entran en contradicción con las antiguas leyendas. En las escuelas de MBA les gusta contar fábulas con moralejas y animales, al estilo del ratón al que le quitaron su queso. Otra historia con moraleja tiene que ver con una vaca (a ratos les va la zoofilia y en otros momentos la filosofía). Un maestro zen y su discípulo, de viaje por la antigua China, se alojaron en la casa, más bien choza, de una familia muy pobre que sólo tenía una vaca, gracias a la cual sobrevivía de mala manera, con el poco de leche que obtenían de su ordeño. Mientras todos dormían, el maestro degolló la vaca y, sin más explicaciones, se fue de allí con su discípulo, que no entendía nada. Al año siguiente, maestro y alumno volvieron a la casa y la encontraron transformada en una próspera granja, ahora reconvertidos sus propietarios en unos ricos terratenientes. ¿Qué había pasado? El padre les explicó que la misma noche en que se ellos se fueron, alguien, seguramente un vándalo, había matado su vaca. Y que, ante la desgracia, se habían decidido a limpiar el patio trasero, que hasta entonces no habían usado, y plantado en él algo de maíz, cuyo excedente pudieron vender en el mercado, lo que les llevó a plantar cereales y otras plantas. Y así sucesivamente. Explicaba que habían sentido mucho que mataran a su vaca, pero que, al mismo tiempo, les había servido para hacer cosas que en caso contrario nunca habrían hecho. Con una sonrisa, terminó: "No hay mal que por bien no venga".

Cuando Guardiola llegó al Barcelona, un equipo sumido en una crisis de identidad y de resultados, lo primero que hizo fue despedir a los jugadores más determinantes, Ronaldinho, Eto'o y Deco, ya que, a pesar de su innegable calidad, eran un mal ejemplo y creaban un clima de falta de compromiso y esfuerzo en el vestuario. Guardiola se refirió a los "intangibles" que hacen un vestuario fuerte. Laporta, presidente entonces, respaldó la decisión de su joven e inexperto entrenador contra los pesos pesados del club. Posteriormente, también quiso desprenderse de Piqué, Fábregas e Ibrahimovic, porque tampoco tenía feeling con ellos. Feeling profesional, se entiende.

El Real Madrid tiene el mismo problema que en aquella ocasión el Barcelona. El vestuario es como un diamante: de calidad y duro pero frágil; nadie duda del gran potencial de esa plantilla, así como de la dureza de sus personalidades. Pero es frágil a la hora de encarar grandes retos, por falta de actitud, de compromiso y de vocación de triunfo. Desde que Florentino Pérez decidió no respaldar a Mourinho ante los jugadores, el equipo y la institución están secuestrados por unas vacas sagradas que hacen y deshacen a su antojo, en muchos casos protegidas por una afición anestesiada por el brillo galáctico de los jugadores y por una prensa sometida a unos intereses espurios y el globetrotterismo estilístico. Tanto con Ancelotti como con Benítez, Florentino Pérez ha preferido cortar por el lado más débil en lugar de por el más enfermo. En lugar de desprenderse de jugadores que, como hasta hace poco Casillas, no forman una unidad de destino en lo universal deportivo, sino que irremisiblemente ponen su ego por encima de la exigencia que supone jugar en una entidad como el Real Madrid, se pliega a la voz de la grada, que más que la voz de Dios se suele pronunciar como los hahstags de Twitter, de manera caprichosa, indolente y vacía. Una conversación de cinco minutos con el madridista medio significa comprender a don Santiago Bernabéu cuando comparaba a la masa de la gente del Madrid con un tumor.

Mientras que en el Atlético de Madrid está claro que, entre un jugador y Simeone, la presidencia siempre elegirá al entrenador, lo relevante del fichaje de Zidane no es que sea un mito y una leyenda para el madridismo, porque, contra el resultadismo propio de los equipos profesionales, ni siquiera el jugador francés conseguiría evitar que su imagen sagrada se viera arrastrada por las gradas cubiertas de pipas del Bernabéu. La clave estará en que el presidente sea capaz de sostenerlo sin fisuras en los enfrentamientos que tenga con los pesos pesados del vestuario. Porque en este caso no habrá maestro zen que valga y será el mismísimo Florentino Pérez el que tenga la responsabilidad de arremangarse, coger el hacha y, como hacía Martin Sheen al final de Apocalypse Now, sacrificar a las vacas sagradas. Aunque acabe chorreando sangre. Además, si no lo hace así, el próximo sacrificado, en plan Marlon Brando haciendo de coronel Kurz en la película de Francis Coppola, será él mismo.

En sus conversaciones con Gómez Santos, Santiago Bernabéu concluía:

La gente no comprende la modestia, la humildad, el sacrificio. ¡Hombre, por favor! ¡Por amor de Dios! ¿Y el ideal? ¿Dónde está el ideal?

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