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'Nessun maggior dolore…'

España debe saber que la suerte de su democracia y de su convivencia está en sus manos.

Xavier Reyes Matheus
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Con la muerte de Adolfo Suárez los españoles han salido al encuentro de su pasado y también de su presente, tomando a la democracia la medida de lo que va de ayer a hoy. Pero el futuro, en cambio, es algo que difícilmente somos capaces de imaginar, porque si pensamos que lo de ahora no subsistirá e intentamos representarnos las alternativas, nos parecen todas sacadas de otras épocas o de otros lugares: escenarios anacrónicos y exóticos que juzgamos inverosímiles, incluso aunque intuyamos que nuestra normalidad actual puede ser precaria y frágil. ¿Una república con un hervidero de partidos? ¿Una península dividida en taifas? ¿Un Estado recentralizado mediante alguna imprevista reacción del nacionalismo español? ¿Una inmensa comuna gobernada por los correligionarios de Sánchez Gordillo e impulsada por una especie de nuevo 1848 europeo? Creen muchos de los que escrutan el cambio que cualquiera de esas posibilidades lo fía demasiado largo, y que, por el contrario, algo como el Estado federal parece un futurible más a mano; pero en realidad todos sabemos que nada alargaría tanto la pregunta por el después como esa solución que para los nacionalismos regionales no sería nunca un punto de llegada.

Eppur si muove! Cada vez más burbujas sulfurosas asoman a la superficie del estanque democrático, lo mismo en España que en otros lugares. Una distopía como El día del oprichnik de Sorokin se lee ahora con el interés de un reportaje, aunque digan los análisis que los delirios del nuevo Iván el Terrible tienen las patas muy cortas. Por el contrario, es una especie de chiste cruel que el eslogan Yes, we can! haya sido el santo y seña de un gobierno que ante cualquier desafío parece advertirnos: "No, I won't". Una parte del mundo se despidió de la historia en el punto en el que le dijeron que se había terminado, mientras la otra parece decidida a ocuparla para desfacerle los entuertos. Y nos tranquilizamos en la seguridad de que los gigantes son solamente alucinaciones, sin advertir que, a fuerza de acometidas de loco, terminarán arruinados los molinos que otrora levantamos con trabajo y con ingenio.

No creo que acertara, aunque me esforzara en ello, a describir la sensación de pérdida que tengo todas las mañanas cuando repaso las noticias del periódico y me encuentro el nombre de la Venezuela en donde nací. Un país al que otrora correspondía un lugar discreto en el concierto del mundo se ha transformado ahora en protagonista de los números más esperpénticos y lastimosos que ofrece el escenario internacional: cuando un artículo de economía quiere ponderar la inflación, el endeudamiento o la devaluación, dice que roza "niveles venezolanos"; cuando un reportero se propone pintar una sociedad sangrienta, en la que el crimen campa sin Dios ni ley, no esquivará la comparación con Caracas. Ni faltará tampoco la asociación con tierras extrañas –Zimbabue, Bielorrusia, Afganistán–, que para los venezolanos eran países de novela de aventuras. Y total es que es muy raro saberse del lado opuesto a la normalidad; entender que uno es lo disfuncional, lo monstruoso, lo equivocado.

Una tía que tengo aquí en Madrid vivió en Caracas, como emigrante, los años de su juventud. Desde entonces no ha vuelto, y sus recuerdos de aquel país son un Cuéntame tropical que si no había podido, de regreso al futuro, compartir con los venezolanos el consuelo del progreso, al menos pensó encontrarlo en el de los españoles. La nostalgia ciertamente no es algo que vaya con Venezuela, donde lo nuevo se prefiere siempre a lo viejo; pero en España está visto que representa justo el reverso de esa implacable memoria histórica de los desquites: vuelve entrañable la experiencia compartida y hace sensible el acompañamiento de "los que estuvimos allí". Sin embargo, y por más emocionada y noble que sea, cuando la mirada al pasado es un puro gesto de decepción ante el presente conviene prevenirse contra las actitudes evasivas. Venezuela se durmió en los laureles de sus tiempos saudíes, y fingió no enterarse cuando la realidad comenzó a darle señales de que aquel esplendor era tan auténtico como las coronas de las misses y los atrezzos de los culebrones. Para todo el mundo los problemas eran contingentes y ajenos: se permitió el secuestro de las instituciones rogando a Dios que nunca tuviésemos que ver con ellas; se sacrificó la libertad efectiva a la ilusión de las comunicaciones virtuales; se convivió con la muerte y la confiscación mientras supiésemos de ellas por el periódico. Y cuando alzamos la vista encontramos que la sombra de Chávez lo cubría todo, y ahora el país protesta y se retuerce, pero, aunque heroicas –y ojalá que efectivas–, no dejan de ser patadas de ahogado.

España debe saber que la suerte de su democracia y de su convivencia está en sus manos. El telediario de hoy es la imagen que rescataremos mañana de los archivos audiovisuales, como estos días ha sucedido con los vídeos del tiempo de Suárez, y entonces haremos cuentas. Todavía depende de nuestro presente que le evitemos a nuestro futuro la célebre frase que Dante puso en boca de Francesca:

No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria.

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