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Zoé Valdés

Carta abierta a la OMS y a Unicef

Es hora ya de que abran los ojos ante las mentiras y desmanes del régimen castro-comunista en Cuba.

Zoé Valdés
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Señoras y señores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef): es hora ya de que abran los ojos ante las mentiras y desmanes del régimen castro-comunista en Cuba.

Los niños no son felices en Cuba, ni son tratados como niños, ni las epidemias y las pandemias han sido erradicadas; y las vacunas con que tratan a los pequeños, en lugar de salvarlos, los matan, como ha sido el caso reciente de la bebé Paloma Domínguez, y de otro bebé cuyo nombre no ha sido divulgado todavía, y de otros 24 niños que se encuentran en estado grave desde hace algunas semanas.

Por favor, abran los ojos de una vez. Dejen de ser condescendientes con una ideología que ha matado desde el año 1959 en mi país a niños y a adultos mediante múltiples métodos usados por el horror comunista. Ustedes existen para defender los derechos de los niños y vigilar la salud de los pueblos, cumplan con su trabajo y con el mero sentido de su existencia y del deber.

En Cuba, hace mucho tiempo que los niños dejaron de ser "la esperanza del mundo", como escribió el gran poeta, escritor, pensador, y verdadero revolucionario cubano, el más grande de toda América, José Martí. Los niños han pasado a ser, con mayor encono que contra el resto de la población, las víctimas predilectas del castrismo. No puede ser que ustedes no se hayan enterado, que no quieran enterarse. No puede ser que después del hundimiento del remolcador Trece de Marzo, donde fueron asesinados 12 niños; del vaso de leche prometido que nunca se ha visto en el desayuno escolar, de la prostitución infantil con extranjeros, de las violaciones y asesinatos de niñas por extranjeros, de las muertes de adolescentes en escuelas al campo, de los niños muertos en derrumbes de edificios que jamás han tenido la asistencia de los mandatarios de la isla, Unicef continúe haciendo informes favorables relacionados con la infancia bajo el régimen comunista de Cuba.

Lo sucedido recientemente con Paloma Domínguez, su asesinato, como con el del otro niño, y los otros 24 en estado grave de los que se conoce bien poco (¿es necesario recordar el terror que imponen a las familias en estos casos?), ha venido repitiéndose durante seis décadas. Los testimonios pueden recogerlos ustedes en las calles de Cuba, y en las redes sociales, como he hecho yo, antes y ahora.

Yo también sé de lo que hablo, lo viví en carne propia en Cuba, en los hospitales cubanos, con mi madre enferma, después con mi hija recién nacida; aquí tienen parte de mi testimonio.

Las familias que pierden a sus seres queridos, a sus hijos asesinados, no sólo deben cargar con el dolor infinito de la pérdida, además también son maltratadas, perseguidas y reprimidas, en el caso de que decidan denunciar los hechos, como podemos apreciar en la historia de esta doctora que perdió a su hija embarazada y al bebé, debido a otra negligencia médica.

Horrores como estos constituyen tristemente agua común en la Cuba castrista, esa que se vanagloria de ser una potencia médica. Ustedes no pueden continuar ignorándolos, no pueden seguir pasando y mirando hacia otro lado, y además justificándolos. Estos crímenes no tienen que ver con el embargo norteamericano. Esto sólo tiene que ver con el embargo al que el régimen castrista tiene sometido al pueblo cubano desde hace más de seis décadas.

Nadie duda de que las familias cubanas deben denunciar estos crímenes dentro de Cuba, pero también fuera, a nivel internacional, y en instancias como las OMS y Unicef, entre otras. A los niños cubanos, a los enfermos cubanos, les asiste todo el derecho a la vida, como sucedía antes de 1959 y como sucede en gran parte del mundo de hoy, incluida buena parte de África y de otros lugares donde se supone que el sufrimiento infantil y el padecimiento de los enfermos es peor que en la Cuba socialista, y no es así, es falso. Falso, y ustedes lo saben.

Hace poco, unos cuantos representantes demócratas norteamericanos viajaron a la isla para observar el sistema de salud pública. Ojalá hayan podido ver la realidad, empaparse de la verdad de lo que son los hospitales reales para los cubanos de a pie, y no creerse la tramoya que muestran a los extranjeros y a los políticos, que quiero pensar que son ingenuos. Cuba no sólo niega absolutamente todos los derechos a los cubanos, además usa lo mejor –según ellos– de su sistema sanitario para mantener la sucia propaganda de la tiranía, para exportar mentiras sobre supuestos hallazgos, como hace un tiempo la vacuna contra el cáncer del pulmón, el medicamento que erradicaría el sida, y desde hace unos días otra vez vuelven a la carga con el remedio que elimina el vitíligo en tres días (qué casualidad, en medio de la tragedia de estos niños muertos y en estado grave, se permiten hacer semejante anuncio, que todos, hasta el gato, sabemos que es pura pantomima, y falsedades a montones), o mediante el sistema esclavista con el que sobornan a los médicos, vendiéndolos al mejor postor y pagándoles como el peor de los chulos a sus meretrices.

Es hora de que no sólo las familias afectadas denuncien y condenen. Ese padre que llora devastado debe empinar el pecho y alzar vigoroso la voz, seguir el ejemplo de su esposa que en medio de su dolor denuncia con firmeza el asesinato de su hijita. Los médicos, las enfermeras, todos deben unirse y denunciar masivamente, dentro y fuera de Cuba; puede que sean muy amables y muy buenos profesionales (en medio de la tragedia, es lo lógico y lo que se espera de ellos), pero deben impedir de una vez por todas que este espantoso y silenciado genocidio siga ocurriendo.

Espero que sean ustedes receptivos a este llamado personal, y que oigan todos esos otros reclamos que desde hace sesenta años el pueblo cubano está haciendo a la comunidad internacional y a los encargados de –como apoyaron a Fidel Castro y a sus secuaces en su toma del poder– acabar de sacar de Cuba a estos infames asesinos de niños y de enfermos. ¡Libertad y vida!

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