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Zoé Valdés

El exilio incómodo

Ser exiliados del castrismo y conformar la lista de 'personas non gratas' de la tiranía de los hermanos Castro no nos confiere ningún tipo de privilegios, todo lo contrario.

Zoé Valdés
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Ser exiliados del castrismo y conformar la lista de 'personas non gratas' de la tiranía de los hermanos Castro no nos confiere ningún tipo de privilegios, todo lo contrario.
Leonardo Padura | Wikipedia

El exilio, lo he dicho en otras ocasiones, no es un regalo y mucho menos una distinción, es un castigo injusto. Del padecimiento del exilio han escrito las más grandes plumas de todos los tiempos. Mi exiliado preferido –por llamarlo de alguna manera– siempre ha sido Victor Hugo, la majestuosidad de su obra, junto a su entereza política y su reconocimiento a las mujeres cubanas en la época en que Cuba luchaba por la independencia de España, lo convierte en uno de mis ídolos literarios y humanos. Victor Hugo y su magnífica obra se encuentran entre los grandes protagonistas de la decorosa e inmensa creación literaria, artística, poética y política que ha engendrado el exilio.

En Europa, y en Francia más específicamente, donde vivo desde hace 28 años, existe un respeto y un reconocimiento intocables por los exiliados verdaderos. Una gran parte de la cultura de este país se construyó gracias a la genialidad y al talento de los exiliados venidos de distintas partes del mundo. Agredir verbalmente a un exiliado o a una comunidad de exiliados resulta de muy mal gusto y es fuertemente criticado y rechazado.

Los exiliados cubanos, sin embargo, no gozamos de ese aprecio. Ser exiliados del castrismo y conformar la lista de personas non gratas de la tiranía de los hermanos Castro no nos confiere ningún tipo de privilegios, por el contrario, denigrarnos reviste de un áurea revolucionaria al que acometa semejante acto de elegante repudio.

Nunca me acostumbraré a eso, ni lo aceptaré.

Es la razón por la que no puedo aceptar las palabras del escritor oficialista procastrista Leonardo Padura cuando se refiere al viejo exilio cubano como un exilio trágico, muerto, acabado, y, por el contrario, presenta de muy buena gana a esa nueva ola de inmigrantes isleños a los que él, claro está, no califica de exiliados (o lo hace de media boca), puesto que no constituyen a su juicio una comunidad unida frente al régimen de La Habana.

Sin embargo, el exilio histórico cubano está más vivo que nunca. Las filas de ese exilio han venido a engrosarlas otros exiliados de mediana edad y jóvenes que han tomado el relevo no sólo en la política cubana, también en la política estadounidense, ahí tienen los casos de dos aspirantes a las presidenciales norteamericanas, los cubanoamericanos Marco Rubio y Ted Cruz; además del protagonismo de que gozamos en las artes, la literatura y el periodismo a niveles internacionales. Ignorarlo no se debe a un olvido y mucho menos a una falta de información, y de hecho Padura no lo ignora. Padura borra de un plumazo, tacha y escupe sobre la verdad, tal como hacen los tiranos a los que ha sido tan reverentemente fiel.

Es normal que Leonardo Padura se sienta retratado en esa chusma que llega a Miami de la manera más incomprensible y gracias a los favores del presidente Barack Obama al castrismo, su dictadura preferida, y a lo que él llama "nuevo exilio" (siempre con la boquita virada), que no lo es, es normal que ignore al verdadero exilio, y que desee despachar con insultos su auténtico protagonismo. Es normal porque ese es el mensaje que le ha conferido la tiranía al esbirro Leonardo Padura: el de desinformar al mundo, y el de lavar la cara de los criminales prestándoles una nueva imagen de demócratas.

Fiel a sus novelas policiacas y a su protagonista policía y alter ego, Padura necesita destruir la verdad del exilio y al propio exilio, porque haciéndolo obtiene, entre otras ganancias, el permiso para seguir viviendo más tiempo en los hoteles del mundo entero, por donde se pasea sin ningún tipo de pesadumbre, mientras miente afirmando que su casa se encuentra en Mantilla. Debiera al menos de avergonzarse al afirmar que conserva casa en Cuba, porque por menos de esas críticas que a veces suelta, veladas aunque autorizadas por el régimen, miles de cubanos perdieron sus casas decomisadas por el régimen, mientras los conducían a la cárcel, o al exilio, o al paredón de fusilamiento.

Mucho se pierde cuando un exiliado cubano declara que lo es y argumenta su verdad, ¡si lo sabré yo! No es un exilio cómodo, ni es el más provechoso, como el de tantos otros provenientes de América Latina. Es el más incómodo de los exilios, pero pertenecer a él, donde quiera que se viva, con la certeza de haber enfrentado al castrismo con la verdad y nada más que con la verdad, lustra de manera muy especial la libertad ganada, que es la mayor y mejor ganancia de la que un ser humano puede sentirse satisfecho.

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