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Los sábados, guerra civil

Da pavor ver algunos vídeos y expresiones de los individuos que se encuentran a la cabeza de este movimiento que se ha convertido en indeseable guerrilla terrorista urbana.

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Desdichadamente se ha convertido en una costumbre en Francia: los sábados, desde hace ya 18, tenemos programada guerra civil. Lo mismo que la gente ve The Voice o La Voz por la noche en La Caja Tonta Que Eructa (la tele), pues además pueden esparcirse —es un decir– y hasta liberar malas vibraciones a través de las generosas muestras de violencia que se pagan cada fin de semana los Casacas Amarillas. Cobramos, por supuesto, los que no hacemos daño a nadie, como es natural: las víctimas.

El número de muertos ya asciende a diez; el de heridos, incluido pérdida de miembros, manos y ojos, ya se cuenta por decenas; las destrucciones de monumentos y centros considerados patrimonio cultural de la nación y del mundo se mencionan por pérdidas de millones de euros.

El sábado pasado fue uno de los más vergonzosos: no sólo destruyeron el insigne restaurante Fouquet’s, además quemaron quioscos de prensa. Son personas que lo han perdido todo, como ellos mismos han confesado en vídeos, a las que estas manifestaciones de extrema violencia de los Casacas Amarillas han convertido en desempleadas y sin ningún futuro evidente. Quemaron un edificio en cuyos bajos se hallaba un banco, con niños aterrorizados dentro, al grito de "¡Vamos a cremar a los ricos!". Destrozaron tiendas y joyerías, donde robaron todo lo que pudieron. No es justo.

Al inicio apoyé el movimiento de los Casacas Amarillas, pero desde que empecé a ver banderas y pancartas con la imagen del Che Guevara, el carnicero de La Cabaña, así lo llamaban debido a la gran cantidad de asesinatos de cubanos que este apestoso argentino tuvo en su haber, ya desistí de ellos. Una vez más me aparté cuando percibí expresiones lamentables de antisemitismo y de racismo. No, no cuenten conmigo para apoyar semejante deriva.

Da pavor ver algunos vídeos y expresiones de los individuos que se encuentran a la cabeza de este movimiento que se ha convertido en indeseable guerrilla terrorista urbana. Algunos me recuerdan a los castristas que tomaron el poder por la fuerza en 1959, y por esa vía ya los cubanos sabemos a dónde se llega y en qué punto se acaban el bienestar y la felicidad de un pueblo. Observen en el enlace al vídeo el nivel de euforia y al mismo tiempo de ignorancia malvada de estos nefastos personajes.

El Gobierno de Emmanuel Macron colecciona errores, es más que defectuoso, se comporta de manera irresponsable. ¿Cómo puede un presidente que conoce ampliamente la situación en la que se encuentra el país irse tan campante a esquiar un fin de semana, cuando más tensión se genera en las ciudades más importantes y hasta en pueblos? ¿Cómo puede Christopher Castaner, ministro del Interior, hacer lo que hizo hace dos semanas, irse de copas con una jovencita mientras París acababa de quedar devastado y en llamas? Pero, por encima de todo, ¿cuándo tomará este Gobierno las riendas y acabará con todo este malestar que se ha instalado en las mentes y en los corazones de los franceses?

¿Cuándo el Gobierno de Emmanuel Macron volverá a trabajar para que París vuelva a ser París y esta gentuza, estos odiadores profesionales antisistema, pagados vayan ustedes a saber por quiénes, deje de convertirse en una pesadilla programada, a la que nos tenemos que habituar cada sábado como los cubanos se habituaron a sesenta años de tiranía, con sus crímenes y torturas, su hambre y su desolación?

No es responsabilidad del pueblo, la responsabilidad es del Gobierno de Macron, que está permitiendo que la desidia y la inestabilidad se adueñen de los hombres y las mujeres que desean lo mejor para este país, y que anhelan vivir en paz y mejor, como viven estos políticos que no se detienen a pensar en que, mientras ellos se van a esquiar, ¡con lo que cuesta este deporte!, y mientras se divierten en una discoteca, a donde van a ligar y a bailotear, hay mucha gente que no tiene medios ni para comprarse un jabón para lavarse ni papel higiénico para limpiarse, a estas alturas del siglo XXI en Francia.

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