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El Papa que utilizó el genio de Miguel Ángel y Rafael como "el arte de mandar"

La sección cultural disecciona las Estancias Vaticanas y el retrato de un hombre inquebrantable que buscó la supremacía de la fe mediante la belleza.

La sección cultural disecciona las Estancias Vaticanas y el retrato de un hombre inquebrantable que buscó la supremacía de la fe mediante la belleza.
Concebida para la tumba de Julio II en el Vaticano, finalmente la impresionante figura de Moisés y la propia tumba se instalaron en San Pietro in Vincoli. La figura del profeta no es de un tamaño excesivo -la escala algo más grande que el natural y mide 2,35 metros- pero transmite una grandiosidad y una magnificiencia impresionantes. Cuenta la leyenda que al terminarla el propio Miguel Ángel la golpeó y le dijo: "¡Habla!" | Luca Casartelli/Wikipedia

Tras una apertura musical marcada por el recuerdo a Nina Simone en el aniversario de su fallecimiento, el espacio cultural de Es La Mañana de Fin de Semana de esRadio se ha sumergido en el Renacimiento para diseccionar la figura de Julio II. Bajo el concepto de "el arte de mandar", el programa ha explorado cómo este pontífice no solo buscó la supremacía política y militar, sino que utilizó el talento de los artistas más grandes de la historia para consolidar el prestigio y el poder espiritual de la Iglesia.

El Vaticano como epicentro del genio renacentista

El legado más visible de Julio II se encuentra en el Palacio Apostólico. El Papa fue el responsable de convencer a un reticente Miguel Ángel para pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, una obra que desafió los límites físicos y artísticos de la época. Al mismo tiempo, el pontífice confió en el joven Rafael Sanzio para decorar las Estancias Vaticanas, donde el artista inmortalizó al Papa en un célebre retrato que refleja la introspección y firmeza de un líder que cambió el rumbo de la cristiandad.

A esta ambición se sumó el proyecto más colosal de su tiempo: el encargo de la nueva Basílica de San Pedro. Con la intervención de arquitectos como Gian Carlo Maderno y sus contemporáneos, Julio II pretendía erigir el templo más grande de la cristiandad sobre la antigua basílica constantiniana, un proceso de demolición y reconstrucción que marcaría el inicio del Barroco.

Un final lejos de su gran proyecto

A pesar de su energía inagotable, la historia recuerda que Julio II "muere sin conocerla", refiriéndose a la conclusión de la gran Basílica, cuya finalización se demoraría más de un siglo. Su muerte dejó también inconcluso su proyecto personal más ambicioso: una tumba monumental que debía contar con más de cuarenta estatuas de mármol.

Finalmente, el Papa que soñó con el mausoleo más grande de la historia acabó siendo enterrado en un lugar más discreto. Sin embargo, su memoria permanece ligada a una de las cumbres de la escultura universal: el Moisés de Miguel Ángel. Esta figura, originalmente diseñada para su tumba, preside hoy la iglesia de San Pietro in Vincoli, simbolizando con su mirada la terribilità y el carácter de un hombre que utilizó el arte como la herramienta definitiva de gobierno.

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