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La ciencia entierra el mito de la sangre dulce: el CO2 y el calor, imanes para los mosquitos

Las exhalaciones al respirar y el ácido láctico del sudor son los reclamos químicos que atraen a los dípteros hacia sus víctimas humanas.

Las exhalaciones al respirar y el ácido láctico del sudor son los reclamos químicos que atraen a los dípteros hacia sus víctimas humanas.
Pixabay/CC/Emphyrio

Son compañeros habituales de las noches de verano y protagonistas involuntarios de reuniones al aire libre. Aunque cada año cuando se adelanta la llegada del calor también su presencia en nuestra vida… los mosquitos son el ‘mal del verano’. Mientras algunos terminan acribillados, otros salen indemnes. La explicación popular apunta a la "sangre dulce", pero la ciencia descarta ese argumento: el nivel de azúcar en sangre no influye en la atracción de los mosquitos. Lo que realmente gusta estos insectos es una combinación de señales químicas, térmicas y visuales que emitimos de forma constante.

Para empezar, conviene precisar que no pican los mosquitos machos, sino las hembras. El motivo es que ellas necesitan proteínas sanguíneas para completar la ovogénesis y poder desarrollar sus huevos. Los machos se alimentan principalmente de néctar, suficiente para obtener energía, pero insuficiente para la producción de huevos. Las hembras, en cambio, disponen de un aparato bucal adaptado para perforar la piel y succionar sangre.

No pica la aguja, pica la reacción

Otra confusión frecuente tiene que ver con el origen del picor. La perforación de la piel es tan fina que, por sí sola, apenas dejaría señal. La clave está en que, antes de succionar sangre, la hembra inyecta saliva con una pequeña cantidad de anticoagulante para facilitar el proceso. Esa saliva es la que desencadena la respuesta del sistema inmune. El organismo libera histamina, responsable del enrojecimiento, la hinchazón y el picor característicos.

Paradójicamente, al mosquito no le interesa ser detectado. Por eso su saliva contiene también una leve sustancia anestesiante. De ahí que muchas veces no se perciba la picadura en el momento exacto, sino minutos después, cuando el insecto ya ha terminado.

El faro del dióxido de carbono

El principal reclamo a larga distancia es el dióxido de carbono (CO₂) que exhalamos al respirar. Los mosquitos pueden detectar estas emisiones a más de 30 metros gracias a órganos sensoriales específicos. Las personas con mayor metabolismo o que realizan actividad física emiten más CO₂ y, por tanto, resultan más atractivas. También las mujeres embarazadas, especialmente en fases avanzadas de la gestación, al exhalar una mayor cantidad de este gas.

Una vez que el insecto se aproxima, entran en juego otros factores. El olor corporal es determinante. Sustancias como el ácido láctico, el ácido úrico o el amoníaco presentes en el sudor actúan como señales químicas. Cada individuo posee un microbioma cutáneo propio: las bacterias de la piel transforman las secreciones y generan un aroma particular. Algunas combinaciones resultan más atractivas que otras.

Grupo sanguíneo, calor y color

Aunque la "sangre dulce" sea un mito, sí existe evidencia de preferencia por determinados grupos sanguíneos. Las personas con grupo O reciben casi el doble de picaduras que las del grupo A, mientras que el grupo B ocupa una posición intermedia. El insecto puede detectar señales químicas en la piel que indican el tipo sanguíneo antes incluso de picar.

A corta distancia, el calor corporal es otra pista esencial. Los mosquitos identifican zonas donde la sangre circula más cerca de la superficie. Además, la vista también influye: los colores oscuros y saturados, como negro, azul oscuro o rojo intenso, los atraen más que los tonos claros.

No hay pruebas de que comer ajo o tomar suplementos de vitamina B1, B6 o B12 sirva como repelente. La protección más eficaz sigue siendo el uso de productos autorizados con DEET o icaridina y las barreras físicas como mosquiteras.

En la mayoría de los casos en España, la picadura es solo una molestia. Sin embargo, los mosquitos pueden transmitir enfermedades como malaria, dengue o zika, más frecuentes en climas tropicales y subtropicales, aunque con presencia creciente en zonas no tropicales. Fiebre, sarpullido, dolores musculares o reacciones alérgicas intensas tras una picadura requieren valoración médica. En viajes a zonas de riesgo, la prevención mediante profilaxis o vacunación resulta fundamental.

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