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Desfachatez bruselense

Si no tuviera un ligero tufillo a formalismo obligado por las circunstancias, el llamamiento de la comisaria europea de la Sociedad de la Información y Medios de Comunicación, Viviane Reding, para que no se restrinja la libertad de expresión online y no se ejerza la "ciberrepresión" sería digna de elogio. Pero como uno ya conoce a los burócratas, el sentimiento que le embarga es el de la indignación. No es que las autoridades bruselenses o de los estados miembros de la UE se parezcan ni de lejos al Partido Comunista Chino o a los jerarcas del castrismo. En absoluto. Pero tampoco están en condiciones de ir dando lecciones morales a nadie.

Para empezar, Reding ha hecho estas declaraciones en una reunión producto de una Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información que fue un insulto a todos los que creen en la libertad en Internet. No sólo tuvo como una de sus dos sedes a un país, Túnez, cuyo gobierno tiene la fea costumbre de encarcelar internautas que se atrevían a criticarle. También sirvió para que, en su primera fase, dictadores de diverso signo se quedaran a gusto atacando la libertad de expresión y a las democracias. Por supuesto, los veinticinco acudieron a estos encuentros sin protestar demasiado alto, no fueran a molestar a tiranos varios.

Pero el cinismo bruselense no se queda en eso. Tal vez no sea cierto que los niños vienen de París, pero sí lo es que las normas más restrictivas contra los derechos más elementales que sufren los internautas de los estados miembros de la UE llegan todas desde Bruselas.

Cierto es que no lo hacen por el ansia censora de los dictadores; lo que les mueve es el instinto primario del típico burócrata europeo (tanto de las instituciones comunes como de cada uno de los Veinticinco): el afán regulador. La extensión de la directiva europea sobre "Televisión sin fronteras" es la amenaza más cercana en estos momentos, puesto que pretende conseguir que cuando un europeo quiera colgar un vídeo de pocos minutos o segundos en la Red tenga que elegir entre pasar una cantidad increíble de trámites o hacerlo violando la ley. Eso sí, nuestra amiga la comisaria Reding siempre nos tratará de convencer de que lo hacen para protegernos.

La retención de datos es un regalito de los eurócratas, primero como una opción para los gobiernos y luego como una orden de obligado cumplimiento por esos mismos ejecutivos. Pero claro, como eso salía caro, a esos mismos tipos se les ocurrió que fuéramos los ciudadanos quienes nos encargáramos de pagar el coste de que violen nuestra intimidad. Pero claro, eso lo hacen para protegernos. O al menos es lo que nos vienen contando desde hace unos años.

Está bien que el Ejecutivo comunitario pida que no se restrinja la libertad de expresión. De hecho, como Gobierno de una organización formada por democracias, es su obligación hacerlo. Sin embargo debería empezar por dar ejemplo y no crear normas restrictivas –aunque sean mucho menos graves que lo que ocurre en países como China, Vietnam o Irán– dentro de los Veinticinco. Mientras no lo haga, las palabras de Viviane Reding no dejarán de ser un ejemplo más de la desfachatez bruselense.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

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