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Forcadell se retracta

Para ser 'de mentira', los efectos de la declaración simbólica y de todo lo que la precedió y sucedió fueron 'de verdad'.

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EFE

A la hora en que escribo estas líneas, Carme Forcadell y otros dos miembros de la Mesa del Parlamento catalán han dicho en el Tribunal Supremo que acatan la aplicación del artículo 155 y que la declaración de independencia a la que dieron vía libre para que se votara y aprobara, pese a las advertencias, no era más que "simbólica" y "declarativa". La declaración declarativa es una nueva aportación a la neolengua orwelliana del procés, aunque no brilla tanto como la declaración de suspendencia que nos brindaron antes los mismos actores. Pero que era "simbólica" va de soi. Simbolizaba la república catalana que proclamaron. Simbolizaba la voluntad de establecerla. Simbolizaba la disposición de hacer cuanto fuera preciso para instaurarla. Como así dijeron urbi et orbi. Como así prometieron a los creyentes.

Lástima que ese acatamiento del 155 y esa transmutación de la declaración de independencia en papel mojado no los hayan hecho delante de las cámaras de TV3, en vez de en una sala del Supremo. Yo les sugiero que llamen a la Empar Moliner, experta de esa tele en quemar símbolos como el texto de la Constitución, para que ahora haga algo de su estilo con la declaración declarativa: ponerla a remojo en un orinal. Pero lo que hay que deplorar, ante todo, es que esta confesión de que el ilegal referéndum y la ilegal declaración eran brindis al sol de otoño no la hubieran hecho mientras hacían el ilegal referéndum y la declaración ilegal. Porque lo que dijeron es que iba en serio y de verdad, que esta era la buena, que ya era hora, y que no darían ni un paso atrás.

Gracias a una escenificación tan buena que parecía todo como de verdad, gracias a sus llamamientos a la celebración y luego a la protesta contra cualquier intento de cortarles el rollo, gracias a los miles de figurantes que salieron a las calles haciendo como que creían que era de verdad lo que decían Forcadell, Puigdemont y Junqueras, gracias a todo eso, en fin, pasaron cosas muy graves. Son conocidas. Clima de enfrentamiento social. Fuga de empresas y otros daños económicos. Huelgas impuestas y sabotaje de infraestructuras de transporte. Lesionados y heridos, que fueron muchísimos según el recuento de los promotores de esta representación. Numerosos miembros de la Policía y la Guardia Civil acosados, así como sus familias. Inquietud y angustia de muchos ciudadanos de Cataluña, al punto de que no pocos pensaron en marcharse de su tierra, y de muchos otros ciudadanos españoles.

Para ser de mentira, los efectos de la declaración simbólica y de todo lo que la precedió y sucedió fueron de verdad. No son efectos que vayan a deshacerse como el papel en el agua. Fueron, para más, efectos buscados por los que dirigían este intento insurreccional. Lo tenían por escrito, aunque igual era sólo en plan declarativo. Y ahora que están en los tribunales y delante de unas penas nada desdeñables, resulta que esos dirigentes dicen que todo lo que han hecho era una farsa. Sí, la farsa son ellos. Son unos auténticos farsantes. Pero, desde ese punto de vista, que es el que acaban de adoptar los cabecillas procesados en el Supremo, lo que hicieron aún es de una vileza mayor.

La retractación de Forcadell, que ha sido figura clave en el atropello a la legalidad democrática, pone de manifiesto, por otro lado, lo errados que están los que dudan. Los que dudan del efecto disuasorio del Código Penal. Y los que dudan de la conveniencia política de la prisión provisional dictada para la otra tanda de dirigentes de la farsa. Porque poca duda cabe de que aquella medida cautelar ha tenido que convencer a Forcadell y al resto de miembros de la Mesa de que era mucho mejor dar un paso atrás que empecinarse. Los llaman, por eso, cobardes y traidores. Yo no los llamaría así por retractarse, sino por lo que hicieron antes. Pero es lo de menos. Hay que tener en cuenta que su retractación es, de nuevo, farsa para salir mejor parados. Ahora bien, políticamente deja al descubierto que la característica más notable de todo el procés es el engaño. El engaño en todos los aspectos, sí. El engaño a los ciudadanos que embarcaron. Porque a quien primero engañaron fue a su gente.

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