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Me llamo Doris Rodríguez

En una semana, del 9 al 15 de mayo, he recibido correos no solicitados de Virgin Mobile, Match.com, un restaurante en San Diego llamado Buca di Beppo, la tienda de ropa Hot Topic, el restaurante indio de Addison (Texas) Clay Pit, GAP, Macy's, Banco de Venezuela, la tienda online Overstock.com, la cadena de supermercados de Delaware Genuardi's, la tienda deportiva británica Optimum Sport, la agencia hotelera Wotif.com, el banco centroamericano BAC, la tienda colombiana de ropa FDS, el candidato presidencial colombiano Gustavo Petro, la aseguradora State Farm General Insurance Company, el distribuidor de merchandising por internet Zazzle, el Ministerio de Turismo de las Bahamas, el SET Nightclub de Miami, la web de cupones de descuentos yipit, la radio online sólo disponible en Estados Unidos Pandora, la parroquia de Santa María en Ponca City (Oklahoma)...

Para estos establecimientos no suelo ser Daniel Rodríguez, claro, porque no soy yo quien se ha dado de alta. Soy Dena Rodríguez, que se ha gastado más de 1.500 dólares en muebles. Soy un tipo cuyo nombre desconozco, que vive en Illinois y busca una relación con alguna dama. Soy Doris Rodríguez Huertas, una costarricense que ha decidido revelarme todos sus secretos bancarios. Soy David Rodríguez, que quiere asegurar su casa de Huntington Beach, California. Y también Diana Rodríguez, a quien supongo periodista y que debe estar muy interesada en el PP de Getafe. Soy Damon Rodríguez, interesado como nadie en las noches de soul en Brooklyn. Soy David Iván Rodríguez Pereira, cliente –espero que satisfecho– del Banco Santander en Chile. Soy Doreen Rodríguez, una norteamericana con gran interés en los muebles de Ikea. Soy Delvis Rodríguez, que parece claro que tiene un teléfono móvil. Soy Damian Rodríguez, que se alojó en el Motel 6 de Houston. Soy Diego Rodríguez, socio del Cuerpo de Bomberos de Santiago de Chile.

No son correo basura a la antigua usanza. Son correos de usuarios que se suscriben a diversos servicios y que ponen mi dirección de correo en lugar de la suya, ya sea por error o porque no quieren poner la auténtica, sin darse cuenta de que están haciéndole perder el tiempo a un tercero que no tiene culpa de nada. Y es que tengo una cuenta en un popular servicio gratuito de correo con un nombre de usuario que podría ser empleado por casi todas las personas que cito más arriba si lo hubiera dejado libre. Y yo que pensaba que había tenido suerte de poder hacerme con él antes que nadie. Pobre ingenuo.

Algunos servicios hacen lo que deben y piden una confirmación para poder enviarme correos electrónicos. Otros no, pero ofrecen una forma sencilla de borrarse de su lista, aunque adviertan que pueden llegar a tardar ¡10 días! en hacerlo. Algunos me han obligado a pedir la contraseña de acceso del usuario que se apuntó con mi correo para poder borrarme. Y luego están los peores, como Securitas Direct, que no tienen ningún sistema para borrarse. Así, estoy y estaré perfectamente enterado de la poca actividad que las alarmas del cliente 1125755 tienen todas las semanas. Aunque en realidad no me gustaría estarlo.

Espero, al menos, que mi intenso sufrimiento sirva para algo. Para que al menos mis lectores no den correos falsos por ahí, que vete tú a saber si existen o no: pues sí, posiblemente existan. Y aunque ahora mismo ya no sirva de mucho, piensen que las direcciones de correo electrónico más sabrosas igual no son tan recomendables. Y malditos sean los Dena, David, Doris, Damon, Doreen, Diego y Delvis Rodríguez de este mundo.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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