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Sorpresas en la isla gris

David Jiménez Torres

&quote&quoteSi tengo que aventurar una predicción, diría que a la larga Clegg habrá servido para certificar la defunción de Brown (que antes de la Cleggmanía se estaba acercando a los tories) y para apuntalar la victoria de Cameron

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Hace algo menos de un año, tras las elecciones europeas, escribía sobre el gris reinante en la ya de por sí gris isla; sobre la apatía y la resignación de los británicos con su clase política, con un Nuevo Laborismo agotado y unos conservadores que no sabían muy bien qué alternativa plantear, aparte del mero relevo. Aburrido, abúlico, de vuelta de todo parecía el Reino Unido, apurando el té entre la charla huera de una izquierda que ya no enamoraba y de una derecha que no acababa de hacer tilín.

Ahora todo parece haber cambiado. El último modelo de una irrupción fulgurante en una campaña electoral es Barack Obama; en Europa somos más modestos y nos quedamos con Nick Clegg, el líder de los liberal-demócratas británicos, pero el efecto que ha tenido su sorprendente entrada en escena ha sido extraordinario. No ha introducido las dosis de fervor y pasión (e irracionalidad) que inyectó Obama en las presidenciales americanas de hace dos años, pero sí ha generado una imprevisibilidad, un interés, que hace un año parecía impensable. Puede (es probable) que sea algo fugaz, una nota a pie de página en la larga historia del moderno bipartidismo británico; o puede (es posible) que sea algo más, quizás el comienzo del fin del laborismo, quizás la quiebra de un sistema binario que ha durado más de medio siglo, quizás la recalibración de la política británica hacia un mayor pluripartidismo tras un posible Gobierno de coalición y una probable reforma electoral después de las elecciones.

Suceda lo que suceda la semana que viene, ha resultado fascinante presenciar en los tres debates electorales los espacios en los que un tercer candidato competente, no-regional, no-radical, no-monotema, puede moverse. Puede saltarse la retórica típica, puede permitirse una cierta imprevisibilidad, no tiene ninguna facción histórica y ‘dura’ de su partido a la que hacer concesiones dogmáticas. Puede indicar y ridiculizar las coincidencias entre los dos grandes partidos, puede romper la cuarta pared y ganar puntos por hablar de tú a tú con la ciudadanía.

A Clegg le ha costado abrirse un espacio ideológico, y en ocasiones uno se siente con la necesidad de preguntarle "pero a ver, ¿tú, qué eres?"; pero en una cultura política mayormente post-ideológica, donde primero los laboristas fueron al centro y ahora los tories de Cameron han borrado la mayor parte del espacio que todavía separaba a los dos grandes partidos, la indefinición de Clegg no parece importar demasiado. Importa sólo su imagen: solvente, voluntarioso, aunque a veces un poco perdido, un poco ninguneado, un poco clamando en el desierto. Y es que esta ha sido la única arma de Cameron y Brown contra él: saben cómo demonizarse el uno al otro (Cameron con su "no queremos más de lo mismo"; Brown con su cansino "sois los mismos tories que en los años ochenta", ya se sabe, los que comían niños proletarios y zurraban a las viudas pensionistas), pero no han sabido de qué color diabólico pintar a Clegg. Así que le han ignorado. No ha sido hasta el tercer debate que Cameron ha encontrado las armas con las que atacarle, principalmente su europeísmo y su negativa a rechazar axiomática y ontológicamente una futura entrada en el euro.

Qué estable es Gran Bretaña, y sin embargo qué impredecible puede resultar. Si tengo que aventurar una predicción en una campaña que, aunque los debates televisivos hayan concluido, todavía no está ni mucho menos decidida, diría que a la larga Clegg habrá servido para certificar la defunción de Brown (que antes de la Cleggmanía se estaba acercando a los tories) y para apuntalar la victoria de Cameron, con la gran incógnita de si gobernará en solitario o si tendrá que pactar con los liberal-demócratas. Y los españoles podemos mirar tanto la campaña como el resultado como un terreno de pruebas de nuestra propia situación: ¿qué sucedería si dejasen a Rosa Díez compartir estrado con Zapatero y Rajoy? ¿Qué sucederá si la derecha llega al poder y se ve obligada a imponer unos recortes y unos planes de austeridad que la estigmaticen de nuevo? ¿Qué sucederá si la derecha descafeinada sigue sin encontrar un modelo cultural que oponer al de la izquierda?


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