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Columna publicada el 17-01-2002
Camilo José Cela es quizás el escritor español de mayor proyección internacional después de la Guerra Civil. El Premio Nobel no fue sino el reconocimiento de esa relevancia que, a diferencia de muchos otros casos, sí incluye una obra literaria valiosa y extraordinariamente precoz –antes de cumplir los cuarenta años ya había publicado "La familia de Pascual Duarte" y "La Colmena", sus novelas de mayor éxito–, aunque su larguísima carrera como escritor de muy diversos géneros y la imagen que él mismo cultivó como genio iconoclasta y amigo de la bronca –aunque cortesano y hasta servil en los pasillos del Poder– haya desdibujado su perfil propiamente literario.
Además de un gran novelista temprano y un soberbio cronista en sus libros de viajes –"Viaje a la Alcarria" y "Viaje al Pirineo de Lérida" son quizás los libros suyos que mejor resisten el paso del tiempo–, Cela fue un filólogo entretenido –su "Diccionario Secreto" no carece de mérito y escandalizó mucho en su día–, un ensayista discutible, un cuentista irregular y un columnista de prensa mediocre, tirando a abominable. Lo malo no anula lo bueno, pero publicado está.
Pero ha sido su trayectoria política la que más ha contribuído a hacer de Cela un personaje discutible, más allá de espectáculos de histrionismo como el fletado por Cambio 16 en los 80, una "Vuelta a la Alcarria" en Rolls con bella choferesa negra que sonrojan sólo al recordarlos. Su voluntaria colaboración con la censura franquista en los años 40 delata algo más que las miserias de una época: retrata a un personaje dispuesto a sobrevivir y prosperar a cualquier precio, incluído el de la ética más elemental, ya que sus propias obras tenían problemas con esa misma censura a la que él se ofreció como informante. No es menos cierto que, desde finales de los 50, su excelente revista "Papeles de Son Armadans" sirvió como recordatorio de muchos escritores del exilio casi olvidados en España. ¿Oportunismo en todas las direcciones? Tal vez, pero no sólo en la de los progres, que lo detestaban.
Cultivó con esmero la relación con el Rey de España, que le nombró senador Real en 1977, colaborando en la redacción o revisión de la Constitución. Y seguramente la Zarzuela no fue ajena a la concesión del Premio Nobel de Literatura, porque consta que el Gobierno del PSOE no hizo absolutamente nada para conseguirlo y todo para lamentarlo. Como académico de la Española de la Lengua no figuró en el séquito polanquista, y los sicofantes cebrianitas le persiguieron con saña. A cambio, fue presidente de la AEPI, junto con los periodistas más significados de los medios antifelipistas y algunos oportunistas clásicos que luego se denunciaron a sí mismos, como Luis María Ansón. Al final, con su joven segunda esposa Marina castaño, alcanzó todos los honores posibles, incluído el del título, y una relativa paz de espíritu, mientras su obra se dilataba en un estiaje inevitable.
Aparte de novelas de encargo –"La Catira"– y experimentalismos un tanto postizos –"San Camilo 1936" y sobre todo "Oficio de Tinieblas"–, sus últimas obras recibieron más tributo de los medios que de los lectores, pero acaso ese sea el final inevitable de quien partió desde tan alto para durar tanto, tantísimo tiempo. Descanse en paz Camilo José Cela. Leámoslo.
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