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9-XII-2007

El Obama Show

Por primera vez en 80 años, EE.UU. vivirá, a partir del próximo mes de enero, unas elecciones primarias presidenciales sin candidato oficialista. Ni George W. Bush puede presentarse de nuevo ni Dick Cheney, el vicepresidente, ha lanzado su candidatura a la presidencia. Esta anomalía, unida a la fractura que las políticas intervencionistas del presidente Bush han causado en la derecha americana, descritas con maestría en el libro La nueva revolución americana del colaborador de Libertad Digital José María Marco, ha creado un escenario político especialmente interesante.

En primer lugar, ningún presidenciable ha sido capaz de atraerse a una porción mayoritaria de su electorado. Rudy Guliani, ex alcalde de Nueva York y considerado un candidato continuista, aparece destacado en todas las encuestas, aunque ninguna le otorga más de un tercio de apoyo entre los votantes. Tras él se sitúan el senador John McCain, cuyas críticas a la política de Bush no le ha granjeado la simpatía esperada, el ex senador y actor Fred Thompson, colaborador de la Casa Blanca y eterno candidato a la vicepresidencia del país, y Mitt Romney, quien fuera gobernador de Massachussets, uno de los estados más progresistas del país. Ninguno consigue superar el 20 por ciento en las numerosas encuestas realizadas hasta la fecha. Muy lejos de ellos está Ron Paul, miembro de la Cámara de Representantes por una comarca de Texas. Su discurso aislacionista en política exterior y liberal en lo económico no ha concitado el apoyo suficiente, a pesar de que su mensaje podría ser el más cercano al espíritu que vio nacer a la nación americana.

Las cosas parecen estar más claras en el bando demócrata, donde la senadora Hillary Clinton lidera todas las encuestas con valores que oscilan entre el 37 y el 45 por ciento de las preferencias entre los candidatos de su partido. Es más, todos los estudios sitúan a Clinton por encima de cualquier candidato republicano si las elecciones presidenciales se celebrasen ahora, aunque a once meses de los comicios sería apresurado considerarla favorita a la Casa Blanca.

Más difícil lo tiene el también senador Barack Hussein Obama, quien pese a su juventud política –llegó al Senado en 2004– y biológica –46 años– ha conseguido un sorprendente éxito popular, con alrededor del 25% de apoyo como candidato de su partido a la presidencia del país, y por encima de todos los candidatos republicanos salvo Guliani. Obama se ha granjeado la simpatía de los votantes más jóvenes de su partido, a quienes cautiva con un discurso pacifista, populista y socializante a pesar de las acusaciones de vacuidad y demagogia lanzadas por buena parte de la prensa de su país. Entre otras cosas, es partidario de decretar una renta básica y de crear un sistema sanitario estatal y centralizado.

Junto a los jóvenes, el otro sector que más favorece a Obama es el de los actores de Hollywood, acompañados en este caso por la estrella de la televisión Oprah Winfrey, una de las personas más ricas del showbusiness americano. El compromiso político de la presentadora le ha llevado a organizar eventos de apoyo al senador, y en los próximos días aparecerá junto a él en algunos mítines. El efecto inmediato de la entrada en campaña de la diva de la pequeña pantalla ha sido una avalancha de público en las apariciones del candidato, que ha tenido que buscar locales más amplios para la celebración de sus actos electorales.

No es ésta la primera vez que en los Estados Unidos rostros conocidos ponen su fama y parte de su fortuna a disposición de un aspirante a la presidencia del país, aunque nunca hasta ahora una estrella de tal calibre, dueña además de varios medios de comunicación y una de las personalidades más populares y respetadas de la nación, se había embarcado con tanta intensidad y entusiasmo en una nave política. Un fenómeno digno de atención que ilustra el giro populista que se observa en muchas democracias de todo el planeta. Tras la tercera ola democratizadora, el siglo XXI ha traído una nueva fase política global de la que, parafraseando al ex presidente Clinton, podríamos decir, "no es la economía, estúpido, sino la fama –o el look".

La "glamurización", que también dirían los más modernos, de la campaña del senador de Illinois, podría tener un efecto positivo, esto es, el aumento del interés de algunos norteamericanos por la política. Sin embargo, no conviene olvidar que la sustitución de la política por la estética, como ocurrió en la Europa de entreguerras y sucede ahora en buena parte de Iberoamérica, no suele augurar nada bueno. Veremos hasta dónde es capaz de llegar Obama.


 

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