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'Parole, parole'

Lo que ya saca de quicio y es oírle a Rajoy la promesa de que bajará los impuestos en esta legislatura.

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Confieso que no soporto los discursos de Rajoy. Da igual que los largue ante sus barones regionales en Salamanca, como el último, o que lo haga subido a la tribuna del Congreso, o desde su escaño en las sesiones de control. No lo aguanto. Me enerva cuando dice eso de que él no quería hacer lo que hace, que ya quisiera él poder hacer otra cosa, con gesto de hombre transido, abrumado por la enormidad de su sacrificio. Tampoco le va a la zaga el enojo que me provoca eso que dice de que el Gobierno sabe muy bien a dónde va, que no sé de qué me suena, o cuando explica que Montoro es el primero al que le fastidia subir los impuestos. "¡Pues no se nota!", debería haberle contestado alguien. Y es que más bien parece lo contrario. Es difícil recordar un semblante de placer, un mayor retorcimiento de gusto que el que mostró Montoro cuando anunció que había dejado descolocada a la izquierda a base de subir los impuestos.

Tampoco soporto esa falsa modestia del presidente del Gobierno diciendo que no está satisfecho con lo que ha hecho y que no lo estará hasta que haya crecimiento económico, cuando lo que hace con su política es garantizar que no lo habrá en mucho tiempo. Su principal objetivo fiscal es no tener que privar a nadie, en especial a los políticos, de ninguna prebenda, subvención, cargo, canonjía o enchufe. Se vanagloria campanudo de estar siendo capaz de conservar los pilares del Estado de Bienestar exprimiéndonos como limones, cuando lo que está haciendo es mantener el tamaño de la Administración, necesario para que no desaparezca ninguno de los pesebres donde pacen las redes clientelares de los dos grandes partidos, los sindicatos y la patronal. Y lo dice el mismo día en que encarcelan a Miguel Blesa y que sale en su defensa José María Martínez, secretario general de la federación de banca de Comisiones Obreras. Dos caras de ese mismo Estado que hay que preservar subiendo los impuestos tanto como haga falta. Ese en el que los terroristas se pasean por las calles, donde los amigos del rey que mete en la cárcel el Tribunal Supremo los saca el Constitucional, ese que convierte a los sindicalistas y a los amigos del presidente del Gobierno en banqueros y en el que el Consejo de Ministros indulta a los políticos corruptos.

Y lo que ya saca de quicio y hace que a uno lo tengan que sujetar para no remangarse e irse a por él es oír la promesa de que bajará los impuestos en esta legislatura. Como mucho, lo que hará el caradura será volver a ponerlos donde estaban cuando él llegó a La Moncloa. Me siento como Mina oyendo las zalamerías vacías que le va recitando al oído Alberto Lupo. Y me dan ganas de contestarle al presidente del Gobierno que no quiero más caramelos y que se busque a otro a quien cortejar con rosas y violines. Parole, parole, parole.

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