
Casi todos somos capaces de sobrevivir con una o varias manchas en nuestra conducta, siempre que no sean muy graves y los demás las ignoren. Sin embargo, cuando por cualquier causa se hacen públicas y nuestra familia y amigos saben de nuestras debilidades, la vergüenza se adueña de nosotros. Pasa especialmente con el nepotismo.
El padre orgulloso habla y no para de hablar de que su hijo fue contratado al poco de terminar la carrera por aquella gran empresa o ese prestigioso despacho atraídos por su espectacular expediente. Y lo habitual es que se muera de vergüenza cuando se sepa que el fichaje no fue gracias a la brillantez del vástago sino a la intercesión del progenitor, y que así fue cómo este se cobró un favor pretérito.
Pero, eso con Pedro Sánchez no ocurre. No le pasó cuando se supo que otro le había hecho la tesis copiándola de aquí y de allá y no le iba a pasar cuando condenan a su hermano por haberse permitido ocupar un puesto pagado con dinero público sin más mérito que el parentesco. Ya pueden los ministros desgañitarse clamando por la inocencia del músico o argumentar que la Fiscalía pidió la absolución. Todos sabemos que, al hermano de Sánchez, sea cual sea su talento, mucho o poco, lo enchufó Miguel Ángel Gallardo en la Diputación de Badajoz precisamente por tratarse del consanguíneo del jefe. Al exalcalde lo condenan por pelota y lameculos, que es pecado venial entre nosotros, donde tanto agradador hay. Pero, lo de los hermanitos da vergüenza ajena.
Naturalmente, la condena, por unanimidad, merece la dimisión del intercesor. No habrá tal porque, si tiene la cara dura de dejarse ver nada menos que en París, el día que el país vecino celebra la revolución que acabó con los privilegios de los poderosos, menos feldespato necesitará para seguir durmiendo en La Moncloa. Acompañado, por supuesto, de la desahogada de su mujer, que pretendía presentarse en una cumbre internacional, en Ankara, estando bajo la acusación de apropiarse de un programa informático que no era suyo sin ni siquiera negar el hecho, sino discutiendo tan sólo su calificación jurídica.
Esta clase de personas no se relacionan con nadie que no sea su familia, que no tiene más remedio que soportarlos, y con pelotas, aduladores y tiralevitas; que soportan una compañía tan poco edificante únicamente por los favores que reciben o esperan recibir de ellos, como les pasa a ministros y resto de altos cargos, empresarios de ventaja y perceptores de subvenciones y ayudas, cuando no comisiones y corruptelas.
