
Hubo un tiempo en que el CNI dedicaba la mayor parte de sus recursos a proteger al rey Juan Carlos de sus aventuras, económicas y de las otras. El objetivo era evitar que fuera sometido a chantaje de potencias extranjeras. Es posible incluso que su abdicación estuviera motivada, no tanto por los lances con Corinna Larsen, que no eran más que los últimos de una larguísima lista, como por estar ella al servicio de un poder exterior. Peor sería tener un presidente del Gobierno chantajeable, pues desde Moncloa se puede hacer mucho más daño que desde Zarzuela. La única ventaja que tiene el presidente frente al soberano es que una dimisión es más fácil, y menos dolorosa, que una abdicación.
Con independencia del volumen del perjuicio, un soberano difícilmente puede ocultar que está siendo objeto de un chantaje, ya que cualquier insistente alejamiento de su obligada neutralidad resulta sospechoso. En cambio, el presidente del Gobierno puede disfrazar la acción exigida por el chantajista, y presentarla como una decisión independiente. Sobre todo, si hay forma de explicar racionalmente el giro que se esté dando, que casi siempre la hay. Y si no, en última instancia, se puede apelar a las buenas intenciones, que ya se sabe qué lugar empedraron.
Normalmente, cualquier presidente que se viera sometido a chantaje, antes que obedecer al chantajista, prefiere dimitir. No solo por bonhomía. El político quiere aplicar, dentro de lo posible, sus ideas. Por lo tanto, carece de sentido seguir ocupando el cargo para desenvolver las de otro. Y encima, en perjuicio del propio país y con el descrédito que llegará cuando todo se sepa. Es cierto que hay casos en que no es así. Julius Steiner, en lugar de marcharse, prefirió traicionar a su partido (la CDU) y a su país votando en contra de la moción de censura a Willy Brandt por mandato de Moscú. La moción fracasó por dos votos, de los cuales uno fue el de Steiner. De esta forma, sus desórdenes financieros siguieron ocultos al gran público. Pero estos supuestos son los menos. Casi siempre, la dimisión llega antes de tener que hacer algo en contra de la propia voluntad.
El caso de Pedro Sánchez es especial porque no se trata de un político vulnerable, víctima de sus debilidades. Su situación de chantajeable, de darse, provendría de la corrupción. Claro que, para él, que tal vez sea presidente para hacerse rico y no para desarrollar ninguna política concreta, hacer algo a cambio de no desvelar sus chanchullos no sería más que un gaje del oficio. Mucho más si, a cambio del servicio, no solo no se mantienen sus trapisondas en secreto, sino que también recibiría un bonus. Ya veremos si se publica el contenido de su móvil, supuestamente pirateado con Pegasus. Esperemos que no tarde y nos libremos al fin todos del chantaje. Los perjuicios padecidos van siendo ya demasiados.
