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Suicidio al alimón

Quizá fuera conveniente no alargar la agonía y dejar que Zapatero se haga en 2012 con un tercer mandato y en cuatro años liquide la obra que su partido empezó a hacer nada más iniciarse la Transición: destruir la nación.

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Ya no hay tiempo. El PSOE se presentará a las municipales y autonómicas con Zapatero a la cabeza. ¿No fue Guillermo Fernández Vara quien dijo que no quería que las autonómicas fueran un plebiscito sobre Zapatero? Pues si no quería chocolate, le darán tres tazas. Y si Zapatero es capaz de llegar vivo al 22 de mayo, ¿quién le impedirá hacerlo hasta marzo de 2012? Sabíamos que al PSOE le importaba un higo que el país se arruine con tal de administrar él la quiebra. Lo que no sabíamos es que tampoco le importara un pimiento estrellarse con tal de que al volante esté Zapatero. Los Varas y los Barredas no han sido capaces de poner al timón alguien más sensato que evitara la debacle y ahora todos se dirigen alegres y contentos echando virutas al precipicio.

Es terrible ver cómo, para una vez que el interés de la nación y del PSOE coinciden, pues a los dos les interesa defenestrar a Zapatero, van los socialistas y se revelan incapaces de atenerse a lo que les conviene. No sabe uno si es que los socialistas están dispuestos a suicidarse con tal de llevarse el país por delante o si es que están convencidos de que al final del precipicio habrá una red que les salve y la derrota que todos pronostican finalmente no se producirá.

Encima, Rajoy está encantado de ver cómo su antagonista aguanta porque cree que a Zapatero lo puede vencer con facilidad, mientras que a los correosos Bono y Rubalcaba está por ver que fuera capaz de hacerlo. Y mientras, el país desangrándose. Y a ninguno de los matasanos que rodean su cama parece preocuparle. Se reúnen a celebrar el trigésimo aniversario del fracaso del golpe del 23-F y se les ríen los huesos de verse allí, encumbrados hasta las más altas instituciones de la nación que lentamente están dejando morir cuando no se dedican directamente a envenenarla con jarabe de inconstitucionalidad y grageas de corrupción. Ninguno de ellos va a hacer nada por impedir que el cuerpo enfermo de esta nación centenaria agonice y se vaya apagando poco a poco. Al contrario, pasarán facturas cada vez más altas en concepto de honorarios por sus desalmados cuidados.

Y la mayoría se consuela a base de mentiras que engulle sin querer enterarse que no son más que placebos. Hemos hecho de Suárez un gran estadista, del Rey, el salvador de la patria, de Carrillo, un gran demócrata, de Felipe González, el faro de la izquierda moderada y nos convencen de que disfrutamos de una democracia en la que, en realidad, apenas nos dejan elegir entre una sartén y un cazo.

Quizá fuera conveniente no alargar la agonía y dejar que Zapatero se haga en 2012 con un tercer mandato y en cuatro años liquide la obra que su partido empezó a hacer nada más iniciarse la Transición: destruir la nación. Y es que no se ve rey, ni príncipe, ni hombre de estado de derechas o de izquierdas capaz de evitar esta especie de suicidio colectivo que estamos ejecutando, unos por acción y otros por omisión. Lo único que nos quedará a algunos cuando llegue el momento será el poder decirnos unos a otros que ha sido un orgullo y un privilegio compartir la vivencia de ser españoles. Quiera Dios que me equivoque.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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