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Hay un momento para todo, incluso para las despedidas. Han sido ciento sesenta y nueve columnas, casi tres años y medio desde que, en noviembre de 2004, empecé esta sección dentro de Internet denominada El túnel, que he mantenido semanalmente con tozuda regularidad. Con el título, que tardé quince minutos en pensar con mi jefe de sección, Daniel Rodríguez Herrera, pretendía expresar la sensación existente en aquella época con respecto a internet: la de transitar por un túnel, rodeado de paredes impasibles, que negaban toda influencia a lo que ocurría dentro de él. Salvo excepciones, ni las personas, ni las empresas ni mucho menos los políticos parecían querer entender en aquel entonces la dimensión de los cambios que estaban ocurriendo en la red, y que empezaban a la par a tener unas consecuencias cada vez mayores fuera de ella.
Tres años y medio después, debo decir que la sensación de túnel ha desaparecido. Si acaso, persiste la sensación contraria: la de transitar por un camino abierto de fronteras completamente inabarcables a la vista, aunque de vez en cuando aparezcan en sus orillas algunos trogloditas vestidos con pieles y devorando carne cruda que tozudamente insisten en negarse a entender los cambios que están presenciando. Sinceramente, en este campo me he cansado de intentar convencer a esos trogloditas.
Quien lee un medio en internet como Libertad Digital con cierta regularidad es porque está en muchos sentidos convencido de lo que aporta la red, del cambio que supone, de las ventajas que ofrece o de la promesa de liberalismo casi absoluto que trae consigo, y aquel que no esté convencido es más que posible que resulte imposible de convencer. Tras tres años y medio de sección, creo que todo ciclo se puede ver como completo en algún momento, y que la sensación de "predicar al converso" me lleva a salir a buscar nuevas áreas de trabajo allá donde pueda seguir encontrando infieles por convertir.
Las sensaciones que tres años y medio de colaboración con Libertad Digital me han brindado pueden considerarse como enormemente positivas. Tras un primer contacto con Alberto Recarte, fue finalmente conocer a Daniel Rodríguez Herrera lo que me terminó de convencer. Trabajar con Daniel ha sido en todo momento un verdadero gustazo. La flexibilidad del medio online –solía enviar mis colaboraciones el miércoles bien entrada la tarde para ser publicadas esa misma noche– sólo ha sido comparable a la libertad absoluta que he tenido en todo momento para escogerlo todo: tema, tono, fuentes, formatos y vínculos. En todo momento, desde el primer día hasta el último, toda la relación ha transcurrido con una profesionalidad y un respeto que merecen toda mi admiración y mi agradecimiento, porque no es sencillo trabajar con alguien tan desorganizado y caótico como yo.
También fue desde el primer día una colaboración marcada, en las reacciones a los artículos en mi blog, por la crítica de los intolerantes que disfrutan con las etiquetas y descalificaciones, de los frustrados que disfrutan viviendo en permanente negación y que, al no poder asomarse a las páginas de este ni de ningún otro medio de comunicación, se desahogaban en otros lugares sin lograr molestar porque, afortunadamente, no molesta el que quiere, sino el que puede.
Desde estas páginas hemos hablado de tendencias, de comunicación personal y corporativa, de patentes, de derechos, de copyright, de música y propiedad intelectual, de empresas y personas inadaptadas que no saben aceptar el progreso, de bits que son libres, de hackers, de Microsoft, de Google, de política y uso de la red... Hemos hablado de buenos, feos y malos. Si ustedes han disfrutado de la lectura de la columna tan sólo una décima parte de lo que yo he disfrutado escribiéndola, me doy por diez veces satisfecho.
Para cualquier cosa, ya saben dónde me tienen; soy fácil de encontrar.
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