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NUEVE SEMANAS Y MEDIA

Amor sadomaso

Queridos cinéfilos, estimados copulantes (como dice Remedios Morales): A la búsqueda del placer perdido, algunas parejas deciden transitar el camino del dolor que no lleva al sufrimiento sino al gozo.

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Pocas han sido las películas (de calidad) que se han atrevido a investigar ese oscuro objeto del deseo con la voluntad de aclarar uno de los rincones más secretos del cuerpo sexual, del alma sensual. Sin embargo, haberlas, haylas. De Belle de jour (Buñuel, 1966) a Nueve semanas y media (Lyne, 1986), pasando por El imperio de los sentidos (Oshima, 1976), Mentiras (Woo, 1999) o El portero de noche (Cavani, 1974). Y, por supuesto, el sadomaso implícito en gran parte de las parejas de enamorados de Hitchcock: véase, por ejemplo, Sospecha, en la que una sumisa y obediente Joan Fontaine se derretía ante las dominantes y sofisticadamente crueles bromas de Cary Grant.

Centrémonos en la película protagonizada por Mickey Rourke y Kim Basinger, una adaptación de la novela de Elizabeth McNeill (pseudónimo de una ejecutiva seguramente agresiva) publicada en 1978, que describía la relación sadomasoquista entre un tiburón de Wall Street y una galerista de arte contemporáneo. Se ve que el tema estaba en el ambiente de los felices y luminosos, liberales y libertinos 80, porque unos pocos años después Jenny Diski relató una historia similar: Nothing natural, en la que una joven independiente y feminista se siente realizada sometiéndose a una experiencia sádica.

Amo y esclavo, dominación, subordinación, control, subversión, deseo... amor fou. Rourke, el hermético financiero, seduce a Basinger, romanticona y ardiente, regalándole caros objetos que ella deseaba e invitándola a almuerzos en los que la entretiene con sabrosas anécdotas de asesinatos. El típico intercambio entre primates: tú me das alimento, yo te premio con sexo; tú me demuestras a través de una narración lo listo que eres, yo te premio con sexo. Con el añadido de que él se excita con el sometimiento y la esclavitud de ella. Ojo, no cualquier sometimiento. El equilibrio entre el deseo de dominación y la necesidad de renovación exige cierta resistencia, la necesaria para hacerle demostrar al sádico su voluntad de poder, la justa para que su superioridad no sea puesta en cuestión.

Hegel había explicado en la Fenomenología del espíritu: "La autoconciencia es en sí y para sí en tanto es en sí y para sí otra autoconciencia, sólo en cuanto se la reconoce". Palabras mayores, la dialéctica del amo y el esclavo hegeliana. Aplicada a nuestro caso, viene a significar que el sádico necesita más al masoquista, para afirmarse como tal, que a la inversa. Porque mientras que el reconocimiento de la dependencia no afecta a la identidad y a la autoestima del masoquista, la creencia del sádico en su propia superioridad se derrumbaría como un castillo de naipes si reconociera su necesidad del masoquista. El sádico es duro y a la vez frágil como un diamante. El masoquista es maleable pero denso como el plomo.

En el tira y afloja entre el sádico Rourke y la masoquista Basinger, la cantidad del dolor y la calidad de la humillación que el sádico necesita aplicar a la masoquista para que la relación siga vibrando va desafiando la capacidad de aguante de ella, que va oponiendo cada vez más resistencia. Una resistencia que renueva el deseo del sádico de vencer esa nueva oposición. Paradójicamente, también mina su autoestima, en cuanto que le advierte de su necesidad. Su presunta superioridad es sólo una fachada. Además, también le produce inquietud el hecho de que el aumento de la humillación pueda alcanzar un punto de no retorno, tras el que la masoquista se plante. Si la azota demasiado, malo (se rebela ella); si la abofetea demasiado poco, peor (se aburre él).

En su estreno, la película fue calificada de frívola y superficial por reflejar acríticamente el mundo de los yuppies. Veinticinco años después, destaca precisamente su desprecio por la psicología, la refracción a la moralina, la ausencia de reflexiones pseudofilosóficas; la celebración festiva de los encuentros sexuales, la velocidad con la que se desarrollan los perfiles, la brillantez eficiente de una puesta en escena lujosa y elegante. No sólo no ha envejecido un ápice, sino que es aún más perturbadora que en 1986, debido al terreno que ha ganado lo políticamente correcto, ya sea en clave conservadora o progresista.

Lyne construye una sutil y férrea tela de araña en la que el depredador Rourke va ligando, atenazando y devorando a la mariposa Basinger. La subversión de la mirada de Lyne reside en que no cae en fáciles existencialismos desgarrados, a lo Bertolucci en El último tango en París, ni pierde el tiempo elaborando metáforas y paralelismos entre la conducta sádica del financiero y el capitalismo, como hubiera hecho Oliver Stone. Por el contrario, como después haría Paul Verhoeven en Instinto básico, emplea toneladas de humor y desparpajo visual en mostrar cómo la pareja de sadomasoquistas disfruta comiendo y comiéndose ante un frigorífico abierto de par en par, o comprando una fusta y probando un colchón... ante el escándalo y la sorpresa de los dependientes. Y el que no guarde una fusta debajo del colchón, que dé el primer latigazo...

En su desafío a los estereotipos del amor en los tiempos de la igualdad, el diálogo y la comprensión mutua, 9 semanas y media comparte con Belle de jour, El portero de noche, Mentiras y El imperio de los sentidos una visión del amor desequilibrado, perturbador y abismal; del sexo como una experiencia límite, innovadora y muy divertida; de esas relaciones peligrosas que le hacen a uno suspirar que es mejor morir que perder la vida. Rourke y Basinger protagonizan una performance erótica antológica: si el final no es absolutamente feliz, siempre les quedará el no menos antológico: "Que me quiten lo bailao".


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