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PANORÁMICAS

El tufillo fascistoide de Avatar

Una irreductible aldea de cinéfilos se resiste al embate de las centurias en tres dimensiones del autoproclamado Rey del Mundo Cinematográfico, el canadiense James Cameron.

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El eficaz aunque plano director de Alien y Terminator comprendió pronto que no iba a destacar por la sutileza de su mirada ni la complejidad de su puesta en escena, así que adoptó la metodología Guinness, la del libro de los records: hacer las películas más caras, más taquilleras, más comentadas. Si hubiese nacido en Valencia en lugar de en Kapuskasing (Ontario), habría cocinado la paella más grande del mundo. Manadas de espectadores han transigido con ponerse unas incómodas gafas para asombrarse con unos juegos tridimensionales que resucitarían al mismísimo George Méliès para aplaudir el truco de mago falso: nada por aquí, nada por allá... pero más de dos mil millones de dólares al talego y una trilogía que explotar.

Steven Spielberg, todavía con la boca abierta tras un pase de Avatar, lo tiene claro: el futuro del cine pasa por las tres dimensiones, la tecnología digital y una iconografía lo más parecida posible a la que los adolescentes disfrutan en los videojuegos. Es posible que las tres dimensiones sean, al fin, el equivalente del paso del mudo al sonoro o del blanco y negro al color. En ese caso, Avatar está destinada a ser una pieza de museo: desde su misma proyección, está caduca y obsoleta. Aunque, debido al narcisismo y la falta de sentido del humor de su director, productor y guionista, no tendrá la inocencia glamurosa de El cantor de jazz

Avatar es una contradictoria combinación de vanguardismo tecnológico al servicio de una historia retrógada: desde el principio está todo el pescado (podrido) vendido: cuánto tardará el protagonista en convertirse en líder de los indígenas, cuánto tardará en ligarse a la chica, cuánto tardará en matar al malo malísimo...; y bostezos y efectos ópticos más o menos ingeniosos hasta el happy end de rigor (mortis). Justo lo contrario de lo que hizo Godard en Al final de la escapada: medios precarios para una historia original contada de un modo revolucionario. Y cito a Godard porque Cameron lo ha mencionado en alguna entrevista para defender su propuesta cinematográfica de 24 mentiras por segundo. Pero no hay que confundir el genio del francés con el in-genio del canadiense: allí donde el primero crea mundos, el segundo recrea rutinariamente lo realizado por otros.

Hasta los niños de teta han señalado que Avatar es una mezcla de Pocahontas con Bailando con lobos bajo el espíritu de buen-salvaje-agresivo-con-causa de la serie de películas sobre Tarzán que protagonizó Johnny Weissmüller. Pero, y ésta es la carta escondida que juega hábilmente Cameron, no es la trama en sí lo que importa. Lo que complementa a la perfección la inflación tecnológica es la inflación ideológica maniquea y políticamente correcta: el Mal toma la forma de la avarienta especulación, dispuesta a destruir el equilbrio ecológico y especies enteras por un mineral precioso (por cierto, necesario para la supervivencia de los terráqueos). El Bien encuentra su avatar en el bello rostro del Buen Salvaje, el pueblo Na'vi que vive en armonía simbiótica y comunicativa (literalmente) con la Naturaleza y adora a los árboles.

Tecnología e ideología complementándose armoniosamente aunque en sentidos opuestos. Si la tecnología apunta al siglo XXI, la ideología se hunde de lleno en la mitología de la Edad de Oro: una era de comunión orgánica con la Diosa Naturaleza en la que el individuo queda subsumido en y sometido al dictado de la comunidad social, en la que la solidaridad es mecánica: es decir, se produce un fuerte compromiso entre los miembros por lazos místicos. Este tipo de organización constituye un modelo de sociedad cerrada, en la que la violencia hacia dentro y hacia fuera alcanza grados extremos, aunque mediante ejercicios rituales se logra una aparente paz (en este sentido, la protagonista Na'vi no vacila en matar animales con brutalidad, aunque inmediatamente les pide perdón por las cuchilladas, lo que sin duda constituirá un gran alivio para su alma; aunque dudamos que también para las víctimas propiciatorias. Aplaudí y reí esta secuencia, probablemente la más patética y estúpida que se ruede en toda la década).

Frente a la Edad de Oro del Buen Salvaje en conexión instintiva con la Naturaleza, Cameron dibuja un retrato sórdido de la Edad de Hierro de la Modernidad, representada por la invasión colonizadora humana, en la que únicamente prima la pura razón instrumental: una alianza entre la Empresa Capitalista y el Ejército Tecnológico, ambos dominados por los intereses creados. Es necesario este planteamiento fuertemente dicotómico, maniqueo, de buenos y malos a priori, para negar cualquier tipo de negociación y diálogo entre unos indios tecnofóbicos y pacíficos y unos colonizadores tecnofílicos y violentos.

Una vez puestas las etiquetas y repartidas las cartas, Cameron baraja con habilidad para hacer pasar las copas por bastos y los oros por espadas: los pacíficos Na'vi se revolverán como perros rabiosos poseedores de un derecho absoluto a la guerra. Tanto Ben Laden como Obama, que llevó a sus hijos a verla a pesar de que está recomendada para niños de más edad, habrán encontrado en Avatar un valioso ejemplo de guerra defensiva y justa: podemos matar siempre y cuando sea en defensa propia y, fundamental, el enemigo sea obviamente malvado. Y me temo que muchos padres habrán imitado al presidente norteamericano y considerado Avatar una película moralmente recomendable para sus infantes. Como sucede cuando se ve Bambi o Dumbo sin preservartivo ideológico, es incalculable el daño conceptual que la moralina pseudoedificante que supura esta cintapuede haberles causado, del mismo modo que una generación entera de adolescentes está echada a perder por el romanticismo de bisutería barata de Titanic.

De una contradicción se sigue cualquier cosa. De Avatar se sigue cualquier cosa. La opinión mayoritaria es que es un maravilloso ejemplo de pacifismo y ecologismo. Por el contrario, lo que veo en ella es una justificación obscena de la guerra, del militarismo y la violencia, hábilmente enmascarada bajo una pátina de ecologismo, pacifismo y guerra justa. En definitiva, se trata de una película fascistoide. La clave de la película de Cameron reside en el protagonista de la rebelión de los indígenas: ¡un marine norteamericano! Este sutil intercambio racista, los indígenas son superados en su hábitat por un Lawrence de Pandora que una vez convertido en su rey de facto los desprecia ignorando su lengua en el discurso final, sustenta una película macho, plagada de testosterona y esteroides.

Es posible que James Cameron llegue a convertirse tras la ceremonia de los Oscar (en la que compite con su perfecto opuesto, Karthryn Bigelow, con su multidimensional pero no estereoscópica En tierra hostil) en Emperador del Universo, de aquí hasta Pandora. Pero los irreductibles cinéfilos seguirán resistiendo, preguntándose si las naúseas que sienten provienen más bien de la demagogia tercerdimensionista o del pastiche tercermundista. De noche cerrada se proyecta en el cine al aire libre de la aldea un espectáculo tridimensional, profundidad de campo mediante, al servicio de una historia inmortal: Ciudadano Kane. Susurra Orson Welles: "Rosebud".


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