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PANORÁMICAS

Lisbeth Salander, caperucita roja contra los lobos nazis

No pensaba leer ni el forro de la sobrepublicitada trilogía del novelista sueco Stieg Larsson, con toda la pinta de ser el enésimo bombazo editorial perpetrado por esa inmensa mayoría que lee libros y odia la literatura.

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Pero un comentario de Pilar Cambra –colaboradora de Expansión, Telva y la Cope, además de miembro (casi, casi, me sale lo de "miembra") del Opus Dei– en el que desaconsejaba su lectura hizo que cayese en las garras del periodista que surgió del trotskismo:
... hojeé La chica que soñaba (etcétera) y me repelió su exceso: exceso de violencia, exceso de sexo excesivo, exceso de locura...
Queda claro que a la señora Cambra no le gustan las tragedias de Shakespeare, con su exceso de violencia y locura, ni las coplas de Rocío Jurado, excesas de sexo excesivo (esta última construcción me parece soberbia...).

Como en el caso de Tolkien y su Señor de los anillos, la saga de Stieg Larsson no es exitosa gracias sobre todo a sus virtudes literarias, que no destacan por el exceso precisamente, sino por un plus sociológico. Del mismo modo que el Barcelona es más que un club, Millennium es más que una trilogía: sus páginas se devoran con la misma avidez y mala conciencia que las patatas fritas de una bolsa gigante. Si los relatos del escritor inglés son una parábola político-moral sobre los peligros del poder absoluto, y el precio que hay que pagar cuando se lucha contra la opresión, la trilogía del periodista-novelista sueco es un contundente alegato ético sobre el derecho a la diferencia contra la presión social a favor de la media, la mediana y la medianía. Y también político, contra el autoritarismo en cualquiera de sus formas. Sobre todo, el autoritarismo paterno en la institución familiar y el autoritarismo estatal en la organización social.

La adaptación cinematográfica estaba cantada. Thriller policíaco aromatizado de conspiraciones nazis, sexualidad a la sueca y sensibilidad de género que justifica el linchamiento fascista-feminista, Millennium I capta hasta lo más recóndito del espíritu de los tiempos contemporáneos y que Gina Montaner, en la recensión que publicó en Libertad Digital, sabiamente describió:
(...) Larsson, en cambio, apuesta por el trasiego brutal y decorado por los efímeros muebles de Ikea de este comienzo de tercer milenio: violento, desestructurado, desparejado y huérfano. Tan huérfano y solitario como el alma desarbolada de Lisbeth, una heroína de la posmodernidad (...)
También acertaba Montaner en la importancia de la encarnación del personaje de Lisbeth Salander. Pero, en contra de lo que sostenía, basándose en el tráiler de la película, creo que la gran baza de la adaptación cinematográfica estriba en el acierto del reparto, ya que la descendiente de españoles Noomi Rapace sí que reúne los rasgos que han hecho de Salander uno de los personajes más impactantes y fascinantes que ha parido la imaginación artística últimamente: dureza no exenta de fragilidad, individualismo exarcerbado en el límite del síndrome de Asperger, inteligencia matemática pero estupidez emocional... y, por qué no, belleza que roza el feísmo.

Sostenía el arquitecto Adolf Loos, en su célebre diatriba contra la ornamentación:
El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado... Los tatuados que no están detenidos son delincuentes latentes o aristócratas degenerados.
Lisbeth Salander tiene su cuerpo acribillado de tatuajes y piercings. En Lisbeth –como en Hannibal Lecter– se combinan el delincuente y el aristócrata, el genio y el degenerado. En el cuello lleva tatuada una especie de avispa. Y en la espalda, un gigantesco dragón. Larsson nos hace adivinar que en el culo de su alma inmortal debe de llevar una mariposa y una amapola: así de lírica y suave es en el fondo esta caperucita roja acosada por lobos nazis.

En la adaptación cinematográfica del primer título de la trilogía se han dejado atrás unos cuantos elementos idiosincráticos de los personajes que hacían más llevaderos una trama de misterio y suspense bastante banal y aburrida. Por ejemplo, han borrado la faceta erótica de su colega de aventuras Mikael Blomkvist, cuyo instinto sexual le lleva a tener multitud de amantes. El atractivo que despierta el periodista cuarentón, su tremenda empatía con las mujeres, es el contrapunto perfecto y desenfadado a la cerrazón emocional de Lisbeth. No se había visto un amante tan gentil y generoso, tan libertino y galante, desde La insoportable levedad del ser. Lástima que Michael Nyqvist no sea George Clooney, precisamente. 

También se han eliminado las por otra parte bastante débiles e inverosímiles justificaciones con las que Larsson envolvía la acción justiciera, sádica y depravada de Lisbeth respecto a su tutor administrativo. Pocas veces, si es que alguna, se ha ofrecido en una pantalla cinematográfica un acto tan brutal y violento envuelto en el celofán de una noble causa. No me extraña que circulen rumores acerca del interés de Tarantino en hacer su propia adaptación. Lisbeth Salander podría ser perfectamente una de las asesinas natas de Kill Bill o de las las supernenas guerreras de Death Proof.

Del mismo modo que el libro se lee con hipnótica facilidad, la película, a pesar de sus dos horas y media de duración, se disfruta con la misma intensidad genuina e ingenua. Dirigida con eficacia y profesionalidad por Niels Arden Oplev, capta el ambiente grisáceo y hostil de una Suecia que quiere ser ejemplar pero a la que se le adivina tras su imagen de civilizada pulcritud un reverso tenebroso duramente reprimido por el luteranismo en lo religioso y el socialismo en lo político.


MILLENIUM I: LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES (2009, 145 minutos). Director: Niels Arden Oplev. Guión: Nikolaj Arcel y Rasmus Heisterberg, según la novela de Stieg Larsson. Música: Jacob Groth. Fotografía: Eric Kress. Intérpretes: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Sven-Bertil Taube, Peter Andersson, Peter Haber, Marika Lagercrantz. Calificación: Entretenida (7/10).

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