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LATINOAMERICANOS EN PARÍS

Los últimos tangos

Estábamos sentados en la terraza de un café, plaza Maubert-Mutualité, Pepe Martínez, Xavier Domingo y yo, y no sé por qué motivo Pepe Martínez se puso a despotricar contra los maricas, en términos particularmente insultantes.

Xavier y yo le llevamos la contraria, por motivos sencillos y de sentido común, teníamos ambos buenos amigos homosexuales y amigas lesbianas, y sobre todo porque éramos partidarios de la libertad en todos los ámbitos, y más aún en la vida privada. Bueno, claro que también podíamos utilizar los términos de maricón y maricón de playa (lo inventó Álvaro de Laiglesia, creo), pero no en el sentido de Martínez ni con ese odio, aquella tarde, en una terraza soleada de la plaza Maubert-Mutualité.

De pronto un hombre, que estaba sentado en la mesa de al lado y leía un periódico, se levanta, se vuelve hacia nosotros, nos saluda amablemente en español, con algo de ironía, y se larga. "¡Joder! –murmura Pepe Martínez–, era Copi... ¿Creéis que me ha oído?". "Con tu vozarrón, y estando a un metro, ¡claro que te ha oído!".

Pepe Martínez parecía preocupado.

Aparte de ese encuentro tan fugitivo, y de pocos más, asimismo rápidos, no conocí a Copi. Jamás conversé con él, ni sobre Ruedo Ibérico ni sobre Eva Perón. En cambio, le leí bastante. Su pseudónimo se dio a conocer cuando publicaba en Le Nouvel Observateur, sus tiras con la oca sentada, de un humor muy peculiar. Yo oí mil veces: "No le veo la gracia". Pues sí la tenía. Sus obras de teatro, su novela El baile de las locas, todo eso lo vi, lo leí y me gustó. Como se suele decir cuando no se sabe muy bien cómo calificarle: tenía un talento muy personal.

Severo Sarduy.Hay que recordar, o señalar, que cuando a Copi le montaron sus obras el teatro parisino estaba copado por los argentinos. Jorge Lavelli, Alfredo Arias, para citar sólo a dos, estaban en la cumbre de su éxito, y Copi se benefició de su amistad, de su talento y de la moda argentina que sofocaba París.

En cambio, si a Severo Sarduy le conocí más, le leí menos. No sólo nos vimos como tantos en los cafés de Montparnasse y de San Germán de los Prados, sino que colaboramos juntos en unas tertulias literarias radiofónicas, herederas de las que creó Mario Vargas Llosa en 1960, cuya estrella era precisamente Severo Sarduy, y en la que colaborábamos un pijo venezolano, Gustavo Guerrero, Emilio Sánchez Ortiz, yo y otros que se turnaban pero a los que no recuerdo.

Había diferencias entre esas tertulias literarias. Una de ellas era, digamos, geográfica. Las emisiones en lenguas extranjeras de la RTF tenían su sede en un edificio de los Campos Elíseos que antes de la guerra albergó una radio muy popular, Le Petit Parisien, y luego, durante la contienda, a la emisora más pro nazi y pro Vichy, Radio París. Durante la Liberación, bastaba haber colaborado con Radio París para tener líos, y a veces condenas de cárcel. Pero no le pasó nada, claro, a Simone de Beavoir, a quien Sartre encontró un trabajillo allí, después de que la Educación Nacional la hubiera expulsado de por vida de la enseñanza por corrupción de menores. Por cierto, se llamaba Nathalie.

Luego encerraron todas las radios estatales, los estudios de grabación, las oficinas de ciertos servicios de la televisión, también estatal, etc., en la Casa Redonda, o Maison de la Radio, avenida J. F. Kennedy, a orillas del Sena. Tiene su lógica, pero es profundamente perverso, porque un edificio redondo, unos pasillos redondos, todo redondo, crea nausea y depre, y algunos preferíamos el viejo edificio de los Campos Elíseos. No recuerdo que en los Campos recibiéramos a escritores para entrevistarlos, pero en la Casta Redonda sí. Y es así que por primera vez tuve ocasión de entrevistar a mi hermano Jorge. No recuerdo de qué novela se trataba, pero fue por los años 1986 o 1987.

Después el Príncipe o la Princesa, Severo Sarduy, nos llevaba a todos, a los que querían, se entiende, a la terraza de la cafetería Les Ondes, con la firme intención de emborracharnos y, si no lo lograba, al menor emborracharse él. No hablábamos prácticamente nunca de política con Severo, poco de literatura; hablábamos de amigos comunes, de viajes, de alcohol y de sexo. Copi y Severo murieron del sida y en las más atroces condiciones.

Fidel Castro y Ernesto Guevara.Tengo la impresión de que por aquellos años, los últimos del impero soviético, la pasión por Cuba, las polémicas a favor o en contra de Castro, de Guevara, de las guerrillas, todo aquello se había apaciguado y reinaba cierta indiferencia. Puede que vea estos días a Jacobo Machover y se indigne: ¿cómo no vas a recordar tal fechoría del régimen, y las campañas de protesta que organizamos? Recuerdo el bobo entusiasmo que despertó la revolución cubana, recuerdo la inquietud y la indignación ante el simulacro de desembarco en la Bahía de los Cochinos, recuerdo la que se armó con la muerte de Guevara en Bolivia, como recuerdo las desilusiones de cada vez más cubanos, que fueron goteando hasta constituir un inmenso lago en Florida, con sucursales en Madrid, París y otras capitales. Y también recuerdo, ¡no faltaba más!, el caso Padilla.

Siempre me ha parecido curioso que escritores latinoamericanos y españoles que se consideraban marxistas-leninistas revolucionarios, que aplaudieron frenéticamente los fusilamientos durante más de 10 años, el saqueo de la isla, la ruina de los campesinos y de toda la población, todo ello les parecía estupendo, la Revolución en marcha, de pronto, luego de que detuvieran al poeta Padilla, uno más, se emocionan, hacen gestiones, discretas o aparatosas: en una palabra, se movilizan. Como si opinaran: los campesinos, que se jodan, pero hay que salvar a Padilla.

La forma que tomó dicha movilización fue vergonzosa. Se trataba de un documento, firmado por famosos, que era nada menos que una súplica al tirano: tú, comandante de las barbas floridas, tan bueno, tan revolucionario, tan todo, no puedes encarcelar a Padilla, que es buen chico, buen poeta, y además es inocente. La respuesta del Comandante fue rotunda: sacó por unas horas de la cárcel a Padilla, para que declarara públicamente que esos amigos que pretendían hacer campaña a su favor eran tres veces más traidores, tres veces más gusanos y seis veces más enemigos de la Patria. Así se zanjó el asunto, al menos políticamente.

Ni Xavier Domingo, ni Antonio López Campillo ni yo firmamos esa repugnante súplica al tirano, y lo explicamos en una carta abierta en la que cantábamos las cuarenta a Castro y a su tiranía; carta que nunca fue publicada. Años después, y por casualidad, me enteré de que el cubano con apellido francés que se habían comprometido a llevarla al diario Combat era un agente G2 cubano.


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