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PANORÁMICAS

The Wire: Cuando el Estado es el criminal

El próximo mes saldrá a la venta en DVD la cuarta temporada de The Wire (Bajo escucha). De las cinco que componen esta saga de polis y yonquis, es mi favorita. Una larga trenza formada por un hilo político, otro educativo, la habitual guerra entre camellos y las descorazonadoras escaramuzas policiales.

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Realista y coral (una treintena de personajes se agitan al ritmo que marcan la heroína y los sobornos), es como si un clon de Charles Dickens estuviese reescribiendo, mano a mano con Faulkner y mientras escuchan a Tom Waits y Paul Weller, Casa Desolada en un Baltimore arrasado por las drogas y la corrupción política. Aunque también han sido citados Shakespeare y Pynchon, Joyce y Eurípides a propósito de esta serie que es defendida por muchos como la mejor de HBO (y la competencia no es pequeña).

Aunque no hay una figura principal (los personajes entran y salen, cruzándose y ocasionando efectos colaterales usualmente negativos), el candidato demócrata a la alcaldía, Thomas Carcetti, un italoamericano en una ciudad predominantemente negra, constituirá el punto de fuga a través del cual veremos cómo los intentos de regeneración social chocan contra el Sistema: el aparato estatal, que en sus múltiples dimensiones –agente social, gobernador del Estado, pasando por pastor de iglesia– antepone religiosamente sus propios intereses al bien público que dice defender. Pocas veces se han puesto mejores ejemplos de los farisaicos sepulcros blanqueados que se rasgan las vestiduras clamando por la justicia social mientras se llenan los bolsillos a manos llenas (concejales de urbanismo españoles, abstenerse).

El tema de la serie es la identificación del fraude como un mal propio de los servicios estatales. Si la serie de la BBC Yes, Minister desmantelaba en clave de comedia la pretendida neutralidad y eficiencia de los representantes públicos, The Wire hace lo propio desde un realismo sucio de fondo envuelto en una forma diáfana y clarividente. Ojo: no es que se diga que los agentes que pilotan la máquina estatal están locos o son estúpidos: precisamente la lucidez de Ed Burns y David Simon, la pareja que hace de Dickens, radica en que han expuesto lo fácil que resulta a los parásitos astutos y habilidosos medrar en el aparato estatal, refractario al talento y las ideas originales. Ver trama Gürtel.

Y decía que es mi favorita porque sigue el tráfico de drogas, el tráfico de corruptelas, el tráfico de votos, el tráfico de miserias, en definitiva. Pero también se vislumbra un atisbo de luz, de resplandor cívico en la escuela de secundaria en la que un par de profesores ejemplares se juegan la vida –literalmente– para dar un poco de esperanza a un grupo de chicos y chicas negros condenados a ser carne de cañón, de prostitución, de sida. Aunque sea enseñándoles probabilidad para hacerles ganar en las timbas callejeras de dados. Sin embargo, la quinta volverá a las andadas del pesimismo antropológico e institucional, yendo a saco contra la profesión periodística que sacrifica la verdad a expensas de sus intereses ideológicos y corporativos (una espinita que tenía clavada el ex periodista David Simon).

Exquisitamente delicados con la cuestión racial, los negros que salen aquí son lo peor pero también lo mejor, los más brutos y los más inteligentes. Aun así, los creadores de la serie no se libraron de ser acusados de neonazis, y la clase política en pleno de Baltimore les pidió que se fueran a filmar a otra parte (se echaron atrás cuando se dieron cuenta de lo que dejarían de ingresar por los gastos del rodaje). Por el contrario, a la clase camellera le encantó.

Claro, que si es usted un típico espectador español –de los que piensan que Los hombres de Paco, Aída o Cuéntame son grandes series–, olvídese. Y no es que lo diga yo. Como explicó David Simon: "Mis estándares en lo que a verosimilitud se refiere son simples y rigen mi prosa desde que empecé a escribir: que se joda el espectador medio". Ejemplo: secuencia de cuatro minutos sobre el análisis de la escena de un crimen en la que sólo se escucha la palabra fuck! en boca de los agentes McNulty y Bunk.

Obra maestra de la verosimiltud social, con mensaje político, increíblemente adictiva y retorcidamente entretenida (su aparente lentitud es sólo relativa), parafraseando al estilo con el que soñó Stalin, pero al revés,podríamos clasificarla como realista libertaria, porque es crítica con los poderes establecidos, defensora de la libertad y la autonomía individuales, rebelde contra cualquier imposición del statu quo y la moralina elevada a derecho natural. Una serie de estas características, tan compleja y llena de aristas, sólo se podía realizar en un modelo televisivo como el estadounidense, en el que una cadena privada de cable como HBO se puede permitir el lujo de realizar un producto artístico dirigido a una audiencia minoritaria en lo cultural pero de alto poder adquisitivo.

Disfrutemos de este tipo de negocio cultural antes de que a Barack Obama –un fan, por cierto, de la serie– se le ocurra socializar también los medios de comunicación y cree una televisión pública al estilo de las españolas.


THE WIRE (BAJO ESCUCHA). HBO. Creadores: David Simon y Ed Burns. Calificación: Excepcional (10/10).

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