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Columna publicada el 04-05-2004
Quien sienta un mínimo respeto por los libros sufrirá una pena infinita al contemplar los almacenes de cualquier editorial. Los anaqueles están repletos de volúmenes a la espera de convertirse en pasto de las trituradoras. El pasaje de El Quijote en el que maese Nicolás pone en manos del cura los cuatro tomos del Amadis de Gaula, Las sergas de Esplandián o el Florismarte de Hircania para trasformarlos en cenizas, pervive a principios de siglo XXI.
Las editoriales han entrado en una lucha nada soterrada por el cuanto más mejor. Que una novela permanezca más de una semana en una estantería es un triunfo. Que supere el mes resulta inaudito. Nada extraño cuando anualmente se publican la barbaridad de 60.000 libros en España. Cuando Gutenberg inventó la imprenta no imaginó que se la fuera a utilizar a destajo. Las editoriales sufren de ‘imprentitis’. Que los índices de lectura demuestren que la oferta supera por mucho a la demanda les da, simple y llanamente, igual.
Puede que ese placer por echar mano de la imprenta termine por mitigarse. Muy poco a poco comienza a calar lo que se ha bautizado como ‘Impresión Bajo Demanda’ (Print On Demad). La segunda mayor cadena de librerías de Estados Unidos, Borders Group, presta desde el pasado septiembre un nuevo servicio en seis de sus tiendas ubicadas en Filadelfia: la autopublicación. Cualquier persona puede poner, negro sobre blanco, adornado con recias tapas y firmado con su propio nombre, la novela que mantenía guardada, sus diarios personales o las recetas de cocina de su abuela. Cualquier cosa. Diez copias por 200 dólares, precio que desciende a medida que el pedido es mayor. Los más pretenciosos o convencidos de que lo salido de su cabeza es de alta calidad pueden optar por la publicación profesional. En este caso el precio asciende a 499 dólares. Como contraprestación, el autor tendrá ISDN y se pondrán a la venta cinco ejemplares en cada tienda de Borders Group. En qué zona concreta es otro cantar.
Al igual que gracias a Internet un cantante ya no tiene por qué recorrer las discográficas con sus maquetas, los novelistas, poetas o ensayistas no tendrán que llamar a la puerta de las editoriales con su manuscrito debajo del brazo. La autopublicación, que hasta el momento era el último recurso que se utilizaba para ver encuadernado un escrito, puede convertirse en el primero en poco tiempo.
Las editoriales no se enfrentan a un posible caso de extinción por la competencia que puedan ejercer las nuevas tecnologías, pero sí sufrirán un pequeño terremoto. A corto plazo, la ‘Impresión Bajo Demanda’ cambiará la relación entre los lectores y los libros, ya que romperá la línea de negocio que atraviesa una obra hasta que el lector la adquiere en una tienda. Esta ruptura se produce fundamentalmente en la parte intermedia, aquella que pone en contacto al autor con el lector: las editoriales y las librerías. En el primer caso su papel podrán desempeñarlo las nuevas tecnologías. En el segundo, el sustituto puede ser Internet. Ya sea en su página personal, en la de un amigo o a través de un acuerdo con una tienda online, cualquier autor podrá darle salida a sus escritos.
Porque Internet no es sólo un juguetito que permite leer noticias, buscar a los amigos de la escuela o consultar un weblog. Es un canal de compra y venta de productos con una capacidad ingente. Y todavía no ha dicho ni media palabra.

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