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EL PRIMER PRESO POLÍTICO LIBERADO POR GORBACHOV

Natán Sharansky o la fuerza de la libertad

El 11 de febrero de 1986, en el Puente Glienicke de Berlín –el Puente de los Espías, si empleamos la jerga de la Guerra Fría–, se produjo un peculiar intercambio: los americanos pusieron en manos de los rusos a los checos Karl y Hana Koecher, al soviético Yevgueni Zemlyakov, al polaco Jerzy Kaczmarek y al alemán oriental Detlef Scharfenorth; como contrapartida recibieron a los alemanes occidentales Wolf-Georg Frohn y Dietrich Nistroy, al checo Jaroslav Javorsky y al ucraniano Anatoly Borisovich Shcharansky.

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¿Qué tuvo de peculiar ese intercambio? Que uno de los canjeados no encajaba ahí, pues no era espía sino un campeón de la libertad como la copa de un pino de su patria de adopción, vocación, elección: la Tierra de Israel, por la que tantas penalidades padeció. Nos referimos al último de los citados, mucho más conocido por su nombre de guerra contra la opresión, su nombre judío: Natán Sharansky, a quien hoy vemos comandando la Agencia Judía.

Nuestro hombre nació en Stalino –el mal nombre que pusieron a Donetsk en tiempos del Gran Asesino– el 20 de junio de 1948, en el seno de una familia judía. ¿Pero qué sabía él del judaísmo? En resumidas cuentas, nada.

Nada sabía de la religión, la historia, la cultura judías, ni de Israel. Aunque viví mi juventud en las tierras sobre las que se levantaron los campos de exterminio, nada sabía del Holocausto. Sabía que varios de mis parientes habían sido asesinados, pero no en el marco de genocidio alguno, sino en el de un ataque contra la Unión Soviética.

(N. Sharansky, Defending Identity, Public Affairs, NY, 2008, p. 11).

Lo cierto es que Sharansky sí sabía. Algo. Poco pero crucial. Que ser judío era una tara, allá en la gloriosa Patria de los Trabajadores, al fin libres de toda tiranía u opresión.

Lo único judío que había en mi vida era el antisemitismo. En la quinta línea de tu tarjeta de identidad figuraba tu nacionalidad, como garantía de que nunca olvidaras tus orígenes por completo. Esa línea llevaba aparejada una serie de restricciones –en los estudios, el trabajo, los ascensos– y suspicacias. Ser judío, en fin, sólo tenía connotaciones negativas. Para hacerse la vida más confortable, los judíos trataban de encerrarse en torres de marfil. Así que se retiraban al mundo del ajedrez, la ciencia o la música y ponían algo de seguridad a sus vidas.

(Ob. cit., p. 11).

Eso mismo hizo él. Volcarse en la ciencia y el ajedrez (no se le da nada mal: andando tanto el tiempo, ya en Israel, ganará una partida en una simultánea al enorme –y liberal, metamos la cuña– Gari Kaspárov) para no ponérselo fácil a la canalla antisemita. Pero enseguida llegó el 67, con la resonante, abracadabrante, estupefaciente victoria israelí en la Guerra de los Seis Días. Y las cosas cambiaron. Vaya si cambiaron.

Antes de 1967, si alguien te llamaba "judío" en la Unión Soviética era para insultarte o buscarte complicaciones. Pero después de 1967, incluso en las bromas que tenían por objeto a los judíos se notó el cambio: los judíos ya no eran escarnecidos por su cobardía o su avaricia, sino que se les ponía en la mira por su arrogancia, su chutzpah.

(Ob. cit., p. 12).

El chute de autoestima que recibieron los moíshes, los shlomos, los natanes es perfectamente imaginable. Y, claro, muchos de ellos decidieron escarbar para ver en qué paraban sus raíces, religarse a los suyos de otra forma, para que ya la exclusión no fuera el vínculo. Y se pusieron a ver, a leer, a escuchar a Israel.

Tras el crucial 67 vino el célebre 68, con el sacudón libertario de los niños consentidos en París y de los humillados y ofendidos en la capital de Chequia, Praga, asaltada por los tanques de la Unión Soviética. En la Plaza Roja de Moscú, siete disidentes se manifestaron, no para decir que debajo de los adoquines está la playa ni para proclamarse una yunta de indeseables. Sharansky no se contaba entre ellos. Aún callaba. Pero en breve rompería a hablar, alentado por el ejemplo de esos siete, y de Israel-67, y de quien acabaría siendo su mentor y referente, el prestigioso científico Andréi Sájarov:

En ese ensayo [publicado por Sájarov en 1968 en forma de samizdat] protestaba por la falta de derechos humanos en la URSS y demolía el mito de la superioridad soviética explicando por qué la ciencia nacional no podía avanzar sin el libre intercambio de ideas. El más prominente científico de la URSS estaba poniendo en riesgo su privilegiada posición por decir la verdad. Ese texto influyó en mí y en muchos otros de mi generación. Mostraba que nuestro intento por sortear las cuestiones morales fundamentales mediante el enclaustramiento en la torre de marfil finalmente conducía al fracaso.

(Ob. cit., p. 13).

Sharansky dio el paso, se quitó la mordaza, salió de esa torre-armario de una manera harto significativa: solicitó una visa para emigrar a Tierra Santa. Significativa por lo que decía de sí: por fin se había religado al Pueblo de Israel, y por lo que decía de la Patria de los Trabajadores: del Paraíso no se podía salir sin pedir permiso.

Entonces (1973), Sharansky lo perdió todo: su posición como científico eminente (estudió Matemáticas Aplicadas en el Instituto Moscovita de Física y Tecnología), el trato con quienes, temerosos o airados, se apartaban de él como de la peste, cualquier posibilidad de un pasar digno en esa sociedad infecta... Y, sobre todo y qué bueno, el miedo. Significativamente, al cabo de los años titulará sus memorias Fear no Evil. "¡No tengáis miedo!", que diría ese otro gran luchador por la libertad, Juan Pablo II.

Los disidentes entendían el poder de la libertad porque ésta ya había transformado sus vidas. Ese poder nos liberó el día en que dejamos de vivir en un mundo en que la verdad y la falsedad eran, como todo lo demás, propiedad del estado.

(N. Sharansky, Alegato por la democracia, Gota a Gota, Madrid, 2006, p. 38).

Como ya no tenía miedo, en los 70 Sharansky se implicó de lleno en el Grupo Moscú-Helsinki, que vigilaba el (in)cumplimiento soviético de los Acuerdos de Helsinki, y en el movimiento refusenik, que exigía a las autoridades comunistas que permitiera a la gente emigrar, abandonar ese espanto gris.

En el 77 el Sistema dijo basta y le puso cerco, a su omnipotente, ruin, falsaria manera: arrestado bajo la acusación de espiar para los Estados Unidos, fue condenado por traidor a pasar 13 años en Perm 35, un campo siberiano de trabajos forzados. El Gulag.

Allí, en prisión, observó que los individuos de fuertes convicciones, los que tenían en qué creer, resistían más y mejor. Que la identidad daba contenido a la libertad. Y que al miedo se le puede oponer el enemigo formidable del Temor de Dios (Yirat Hashem):

(...) el temor a no merecer el haber sido creado a imagen de Dios, y no el temor a la muerte, era lo que más temía en los interrogatorios del KGB. Temía perder el mundo de libertad interior que había encontrado, fallarme a mí mismo, no conducirme como alguien digno de la imagen divina.

(Defending..., p. 24).

(Un inciso pertinente: leyéndole, todo parece indicar que Sharansky, en punto a creencias, es de los que piensan que, en todo caso, merece la pena vivir como si Dios existiera).

En Perm 35 Sharansky, pues, siguió en la lucha. Y dio en leer a Cervantes, en cuyo Ingenioso Hidalgo veía "el disidente definitivo", un hombre libre decidido a luchar por su concepción del mundo a pesar de todos los pesares ("Su situación me parecía que reflejaba perfectamente la de los disidentes en la Unión Soviética" –Defending..., p. 29–), y las Escrituras, junto con un cristiano ortodoxo llamado Volodia Poresh y por obra y gracia de... ¡Ronald Reagan!

Un día, Volodia y yo estábamos en la celda cuando nos devolvieron su biblia y mi libro de salmos. Fue poco después de que el presidente Reagan declarara ese año, 1983, el Año de la Biblia. Alborozados, empezamos a leernos pasajes de nuestros respectivos libros, y denominamos a esta suerte de estudios ecuménicos Lecturas Reaganitas. Leeríamos un capítulo del Antiguo Testamento y otro del Nuevo.

(Defending..., p. 39).

Reagan, el viejo vaquero despreciado por los miserables, los muy tontos, los que se pasan de listos, sabía de la batalla que libraba la infatigable Avital, cherchez la femme, por la liberación de su marido y se sumó a ella echando el resto.

Cuando mi esposa (...) se manifestaba en Ginebra, en el exterior [del recinto] donde se desarrollaba la cumbre de superpotencias, a finales de 1985, el presidente Reagan la señaló con el dedo, se volvió hacia Gorbachov y le dijo: "Puede seguir afirmando que Sharansky es un espía americano, pero mi gente se fía de esa mujer. Y mientras lo mantengan en cautividad, a él y a los otros presos políticos, no seremos capaces de establecer una relación basada en la confianza".

(Alegato..., p. 12).

El remate de esta historia con final feliz ya lo saben, se lo puse en el arranque, pero me agradecerán que se lo vuelva a contar, esta vez con las propias palabras del gran Sharansky:

Al cruzar el puente de Glienicke, pasé del Berlín oriental al occidental, de la Alemania del Este a la del Oeste, del mundo de la esclavitud al de la libertad. Aquella misma mañana yo era un preso del KGB; por la tarde, tras doce años de separación, me reencontré con Avital. Y por la noche llegué a Jerusalén, donde una marea humana me llevaría a hombros hasta el Muro de las Lamentaciones. (...) Durante mi largo viaje por el mundo del mal, había descubierto tres fuentes de fuerza, de poder: el poder de la libertad interior del individuo, el poder de una sociedad libre y el poder de la solidaridad del mundo libre.

(Alegato..., pp. 12-13).

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