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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Cosas que ocurrían en Barcelona (y 2)

Dormir en la habitación, y en la cama, de una ninfa siempre me ha resultado turbador, incluso cuando las ninfas han crecido y viven sus vidas, con sus novios respectivos, en sus respectivos pisos.

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Pero aquella mañana irrumpen en la habitación (¿la de Ana, o la de Berta?) Ricardo y Jorge, risueños, y me dicen: "Perdona si te despertamos, pero queríamos saber si estabas en el hospital o si habías logrado llegar hasta aquí, porque, según dice el periódico, casi te matan". El periódico no era La Vanguardia, desde luego, tal vez el Diario de Barcelona (¿?): en un gran titular en primera plana, anunciaba que yo había retado a toda la CNT y afrontado una bronca de padre y muy señor mío. Lo que ponía en ese diario no era embustero, pero sí muy exagerado, en busca de sensacionalismo, porque en realidad no había ocurrido nada, o sólo gritos, insultos y abucheos.
 
Si mal no recuerdo, eso ocurría pocos meses antes de que Felipe González nombrara a Jorge ministro. Dos años después le echaría, por inútil. De todas formas, todos los ministros de Cultura son inútiles. Era, en todo caso, un periodo en el que aún nos hablábamos, Jorge y yo, porque no hemos vuelto a hablarnos desde 1998: al señorito no le gustó lo que escribí de él en el libro El exilio fue una fiesta.
 
La víspera, mientras cenaba con mis amigos de entonces en el Flash-Flash, después de la bronca cenetista, Vía Layetana, Toni López Lamadrid, con tono algo solemne, me dijo que había sido imprudente, porque "nosotros" somos más bestias que en Francia, y por lo tanto pasé a un milímetro de la paliza. Le respondí que si se creía que en Francia no había puñetazos en algún mitin político, o navajazos en bailes populares, o en discotecas los sábados por la noche, estaba muy engañado. No, no, decía, protegido por su barba, en Francia sois mucho más civilizados que nosotros. Y parecía orgulloso, protegido por su barba.
 
Aquella mañana, al día siguiente de la bronca en el mitin de la CNT, tomando café en la terraza de los Muñoz Suay, con una vista espléndida hasta el mar, y de paso a las braguitas de la señora de Oriol Bohigas, ya que desde la terraza de los Muñoz Suay se veía la terraza trasera del piso del arquitecto, y "la ropa en la playa tendida a secar", como escribió Gustavo Adolfo Bécquer, yo les conté, a Jorge y a Ricardo (Nieves estaba de compras), la historia de la viuda de un Maura, y la foto espeluznante, y hasta su palabra definitiva de la víspera: "¡Familia!"; y les interesó, pero claro, no tanto como a mí, puesto que en la foto era yo.
 
La noche anterior, en La Tortillería, Beatriz de Moura repitió varias veces que estaría encantada de que yo copara el mercado editorial, que era una de las estrafalarias acusaciones que se me hicieron en el dichoso mitin. "¡Qué más quisiera yo!", repetía, aludiendo a su porcentaje.
 
Y ahora, tantos años después, recordando ese periodo de mi vida en el que iba mucho a Barcelona, constato que si Beatriz y Toni eran buenos amigos: yo no pasaba por Barcelona sin que me invitaran varias veces, y ninguno de ellos, o los dos, pasaban por París sin cenar en mi casa, ella, Beatriz, siempre me despreció como escritor. Puede que tuviera razón, pero mis novelas (traducidas del francés) las publicaron Monte Ávila y Plaza & Janés, Tusquets nunca, ni mis cuentos, ni alguna de mis obras de teatro. En Tusquets sólo publiqué dos libros, que Beatriz aceptó publicar pero nunca propuso: en mi colección Acracia salió, traducido del francés por mi querida amiga Julia Escobar, Revolución y contrarrevolución en Cataluña, e Ignacio Vidal publicó en su colección Los Libertarios Ni Dios, ni amo, ni CNT, que está escrito en español en París, ese año tan maravilloso, para mí, de 1975.
 
Era, me digo hoy, una relación autor-editor podrida de antemano, bajo los oropeles de una buena amistad, y el espantoso whisky de Boccaccio. Y no es de extrañar que cuando un ex ministro le exige que no publique un libro, pues de lo contrario no le entrega el suyo, no vacile un segundo y tire a la basura mi Sartre para publicar esa obra maestra que se titula Federico Sánchez se despide de ustedes. Yo no tengo la impresión de que Jorge Semprún se haya jamás despedido de Federico Sánchez. Faulkner escribió en alguna ocasión que los perros siempre vuelven para comer sus vómitos: lo mismo ocurre con la gauche divine catalana; con todas las gauches divines, pero estoy hablando de Barcelona, de algunas cosas que me ocurrieron en esa espléndida capital de provincias.
 
Han pasado años, mucha agua ha corrido bajo los puentes, se dice en Francia, y la colección Acracia ha desaparecido. Beatriz me afirmaba que jamás la abandonaría, pues la canceló; hipócritamente, a la chita callando, y además debiéndome dinero. (Pero como soy de una bondad inaudita, yo le perdono casi todo a Beatriz, incluso despreciarme como escritor, porque ha publicado El fin de la inocencia, de Stephen Koch, que es un libro fundamental).
 
Y en cuanto a los apaches de la CNT, después de haberse ofrecido como escolta en el mitin de marras se incautaron de mi revista Nada, lo que confirmó rotundamente su título, y decidí, en este caso fui yo, clausurar su publicación, después de tres números.
 
Han pasado años y estoy acostumbrado a que los fracasos se sumen a los años, pero si estos mis rodeos y vericuetos de la memoria, en mi primer artículo los utilicé para confirmar la muerte, anunciada por mí, de la CNT, algo, desde luego, más importante que la vida o muerte de Beatriz de Moura, en esta segunda entrega me parece importante subrayar que entonces, ¿1978?, ¿1979?, todo transcurría en español: ni durante ese mitin-bronca ni en el Flash Back, ésa y otras noches, ni con los apaches, los taxistas, los de la gauche divine, jamás oí una palabra en catalán. Bueno, exagero, es posible que oyera en la calle, en un café o un restaurante, a alguien hablar catalán, pero nunca conmigo, ni en la prensa, ni en Ajoblanco, ni hablando por radio para anunciar nuestra revista Nada. Nunca, vaya. Para mí, en mi experiencia de peatón en Barcelona, el catalán no era la lengua oficial, mayoritaria e impuesta, ni siquiera una de las dos lenguas oficiales, que es lo que marca la ley, y, une fois n'est pas coutume, la ley tiene razón, pero no se aplica.
 
¿Qué habrá ocurrido en Barcelona para que en pocos años el catalán que hablaban los que querían se haya convertido en lengua no oficial, sino totalitaria, que persigue y castiga al español? Aparte del fanatismo nacionalista de Jordi Pujol, ¡y no hablemos de su tremebunda esposa!, y la cobardía oportunista de los socialistas andaluces, no veo explicación.
 
También es cierto que hace años que no piso Barcelona, y la verdad es que de esos recuerdos engorrosos o alegres lo que más nítidamente queda es la foto de ese Maura muerto en un accidente de coche, y que era yo. ¿Familia?
 
 
Pinche aquí para leer la primera parte de "COSAS QUE OCURRÍAN EN BARCELONA".

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