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¿Existe un nacionalismo liberal?

Carlos López Díaz

Aparentemente, la respuesta es sí, pues hay ejemplos bien conocidos, como el de Xavier Sala i Martín, prestigioso economista defensor de la libre iniciativa y, al mismo tiempo, vehemente nacionalista catalán. Pero la cuestión es si esa posición es verdaderamente coherente.

Para los constitucionalistas de Cádiz de 1812, el concepto de nación estaba íntimamente unido al de libertad: se contraponía a la visión del Reino como patrimonio de la Familia Real. La nación estaba compuesta de ciudadanos libres, no de súbditos.

Hablar de nación en ese sentido no es todavía nacionalismo. Esta ideología surge en múltiples países europeos como una reacción romántica a las ideas universalistas y modernizadoras. Al poner de relieve los rasgos culturales, y en ocasiones incluso raciales, que tienen en común algunos ciudadanos de un territorio, el nacionalismo deja de utilizar esencialmente el término nación como ariete contra el despotismo y lo transforma en legitimador del poder político que satisface ciertas ansias identitarias.

El nacionalismo, desde sus mismos orígenes, se revela como un colectivismo, una ideología que, al igual que el socialismo, supedita la libertad individual a las reivindicaciones colectivas. Ambas doctrinas se desarrollaron paralelamente en el siglo XIX, y acabarían convergiendo en el XX en regímenes totalitarios. El socialismo, allí donde se implantó, tendió inevitablemente, por los imperativos de la planificación económica y de la propaganda para consumo interno, a posiciones nacionalistas; y viceversa: el fascismo y el nacional-socialismo fueron fundamentalmente variantes del socialismo. En su clásico Camino de servidumbre, Friedrich A. Hayek mostró el proceso por el cual el prusianismo y el socialismo, que se odiaban "con el odio de buenos hermanos" (Spengler), confluyeron primero en el orden intelectual y finalmente en el régimen hitleriano. Ya en décadas recientes, esta colusión de socialismo y nacionalismo se sigue observando en organizaciones terroristas como ETA, y en numerosos partidos políticos de izquierda extrema o moderada.

Se ha sostenido en ocasiones que la confluencia entre socialismo y nacionalismo sería en todo caso una hibridación contra natura, porque el nacionalismo parte de premisas irracionales y románticas, mientras que el socialismo deriva del racionalismo y la Ilustración. Decrépito espejismo, lo segundo. El dogma central del socialismo, el igualitarismo, jamás fue una ampliación racional del concepto liberal de igualdad ante la ley. El liberal clásico defiende que todo individuo goza de los mismos derechos inalienables, porque si la libertad se convierte en el privilegio de un grupo desaparece toda garantía de que el resto de la población, sea minoría o mayoría, no acabe siendo tiranizado. En cambio, el socialista aspira a una sociedad igualada de facto, para lo cual no duda en violar la igualdad ante la ley con medidas de discriminación positiva raciales o sexuales.

La igualdad formal que defiende el liberalismo clásico es una consecuencia lógica del principio de limitación de la coacción, mientras que la igualdad de hecho que anhela el socialismo es un dogma primario, carente de justificación racional alguna y que acaso hunde sus raíces psicológicas en la nostalgia de la horda primigenia. Al igual que las pulsiones territorialistas y gregarias del nacionalismo.

Resulta significativo que los nacionalistas también practiquen la discriminación positiva. Pensemos en las leyes que pretenden normalizar el uso de una lengua nacional para remediar una supuesta injusticia histórica. No existe base racional alguna para sostener que en un territorio deba hablarse una determinada lengua y no otra, por mucho que en una edad dorada más o menos mítica hubiera sido así. Los nacionalistas, al igual que los socialistas, están reñidos con el orden espontáneo de la sociedad y creen que es necesario forzar a los individuos a adoptar determinadas conductas: de lo contrario, no se alcanzarán determinados objetivos, aseguran. Exactamente lo contrario de lo que preconiza el liberalismo clásico de Locke, Adam Smith, Spencer o Hayek.

Los liberales que simpatizan con el nacionalismo replicarán que, si se instaurara plenamente, el socialismo conduciría a la dictadura y a la miseria, mientras que el objetivo último del nacionalismo (que un territorio determinado tenga su propio Estado) es perfectamente compatible con la libertad y la prosperidad. ¿Por qué no podría haber –inquieren– una Cataluña independiente, como hay una Dinamarca independiente?

En realidad, tras la aparente inocencia de semejante pregunta late el cinismo de quien considera que el fin justifica los medios. La política de construcción nacional ("fer país"), que el nacionalismo catalán lleva aplicando desde 1980, es uno de los ejemplos más palmarios de ingeniería social aplicados en Europa. Un férreo control de la educación, unos medios de comunicación entregados, unas bandas juveniles de mamporreros que agreden a los discrepantes, una Iglesia infiltrada hasta la médula por el paganismo telúrico, una sociedad civil de cartón piedra que acude como movida por un resorte a apoyar al gobierno autónomo...: todo ello ha tenido por consecuencia inevitable una corrupción y unos niveles de despilfarro público orgiásticos.

Si ése es el procedimiento para alumbrar un nuevo Estado con unas libertades y un nivel de vida parangonables con los del resto de Europa, que alguien nos lo explique, porque resulta muy difícil de entender. Tanto, como que liberalismo y colectivismo puedan pasar por compatibles.


© Semanario Atlántico

CARLOS LÓPEZ DÍAZ, autor del blog Archipiélago Duda.

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